Macondo existe (o el aprendiz de brujo)
‘………… porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad en la tierra’
Así borra Gabriel García Marquez de la faz de la tierra a su imaginario Macondo, depositándolo suavemente en la vitrina de los lugares literarios para nunca olvidar. Pero ¿cuántos Macondos reales hay en Latinoamérica? Macondo no deja de ser la diáfana representación de la América profunda, de lugares que se mantiene aislados durante siglos y que los modernos avances y pensamientos no logran penetrar.
Vinces es un Macondo ecuatoriano. Estoy seguro que hay muchos más, pero no los conozco tan bien como el lugar donde llevo viviendo más de cuatro meses. No solo los Buendía, la saga que encarna el devenir de la historia, encuentran en Vinces su manisfestación de carne y hueso en los Aspiazu, el más grande y temido apellido vinceño, sino que todo el imaginario supersticioso, mojigato, rígido del mundo que da vida a Cien Años de Soledad encuentra un escenario insuperable en esta pequeña ciudad con alma de pueblo perdida en lo más profundo de la costa ecuatoriana.
Y yo, por supuesto, no he dejado de ser un personaje en la historia.
Poco después mi llegada a Vinces, sus gentes, aun desconocidas para mi, empezaron a pedirme si podría ofrecer consulta a alguno de sus problemas. Ciertamente, la gente local necesita urgentemente el desembarco de una brigada de mantenimiento psicológico, pero por lo visto, antes de mi llegada no existía esa figura. Solo la insinuación de mi profesión de psicólogo era motivo suficiente para que me contaran su vida en verso, en voz bajita, en plena calle. Y explicarles que yo no soy ese tipo de psicólogo, por supuesto, no servía de nada. El horno intelectual vinceño no está para diversificar las funciones de un psicólogo, un psicólogo es lo que es y punto pelota. Pero, ¿cómo interpreta Vinces, el Macondo de Ecuador, qué es un psicólogo?
Antes de contestar a esta pregunta me gustaría relatar algunos hechos acontecidos previamente, pues, antes de ser psicólogo (o el doctor español de la mente), fui padresito. Efectivamente, compañeros y compañeras de aventuras, mis primeros pasos vinceños fueron como padrecito, como curita. Largo tiempo estuve siéndolo a los ojos de los vinceños y las vinceñas. Y yo sin saberlo. Obviamente cuando me enteré por el comentario alcahuete de uno de mis compañeros de trabajo, me entró la urticaria retroactiva y pasé un par de días mirando a la gente directamente a los ojos con caras lascivas, malignas, luciféricas, para que les quedara bien claro que nada tenía que ver con la iglesia. Pero ser padresito solo era la máscara con la que disimulaban la certeza de que realmente, si yo era algo, sin duda alguna, era gay. (La historia va adquiriendo tintes de melodrama almodovariano, un padresito gay en medio de la nada ecuatoriana).
En ausencia de cines, bares, pubs, bibliotecas, lo único que se puede hacer en Vinces para ‘divertirse’ es dar vueltas a la manzana que constituye el destartalado centro de la ciudad, montado de paquete en una moto. No os exagero si os digo que pueden estar así más de dos horas, cada tarde al caer el sol, dando vueltas y más vueltas a la misma manzana, como si esas cuatro calles fueran una pasarela invisible donde se marca moto, donde ves y eres visto. Y si además la moto va tuneada con un occidental medio mareao, la vacilada es de órdago. Sin posibilidad de elección, me abandonaba al eterno paseo en moto, aunque solo fuera para disfrutar del agradable fresquito que se levantaba al paso de la máquina. Al cabo de una hora de trazar la misma circunferencia mis posaderas rogaban piedad, así como también mi propia identidad, ya que después de infinitas vueltas al mismo circuito empezaba a dudar incluso de quien era yo en realidad. Y durante esas interminables vueltas alrededor del mismo sitio iba yo de acompañante en la moto de un chico de Vinces, quien, sin yo saberlo, tenía fama en el pueblo de ser gay. Y ¿con quien puede ir un gay, de esos que contaminan su enfermedad, sino con otro gay? En los comadreos del dispensario médico de la parroquia se habló del tema, y al llegar a los oídos de las religiosas, éstas decidieron cambiar la potencial deriva perniciosa por una más santa y piadosa, haciendo correr el bulo de que yo era padresito. Obviamente yo no me enteré de nada, hasta que me explicaron la historia completa. Desde ese momento supe que era la noticia del año en Vinces e imaginé que a mis espaldas las gentes de este lugar rajaban sin piedad.
No he llegado a saber cómo empezaron a aparecer personas en el consultorio, sobretodo mujeres, preguntado por el doctor español. Yo sólo había atendido un par de casos que me habían pedido como favor, pero la potencia de Radio Patio es inconmensurable, así que rápidamente se corrió la voz de que había en Vinces un doctor de la cabeza. Cómo estábamos en época de vacaciones escolares y el tedio de mi día a día vinceño alcanzaba cotas insoportables, aderezado con un calor simplemente paralizante, decidí que como pasatiempo estaba bien aceptar las demandas y probar suerte durante unas semanas en el campo terapéutico.
Me costó entender porque solo venían una vez.
Yo les dejaba claro que un proceso terapéutico no se reducía a una sesión y que para cambiar cosas en sus vidas tenían que comprometerse a hacer un esfuerzo a largo plazo. Ellas asentían, me contaban sus vidas al mas puro estilo culebrón venezolano, yo intentaba centrar algún tema en medio de tal orgía logorreica, les pedía que pensaran durante la semana sobre lo que habíamos hablado y las citaba en siete días. No volví a ver a ninguna de ellas. No obstante, aparecían nuevas sin cesar. El dispensario parecía un MacAuto en pleno fin de semana, mujeres asomando la cabeza por la ventanilla pidiendo hablar con el doctor español. El ciclo terapéutico siguió la misma pauta, una consulta con descarga venezolana de calibre considerable, vuelva usted la semana que viene y si te he visto no me acuerdo. La verdad es que me importaba bien poco que no acudieran a la cita, para mi tan solo era un pasatiempo, pero me tenía mosqueado el hecho de que siempre se repitiera la misma escena. Hasta que me desvelaron otro de los misterios al que mi manía de no hablar de los demás me tenía cegado. Y es que tenía competencia. Efectivamente, compañeros y compañeras, había otro en la ciudad ofreciendo unos servicios parecidos a los míos. El brujo del pueblo. Tenemos formación y técnicas diferentes, pero la misma función, dar respuesta a preguntas y quitar el mal de espíritu. Yo hablo y él pasa los montes. Coge unas hierbas del campo y mediante un rito ancestral te quita los males de un plumazo. Sin comerlo ni beberlo, inocente de mi, me había convertido en la moderna competencia de un anciano brujo. En el pueblo se hablaba de las cualidades de uno y de otro. Probablemente me iré sin conocerlo. Me quedaré con las ganas de charlar con él para que me explique como se hace para que un muerto deje en paz de una vez por todas a una persona viva. Y aunque suene extraño, me siento honrado de haber sido, aunque sea solo en la corta distancia, sana competencia de un chamán.
Y así ha sido mi Macondo particular, así sigue siendo y así será hasta el cercano día en el que me suba al avión. Veo pasar ante mi personas que necesitan desahogarse de la presión del que dirán, que utilizan el espacio que les ofrezco para liberarse del peso del dedo acusador que señala la diferencia, del puño de la moral católica que lo aplasta todo en una masa uniforme y sumisa. Gentes que en la calle aparentan pura alegría y que en mi pequeño despacho destilan soledad por todos los poros de su piel. Porque como en el Macondo de Gabriel García Márquez, en Vinces, a pesar de las apariencias, hay gente que muere silenciosamente de soledad, una soledad atroz en medio de voces que critican, ojos que observan, inquisidores, oídos que deforman realidades, bocas que escupen hiel, dedos acusadores que señalan a otros para esconderse en las sombras de la cobardía.
Y como en Macondo, aquí el tiempo parece no transcurrir, parece retroceder cada día un poquito más, inexorable como una llama que se extingue, devorando al individuo para cagar sus despojos en una montaña de sumiso conformismo monocromo y espejos de apariencia pura.
Y parafraseando al autor de Cien Años de soledad, uno de los epitafios para mi aventura vinceña podría ser:
‘ ……….. porque las aventuras condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad en la tierra ‘
Es creible lo que dices,por muy increible que lo parezca.
Los médicos de la mente,aún en nuestra sociedad subdesarrollada,creamos expectativas que dificilmenente se ajustan a lo que debemos ofrecer,nos piden milagros,imposibles,tiempo,felicidad,…..Y ofrecemos pautas, estrategias, reestructuración cognitiva,…..sesiones terapéuticas.Y nos quedamos tan panchos.
El mito se desmorona en la primera hora y la gente sigue su itinerario en busca de orejas dispuestas a ser depósitos de sus malestares.ni siquiera esperan respuestas.
Después de tantos añois de manuales científicos mira por donde, mi amigo Sergio, nos encontramos con que el brujo pirujo es más resultón que un padresito gay como tu y como yo.
| Publicado 8 months agoDe lo que me alegro.
Te quiero
Jejejej, si lo que no te pase a ti… “padresito” jajaja, esa es muy grande aunque lo de gay tampoco tiene desperdicio,jajaj.
Vamos, que has sido la distracción del pueblo todo este tiempo, seguro que en cuanto empiece a crecer el pueblo un poco le ponen tu nombre a una de sus calles, eso si no te hacen un monumento antes de irte, o ponen una placa de…”aquí vivió el “padresito gay” durante su estancia en nuestro pueblo”…. bueno, que desvarío ya, será fruto de la medicación por este catarrazo.
Pues nada “chamán de la última era”, cuidate y disfruta de lo que te queda de estancia por allí, que el tiempo pasa demasido rápido.
Un abrazo
| Publicado 8 months agoun abrazo
| Publicado 8 months agoasi que haciendo competi a los chamanes… está bien eso…
Padresito y gay… tio…
Y no te decían eso de “Bendición padre sergio?” como en las telenovelas…
jarr tú de cura… eso ni en pesadillas lo habría imaginado…
De veras, vaya historias.. te va a dar para escribir un libro…
Bueno niño, cuidate de Macondo, no comas tierras ni cosas similares en plena histeria jjj y sobre todo vuelve sanico y salvo q aquí te esperamos.
Muchos besos padresito.
| Publicado 8 months ago