Odiseo en Vinces
Uno de los últimos libros que leí antes de partir de viaje y que tubo algo que ver con mi decisión de volar rumbo a la Mitad del Mundo fue Viajes con Heródoto, de R. Kapucinski. El día que cumplí mis actuales y pronto perecederos treinta y tres años, Bernat y Arantxa, poco antes de salir de viaje a la India, pusieron en mi camino a ese periodista polaco al que desconocía absolutamente y al que ahora solo puedo agradecer haber conocido. Relata sus viajes como reportero por los conflictos de medio mundo llevando bajo su brazo a su inseparable compañero Heródoto.
Heródoto fue, ni más ni menos, el primer cronista de la historia, el primer historiador, allá por la Antigua Grecia en pañales, cuando el Imperio Persa se vanagloriaba de ser la gran potencia mundial, antes de que la incipiente civilización griega le bajara los humos en las Guerras Médicas. Este buen hombre de hace más de dos milenios, decidió un buen día salir andando de su acomodado hogar, acompañado de sus esclavos a conocer los pueblos que salpicaban el mundo, cuando el mundo era un espacio ilimitado que encerraba millones de incógnitas. Imaginad a este proto-aventurero, al primer personaje inquieto que abandonó su pequeño mundo conocido y seguro para lanzarse a descubrir un mundo totalmente nuevo, desconocido e imprevisible. En burro o andando, el séquito cruzó el límite de lo cierto para adentrarse en el inmenso e ilimitado espacio de lo incierto. ¿Serán los pueblos que conoceré hostiles o amigables?, ¿hablarán una lengua comprensible?, ¿podré comunicarme con ellos?. Y si todas estas preguntas tienen respuestas positivas en este pueblo al que voy a entrar, ¿será así en el siguiente?. La perfecta definición de la aventura de viajar, sin mapa ni Lonely Planet.
De este encuentro con el otro hablaré otro día si viene a cuento, pues en la mina Kapuncinski se esconden reflexiones que son verdaderos tesoros, autenticas brújulas del viajero, incluso de aquel o aquella que descansa apacible y felizmente en su hogareño sedentarismo .
Pero la razón de invocar a estos dos personajes inmensos es intentar establecer un pequeño y muy humilde paralelismo entre la aventura que voy afrontando y un compañero de viaje algo casual:
Os hablo de Odiseo, el de Homero, el de la Odisea.
Si hecho la mirada atrás no recuerdo la razón por la que ese libro entró en la muy limitada selección de lecturas que embutí en los muy escasos huecos del atillo viajero transoceánico. En todo caso no tuvo un sentido especial, por lo menos nada comparable al sentido que ha adquirido en mi aquí y ahora. Pocas veces me ha sucedido vivir una sincronía parecida entre mi experiencia vital y la narración de una historia realmente imaginada.
Después que la divinal Atenea incita a Telémaco a remover la historia de su desaparecido padre, surge la figura de Odiseo, sentado en una isla oteando el horizonte, triste, melancólico, añorando su tierra natal, su Itaca. Ni la compañía y amorosas atenciones de una linda ninfa, hija de Poseidón, dios olímpico, un buen partido, le cura la morriña. Él sabe donde quiere estar, él siente donde está la gente con la que quiere reposar su alma guerrera, él quiere regresar a su hogar. Muchas son las perrerías a las que los/as caprichosos/as dioses/as del Olimpo le han sometido, en especial el vengativo Poseidón a quien Odiseo ofendió profundamente al dejar ciego a su hijo el Ciclope que, tierno infante, solo quería comerse al desdichado viajero y a todos sus compañeros.
El héroe, sentado en esa playa, oteando el horizonte, no puede imaginar la cantidad de penalidades que aun deberá vivir hasta que la inestimable ayuda de la divinal Atenea, favorita de Zeus, y el mensajero Hermes le hagan arribar a su añorado puerto. Veinte años de penurias desde que salió rumbo a Troya de la mano de un amigo cuya mujer, la caprichosa Helena, decidió probar las virtudes troyanas. Si lo llega a saber yo creo que se queda a la sombra de una parra tomando la mediterránea sombra en la grata compañía de los suyos. Y ni aun pisando su amada tierra podrá el guerrero reposar puesto que se encuentra a la flor y nata itaquense devorando todos sus bienes mientras intentan levantarle a su hermosa mujer, Penélope. Ni descansar puede el pobre Odiseo que tiene que desenvainar el bronce y dar muerte a los cornúpetas zampabollos. Al final, cuando el final son las últimas lineas de la aventurera y dramática historia, y tan solo con el divinal beneplácito de Zeus, puede Odiseo reposar pacíficamente en su añorada tierra, a la vera de su amada gente.
Es tal el dramatismo concentrado a lo largo del relato que del inevitable cataclismo siento que nace la catarsis narrativa, la sensación del viaje interior. Es tal la exageración dramática, la hipérbole emocional de lo narrado que llega un momento en el que los personajes y escenarios dibujados pierden sus limites racionales y dan paso a figuras totalmente simbólicas, a escenarios sin espacio, a momentos sin tiempo. Las acciones dejan de sucederse para dar paso a un mundo de significados.
Y es desde esta ruptura de la realidad en la que me dejo reposar en el lugar de Odiseo, en esa isla lejana y extraña, añorando mi Itaca. Como el héroe griego, oteo el horizonte esperando divisar aunque sea una débil linea costera que indique la proximidad de mi hogar. Pero ninguna silueta aparece detrás de un horizonte absolutamente inundado por la inconmensurable forma del anchuroso océano. Y si me permitís la abusiva licencia literaria de borrar todos los avances tecnológicos que separan la antigua Grecia del moderno mundo y me concedéis la gracia de centrarme únicamente en la posición del observador ingenuo que tan solo posee el precioso recurso de la imaginación y el recuerdo para viajar en el espacio y el tiempo por caminos interiores rumbo al hogar, me podréis encontrar dibujando los confines de mi Itaca.
Allí se encuentra mi familia, mis padres, mi hermano, mi abuela, mis tíos y mi prima, sentados alrededor de una mediterránea mesa tan generosa en viandas como lo eran las de los anfitriones que acogieron a Odiseo en su periplo, celebrando cualquier excusa para compartir un momento. Desde la ventana veo una montaña muy particular, única, presidida por una virgen de un color discordante. Y a los pies de ese montón de piedras de orden artístico discurre un río en el que estoy seguro Odiseo hubiera saciado su sed de viajero pero que hoy le hubiera hecho desear volver al infierno troyano en busca de más digna muerte. Y en la zona baja de ese río descansa el valle donde habitan la mayoría de mis amigos y amigas, todos juntitos alrededor de la gran mesa cuadrada de una tetería en la que nadie bebe te, compartiendo risas, ilusiones y confidencias. El carro de hierro que pasa regularmente por su costado me transporta a una ciudad de contrastes que me fascina y enamora, donde el movimiento es puro placer, donde la civilización adquiere un significado prácticamente divino, donde la historia moderna descansa sobre el lecho de una historia ancestral, donde casi todo lo posible, sucede. Y en esa ciudad de bellas e insinuantes formas hay otra mesa donde sirven un delicioso pescado crudo, alrededor de la cual se sientan más amigos y amigas al calor de muchos buenos momentos compartidos en viajes y en posadas de templos del conocimiento. Al Oeste queda una tierra pura, un vergel donde el color de la fruta es patrimonio local indígena, a la que llamaré Buena Música, donde moran gentes especialmente acogedoras y en la que me apetece descansar. Al Sur pero no muy lejos, un pueblecito en lo alto de una montaña coronado por un castillo sin Más Allá, punto final, lugar de llegada y de reposo, donde habitan y juegan unos niños y niñas, que después fueron infantes para crecer y hacerse adolescente, para madurar y hacerse adultos, y que sospecho son los personajes de una de las más bonitas historias de amistad. Más al Sur, desierto y mar, música, bulla, gentes en la calle, vida, alegría no disimulada, tierra virtuosa en fragancias, sabores y arte, un agradable lugar donde sentarte con la gente a compartir, sin más. Y al Sur del Sur una República gobernada por un monarca en pelotas y la anárquica corte de descreídos/as y soñadores/as. Allí se encuentra un pequeño orificio por el que un día llegué a un lugar lejano, una tierra donde la raíz es profunda, donde el artificio no tiene lugar, donde las cosas son lo que son y donde la naturaleza se mira en su espejo para deleitarse con su hermosura. Tierra constantemente herida y constantemente cicatrizada, tierra de inviernos mágicos, de luchas y justicia. Una tierra imposible hecha realidad, un sueño que me enamoró para siempre.
Y en todos estos lugares, lechos en los que compartir encuentros y desencuentros, la magia del momento y el momento que se desvanece, ellas que decidieron que valía la pena un alto en el camino para sentir a flor de piel, para más tarde partir diciendo adiós o quedarse preguntándose porqué. Y en todos estos lugares, nuevos y bienvenidos habitantes, como la alada dama de las espadas y los cuentos, la camarada que un día quiso besar a Fidel, una Náyade luchando por ir más allá, el hormiguero de una torre de Babel desde donde se divisa un mar que forma parte de mi.
Y en una costa lejana sigo sentado, dibujando en la distancia mi particular Itaca, mi hogar, el lugar al que regresar y donde descansar mi alma de aventurero.
Me pregunto si el lugar que me cobija en la actualidad aparecerá algún día en ese dibujo, si estaré en una Itaca por ahora desconocida. Si los mangos, las papayas, los volcanes, la selva y sus gentes ampliaran los confines de mi hogar o serán simples lugares de paso, otro alto en el camino.
Lo cierto es que regreso, como Odiseo, a mi hogar. En Vinces no encontré mi particular Troya, ni siquiera compañeros/as de batalla, tampoco he podido dar con quijotescos gigantes contra los que luchar.
Sentado como Odiseo en la orilla de mi particular isla llamada Vinces, oteo el horizonte con el pecho henchido por el deseo del regreso.
Abrazos y besos,
Hasta pronto ¡