Mismo vuelo, nuevos horizontes
‘Cuando me paro a reflexionar sobre mis viajes por el mundo, viajes que se han prolongado durante muchos, muchos años, a veces tengo la impresión de que las fronteras y los frentes, así como las penalidades y los peligros propios de estos viajes, me han producido menos inquietud que la incógnita, siempre presente y renovada a cada momento, de cómo transcurriría cada nuevo encuentro con los Otros, con esas personas extrañas con las que me toparía mientras seguía mi camino. Pues siempre supe que de ese encuentro dependería mucho, muchísimo, si no todo. Cada uno de ellos era una incógnita: ¿cómo empezaría?, ¿cómo transcurriría?, ¿en que acabaría?.
Ryszard Kapuscinski
Hace prácticamente un año decidí retomar el rumbo del viaje, el camino de la aventura, dejando en pausa durante un tiempo mi vida cotidiana. Es verdad que ya había viajado bastante, además de vivir en otros lugares, pero si algo le faltaba a mi historial aventurero era la aventura inédita, la experiencia en solitario. Lanzarme a lo desconocido con el único bagaje de lo que soy y de lo que siento, en busca de ese Otro que, una vez arribado a destino, ha resultado ser yo mismo.
Bosnia, Turquía, India, Nepal, Ecuador han sido los escenarios. Sus gentes incógnitas a despejar, espejos donde verme reflejado. Espejos donde resolver mis incógnitas. Nunca antes había sido tan consciente de ser quien soy, nunca antes había percibido tan nítidamente los confines de mi identidad. He viajado por tres continentes para saberlo, me he sumergido en mares profundos muy alejados de la mirada del más intrépido turista, me he manchado con realidades multicolor, he transgredido algunos de mis límites, he ido más allá, he descubierto y he vuelto a cubrir, he crecido con sufrimiento, comprendí el miedo a la soledad, me regalé en los verdaderos encuentros.
He aprendido infinitamente, se que aun queda mucho por aprender.
Un año después, saciado de un alimento que me faltaba, dejo sumergirse en el fondo de mi ser la figura del buscador, del curioso, del temeroso, del aventurero. Es hora de que otra figura retome el papel principal en el teatro de mi vida, figura que crecerá con la fuerza de los aprendizajes inequívocos, con el vigor de certezas encontradas en el camino, con la seguridad de conocerse mejor a si misma.
Llegó el momento de bajar el telón a este rincón del viaje mayúsculo, de las fronteras de todo tipo, de la experiencia vital.
Hasta que un nuevo motivo vuelva a despertar al tramoyista.
Y pongo punto final a este viaje con una frase de un personaje que me ha acompañado en algunos trayectos y que ha resultado ser un excelente compañero de andanzas, Ryszard Kapuscinski
‘Pero no sólo el viaje como forma de vida libremente elegida es infrecuente. También lo es la curiosidad por el mundo. La mayoría de la gente no la tiene’
Felices viajes.
Últimas miradas

A los Volcanes

A los verdes paisajes andinos

A los mares de bananos

Al misterio indígena

Al vuelo libre

A los momentos 'hamaca'

A los colores

A las sonrisas

A las charlas bajo la sombra de un árbol

Al trabajo hecho

A mis compis

A los buenos momentos compartidos

A los atardeceres en el Pacífico

A las noches de Guayaquil
No peito dos desafinados também bate um coraçao
Poco a poco el tiempo de las decisiones va quedando atrás y en el horizonte se vislumbran las borrosas siluetas de sus inevitables consecuencias. El perfil del vigésimo primer día de abril, luminoso e intermitente, se alza como un potente faro en la línea que separa el antes y el después. Ni en las jornadas claras y despejadas deja de verse, ni sucumbe a los días de temporal y de zozobra.
Llega el momento de las despedidas, de las primeras, de las que anticipan un adiós sereno antes de que los primeros temblores emocionales cubran el presente con su fuerza inevitable. Nombres futuros empiezan a aparecer dibujados en los labios de los que hasta ahora solo pronunciaban nombres pasados, personajes de historias remotas a las que estaba predestinado a pertenecer.
Matthew el gringo o Laura la canadiense, ¿quien será el personaje que escriba el siguiente capítulo?.
Mientras se desvela el secreto, vivo los últimos compases de esta historia descompasada que empezó al traspiés mucho antes de subirme a una máquina voladora con destino a un aeropuerto ecuatoriano, en el que suelo pensar, me está esperando la que me lleve de regreso.
Y es que esta ha sido una aventura desafinada.
Hay historias ciertas, historias nunca vividas, historias de otros, historias completas, pinceladas que hacen historia, historias sin pena y otras gloriosas a rabiar. Hay historias tranquilas, otras resultan turbulentas, pasionales, románticas. Las hay tristes, melancólicas, alegres, sonoras, misteriosas, lúcidas, nutritivas, devastadoras, reveladoras. Y las hay también huecas, frías, lánguidas, plenas, orgásmicas, celestiales. Historias de todas las texturas y colores al alcance de quien se atreva a vivirlas.
Y mi aventura ecuatoriana a la que aposté con mano temblorosa el último noviembre resultó amagar un compás desafinado. Nunca logré cuadrar los tiempos del metrónomo con la melodía que empecé a tararear instantes después de darle el ’si, quiero’ a esta incierta aventura.
Efímeros momentos afinados, acompasados, que me acompañaron las primeras semanas y que empezaron a descomponerse solo pisar la realidad final, la que me esperaba al otro lado de la decisión tomada. Ni los acordes que encontré me sonaron bien, ni yo supe, o no quise, tocarlos para entonar la melodía deseada.
Pero como sambea ricamente el magnifico Joao Gilberto
‘En el pecho de los desafinados también late un corazón‘
Y en el pecho de esta historia desafinada,definitivamente, late un corazón.
Y este corazón late al ritmo que marca la exuberante naturaleza que la rodea. Volcanes activos y dormidos, infinita selva, ríos, canoas, cocodrilos, amaneceres y atardeceres para deleitarse una y otra vez, playas desiertas donde encontrarse sin miedo a perderse, un océano infinito. Late al compás de la simpatía y la hospitalidad de la gente, siempre abiertas al contacto, cariñosas, sabrosonas, alegres incluso en la tristeza, sonrientes. Palpita al contacto con los deliciosos sabores de las frutas tropicales, mango, papaya, banano, guineo, maracuyá, mamey, servidas en un gran vaso troceadas y bien fresquitas, o batidas con o sin cremosa leche. Late dulcemente al compás del vacileo de las mulatas que regalan un espejo especial donde mirar a una mujer, sin prejuicios. Tararea ricamente al son de los ritmos tropicales que suenan en cualquier lugar y a cualquier hora, se balancea y se mueve en los animados viajes en autobús mientras el pasillo se llena de vendedores ambulantes cantando sus productos. Marca el paso caminando en mercados infinitos donde se vende de todo, vibra al contacto con la ilusión por una revolución posible. Se deleita degustando un sabroso ceviche después de un largo paseo por las insaciables calles de Guayaquil. Bombea al son de la historia colonial, de grandes haciendas cacaoteras, que luego fueron cafeteras para acabar siendo bananeras. Y late también ante la herida no cicatrizada de una cultura indígena fulminada por bárbaros conquistadores sin escrúpulos.
Y seguirá latiendo al ritmo tropical de la aventura vivida, por siempre y para siempre, con su cadencia desafinada pero cierta, real, irrepetible e inolvidable.
La nueva Suramérica
Hola a todos y todas,
La cuenta atrás está que hecha humo, llega la hora de las últimas miradas a este continente americano. Una de las cosas que voy a echar de menos va a ser el ambiente de ilusión, lucha y construcción de una nueva realidad latina en el continente Americano, algo que contrasta mucho con el apalanque globalizado en la Vieja Europa. Por supuesto solo he visto un pedacito de esto que llaman Revolución Ciudadana y que cada vez más pueblos lationamericanos apoyan y fomentan, pero ahora mismo Ecuador es un buen lugar para sentir este nuevo rugido de libertad.
En una agencia de información libre, que recomiendo a todo/a el/la que esté cansado/a de tragar siempre las mismas noticias en todos los periodicos y telediarios, www.rebelion.org , han publicado un articulo de Ignacio Ramonet, director del periodico progresista frances Le Monde Diplomatique, que creo resume perfectamente ese espiritu que tanto voy a añorar.
Con sus sabias palabras os dejo:
En El Salvador, la reciente victoria de Mauricio Funes, candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), tiene un triple significado. Por primera vez, la izquierda consigue arrebatarle el mando a la derecha dura que había dominado siempre este país desigual (el 0,3% de los salvadoreños acapara el 44% de la riqueza), con más de un tercio de los habitantes bajo el umbral de pobreza y otro tercio obligado a emigrar a Estados Unidos. Este éxito electoral demuestra, además, que el FMLN tuvo razón al abandonar, en 1992 y en el contexto del fin de la guerra fría, la opción guerrillera (después de un conflicto de doce años que causó 75.000 muertos), y al adoptar la vía del combate político y de las urnas. A estas alturas, en esta región, un movimiento guerrillero armado está fuera de lugar. Ese es el mensaje subliminal que transmite, en particular a las FARC de Colombia, esta victoria del FMLN. Por último, confirma que los vientos favorables a las izquierdas siguen soplando con fuerza en Suramérica (1). Desde la histórica victoria de Hugo Chávez en Venezuela hace diez años, que abrió el camino, y a pesar de las campañas de terror mediático, más de una decena de Presidentes progresistas han sido elegidos por voto popular con programas que anuncian transformaciones sociales de gran amplitud, redistribución más justa de la riqueza e integración política de los sectores sociales hasta entonces marginados o excluidos. Cuando en el resto del mundo, y muy particularmente en Europa, las izquierdas, alejadas de las clases populares y comprometidas con el modelo neoliberal causante de la crisis actual, parecen agotadas y desprovistas de ideas, en Suramérica, estimuladas por la poderosa energía del movimiento social, los nuevos socialistas del siglo XXI desbordan de creatividad política y social. Estamos asistiendo a un renacimiento, a una verdadera refundación de ese continente y al acto final de su emancipación, iniciada hace dos siglos por Simón Bolívar y los Libertadores. Aunque muchos europeos (hasta de izquierdas) lo sigan ignorando -a causa de la colosal muralla de mentiras que los grandes medios de comunicación han edificado para ocultarlo-, Suramérica se ha convertido en la región más progresista del planeta. Donde más cambios se están produciendo en favor de las clases populares y donde más reformas estructurales están siendo adoptadas para salir de la dependencia y del subdesarrollo. A partir de la experiencia de la Revolución Bolivariana de Venezuela, y con el impulso de los presidentes Evo Morales de Bolivia y Rafael Correa de Ecuador se ha producido un despertar de los pueblos indígenas. Asimismo, estos tres Estados se han dotado significativamente, por vía de referéndum, de nuevas Constituciones. Removida en sus cimientos por vientos de esperanza y de justicia, Suramérica ha dado también un rumbo nuevo al gran sueño de integración de los pueblos, no sólo de los mercados. Además del Mercosur, que agrupa a los 260 millones de habitantes de Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay y Venezuela, la realización más innovadora para favorecer la integración es la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Sus miembros han conseguido una estabilidad que les ha permitido consagrarse a la lucha contra la pobreza, la miseria, la marginalidad, el analfabetismo, para asegurar a los ciudadanos educación, salud, vivienda y empleo dignos. Han obtenido asimismo, gracias al proyecto Petrosur, una mayor cohesión energética y también un aumento significativo de su producción agrícola para avanzar hacia la soberanía alimentaria. Gracias a la creación del Banco del Sur y de una Zona Monetaria Común (ZMC), progresan igualmente hacia la creación de una moneda común cuyo nombre podría ser el sucre. Varios Gobiernos suramericanos dieron, el 9 de marzo pasado, un paso más que parecía inconcebible: decidieron constituir el Consejo de Defensa Suramericano (CDS), un organismo de cooperación militar creado a través de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), organización fundada en Brasilia en mayo de 2008. Gracias a estos recientes instrumentos de cooperación, la nueva Suramérica acude más unida que nunca a su gran cita con Estados Unidos en la Cumbre de las Américas que se celebra en Puerto España (Trinidad y Tobago) del 17 al 19 de abril. Allí, los mandatarios suramericanos debatirán con el nuevo presidente estadounidense, Barack Obama, quien expondrá su visión de las relaciones con sus vecinos del sur. En su reciente visita a Washington, el Presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, le pidió a Obama que levantase por completo el embargo económico contra Cuba, argumentando que es algo a lo que se oponen todos los países de la región. El pasado 11 de marzo, Washington había anunciado que los cubanoamericanos podrán visitar a quien deseen en la isla una vez al año y permanecer en ella tanto tiempo como quieran. Aunque durante su campaña electoral, Obama prometió mantener el embargo parece que se avecina una era de acercamiento entre La Habana y Washington. Ya era hora. Queda pendiente normalizar también las relaciones con Venezuela y Bolivia. Más ampliamente, Washington debe admitir que aquello del “patio trasero” pasó a la historia. Que los pueblos de Suramérica se han puesto en marcha. Y que, esta vez, no se detendrán.
Macondo existe (o el aprendiz de brujo)
‘………… porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad en la tierra’
Así borra Gabriel García Marquez de la faz de la tierra a su imaginario Macondo, depositándolo suavemente en la vitrina de los lugares literarios para nunca olvidar. Pero ¿cuántos Macondos reales hay en Latinoamérica? Macondo no deja de ser la diáfana representación de la América profunda, de lugares que se mantiene aislados durante siglos y que los modernos avances y pensamientos no logran penetrar.
Vinces es un Macondo ecuatoriano. Estoy seguro que hay muchos más, pero no los conozco tan bien como el lugar donde llevo viviendo más de cuatro meses. No solo los Buendía, la saga que encarna el devenir de la historia, encuentran en Vinces su manisfestación de carne y hueso en los Aspiazu, el más grande y temido apellido vinceño, sino que todo el imaginario supersticioso, mojigato, rígido del mundo que da vida a Cien Años de Soledad encuentra un escenario insuperable en esta pequeña ciudad con alma de pueblo perdida en lo más profundo de la costa ecuatoriana.
Y yo, por supuesto, no he dejado de ser un personaje en la historia.
Poco después mi llegada a Vinces, sus gentes, aun desconocidas para mi, empezaron a pedirme si podría ofrecer consulta a alguno de sus problemas. Ciertamente, la gente local necesita urgentemente el desembarco de una brigada de mantenimiento psicológico, pero por lo visto, antes de mi llegada no existía esa figura. Solo la insinuación de mi profesión de psicólogo era motivo suficiente para que me contaran su vida en verso, en voz bajita, en plena calle. Y explicarles que yo no soy ese tipo de psicólogo, por supuesto, no servía de nada. El horno intelectual vinceño no está para diversificar las funciones de un psicólogo, un psicólogo es lo que es y punto pelota. Pero, ¿cómo interpreta Vinces, el Macondo de Ecuador, qué es un psicólogo?
Antes de contestar a esta pregunta me gustaría relatar algunos hechos acontecidos previamente, pues, antes de ser psicólogo (o el doctor español de la mente), fui padresito. Efectivamente, compañeros y compañeras de aventuras, mis primeros pasos vinceños fueron como padrecito, como curita. Largo tiempo estuve siéndolo a los ojos de los vinceños y las vinceñas. Y yo sin saberlo. Obviamente cuando me enteré por el comentario alcahuete de uno de mis compañeros de trabajo, me entró la urticaria retroactiva y pasé un par de días mirando a la gente directamente a los ojos con caras lascivas, malignas, luciféricas, para que les quedara bien claro que nada tenía que ver con la iglesia. Pero ser padresito solo era la máscara con la que disimulaban la certeza de que realmente, si yo era algo, sin duda alguna, era gay. (La historia va adquiriendo tintes de melodrama almodovariano, un padresito gay en medio de la nada ecuatoriana).
En ausencia de cines, bares, pubs, bibliotecas, lo único que se puede hacer en Vinces para ‘divertirse’ es dar vueltas a la manzana que constituye el destartalado centro de la ciudad, montado de paquete en una moto. No os exagero si os digo que pueden estar así más de dos horas, cada tarde al caer el sol, dando vueltas y más vueltas a la misma manzana, como si esas cuatro calles fueran una pasarela invisible donde se marca moto, donde ves y eres visto. Y si además la moto va tuneada con un occidental medio mareao, la vacilada es de órdago. Sin posibilidad de elección, me abandonaba al eterno paseo en moto, aunque solo fuera para disfrutar del agradable fresquito que se levantaba al paso de la máquina. Al cabo de una hora de trazar la misma circunferencia mis posaderas rogaban piedad, así como también mi propia identidad, ya que después de infinitas vueltas al mismo circuito empezaba a dudar incluso de quien era yo en realidad. Y durante esas interminables vueltas alrededor del mismo sitio iba yo de acompañante en la moto de un chico de Vinces, quien, sin yo saberlo, tenía fama en el pueblo de ser gay. Y ¿con quien puede ir un gay, de esos que contaminan su enfermedad, sino con otro gay? En los comadreos del dispensario médico de la parroquia se habló del tema, y al llegar a los oídos de las religiosas, éstas decidieron cambiar la potencial deriva perniciosa por una más santa y piadosa, haciendo correr el bulo de que yo era padresito. Obviamente yo no me enteré de nada, hasta que me explicaron la historia completa. Desde ese momento supe que era la noticia del año en Vinces e imaginé que a mis espaldas las gentes de este lugar rajaban sin piedad.
No he llegado a saber cómo empezaron a aparecer personas en el consultorio, sobretodo mujeres, preguntado por el doctor español. Yo sólo había atendido un par de casos que me habían pedido como favor, pero la potencia de Radio Patio es inconmensurable, así que rápidamente se corrió la voz de que había en Vinces un doctor de la cabeza. Cómo estábamos en época de vacaciones escolares y el tedio de mi día a día vinceño alcanzaba cotas insoportables, aderezado con un calor simplemente paralizante, decidí que como pasatiempo estaba bien aceptar las demandas y probar suerte durante unas semanas en el campo terapéutico.
Me costó entender porque solo venían una vez.
Yo les dejaba claro que un proceso terapéutico no se reducía a una sesión y que para cambiar cosas en sus vidas tenían que comprometerse a hacer un esfuerzo a largo plazo. Ellas asentían, me contaban sus vidas al mas puro estilo culebrón venezolano, yo intentaba centrar algún tema en medio de tal orgía logorreica, les pedía que pensaran durante la semana sobre lo que habíamos hablado y las citaba en siete días. No volví a ver a ninguna de ellas. No obstante, aparecían nuevas sin cesar. El dispensario parecía un MacAuto en pleno fin de semana, mujeres asomando la cabeza por la ventanilla pidiendo hablar con el doctor español. El ciclo terapéutico siguió la misma pauta, una consulta con descarga venezolana de calibre considerable, vuelva usted la semana que viene y si te he visto no me acuerdo. La verdad es que me importaba bien poco que no acudieran a la cita, para mi tan solo era un pasatiempo, pero me tenía mosqueado el hecho de que siempre se repitiera la misma escena. Hasta que me desvelaron otro de los misterios al que mi manía de no hablar de los demás me tenía cegado. Y es que tenía competencia. Efectivamente, compañeros y compañeras, había otro en la ciudad ofreciendo unos servicios parecidos a los míos. El brujo del pueblo. Tenemos formación y técnicas diferentes, pero la misma función, dar respuesta a preguntas y quitar el mal de espíritu. Yo hablo y él pasa los montes. Coge unas hierbas del campo y mediante un rito ancestral te quita los males de un plumazo. Sin comerlo ni beberlo, inocente de mi, me había convertido en la moderna competencia de un anciano brujo. En el pueblo se hablaba de las cualidades de uno y de otro. Probablemente me iré sin conocerlo. Me quedaré con las ganas de charlar con él para que me explique como se hace para que un muerto deje en paz de una vez por todas a una persona viva. Y aunque suene extraño, me siento honrado de haber sido, aunque sea solo en la corta distancia, sana competencia de un chamán.
Y así ha sido mi Macondo particular, así sigue siendo y así será hasta el cercano día en el que me suba al avión. Veo pasar ante mi personas que necesitan desahogarse de la presión del que dirán, que utilizan el espacio que les ofrezco para liberarse del peso del dedo acusador que señala la diferencia, del puño de la moral católica que lo aplasta todo en una masa uniforme y sumisa. Gentes que en la calle aparentan pura alegría y que en mi pequeño despacho destilan soledad por todos los poros de su piel. Porque como en el Macondo de Gabriel García Márquez, en Vinces, a pesar de las apariencias, hay gente que muere silenciosamente de soledad, una soledad atroz en medio de voces que critican, ojos que observan, inquisidores, oídos que deforman realidades, bocas que escupen hiel, dedos acusadores que señalan a otros para esconderse en las sombras de la cobardía.
Y como en Macondo, aquí el tiempo parece no transcurrir, parece retroceder cada día un poquito más, inexorable como una llama que se extingue, devorando al individuo para cagar sus despojos en una montaña de sumiso conformismo monocromo y espejos de apariencia pura.
Y parafraseando al autor de Cien Años de soledad, uno de los epitafios para mi aventura vinceña podría ser:
‘ ……….. porque las aventuras condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad en la tierra ‘