LA SICILIA (la película)
En ninguna parte del mapamundi que voy recorriendo al ritmo de mis ilusiones y posibilidades, había topado con una coincidencia tan estrecha entre el cine y la realidad.
Hace ya largo tiempo que el cine, el buen cine, no me apasiona como lo hacía años atrás, cuando podía disfrutar intensamente unas cuantas películas a la semana, casi sin pestañear. Incluso era un asiduo de la Filmoteca y sus ciclos de cine clásico. Si de estos días de celuloide tuviera que escoger un tipo de cine como el que más me hacía disfrutar, mi elección, poco fundamentada pero muy sentida, sería el neorealismo italiano. Desde El Ladrón de Bicicletas pasando por esos grandes duelos interpretativos entre Sofia Loren y Marcello Mastroiani en Una Jornada
Particular o Matrimonio a la Italiana, entre muchas otras que en su momento formaron parte de un universo comprensible y que hoy, la distancia y el poco tiempo, han convertido en pequeñas estrellas brillantes en un universo sin orden ni voluntad de tenerlo. Todas ellas han compuesto el lugar cinéfilo que más me transportó, que más me permitió viajar como solo el mejor cine es capaz de hacer. Incluso el cine gringo que más he tolerado ha sido el que algo tenía que ver con Italia, la trilogía del Padrino, aunque muy trillada y siempre socorrida solución para demostrar que ‘sabes’ de cine, estaba teñida de sabor azzurri.
Había intentado en visitas anteriores a Italia disfrutar de esos aromas costumbristas que la gran pantalla, aunque con mucho arte, solo podía reproducir artificialmente. Pero ni Venecia, ni Turin, ni Florencia los atesoraban. Al menos mi olfato no fue capaz de detectarlos. Por supuesto que forman parte de la más bella de las Italias, cómo negarlo, pero no formaban parte de esas películas, no en su carácter, no en sus escenarios.
Hasta que puse un pie en Sicilia.
Poco después de desembarcar en el pequeño puerto de Pozzallo, recién llegado de la siempre ensimismada y medio
autista Malta, apuntando dirección Catania, me topé con la intensa vida en la calle, el efervescente río de interacciones y conversaciones en un italiano cantado cual tarantela, una fuente inagotable de gestos con cualquier parte visible del cuerpo donde las manos son las reinas de un lenguaje único y que cualquiera podría entender aunque tuviera el yunque y el caracol desenchufados. El caótico tráfico, las aceras atestadas de lugareños sentados en esas características sillas mediterraneas hechas de madera y esparto entrelazado, niños y niñas jugando a la pelota en plazas, rodeados por abueletes vestidos a la manera tradicional que sentados a la sombra de un árbol, en ocasiones esquivan y otras sufren los pelotazos que los jugadores más osados lanzan triunfalmente sin pensar en sus posibles consecuencias. Una escena tremendamente alejada del civismo y la convivencia nórdica, tan de moda en nuestros días en algunas ciudades que hasta hace poco se podían definir como mediterráneas, no solo por su ubicación sino por su carácter, por su estilo de vida, y que hoy languidecen entre normativas cada vez más estrictas y asfixiantes y que cercenan la yugular de un espíritu, de un modo de vida ancestral, inimitable e inconfundible, el mismo que atesoran esos abueletes tolerando los pelotazos de los más pequeños solo por el placer de verlos jugar en la calle, de disfrutar de su jovialidad y de la ilusión que tras cada pelota pateada se halle el regalo de llegar a ser un gran futbolista.
Para acabar de decorar esta escena no puedo olvidar a la mamma llamando al niño
desde la ventana, a pleno pulmón, para que suba a por la merienda mientras el padre discute a grito pelao en la esquina si el empate del Inter en Catania fue justo o no. El sonido ambiente de esta escena sería la música que sale de algunas de las ventanas abiertas de par en par en busca de esa ansiada brisa marina que refresque, aunque solo sea un poquito, el interior de sus casas, que, a tenor de la cantidad de gente que habita la calle, deben estar prácticamente vacías. Y si con esta escena no es suficiente para evocar la vida mediterránea a la Siciliana solo tienes que dejarte caer en uno de los caóticos y animadísimos mercados a cielo abierto, repletitos de verduritas, pescadito, quesos, frutas típicas de este antiguo Mar, todo promocionado con bonitos carteles hechos con mucho arte y a mano, cantados cual soprano por los vendedores locales que negocian los precios con las clientas al más puro estilo Pavarotti, un hermoso y vital caos.
Si hubiera podido seleccionar ‘mirada en blanco y negro’ no me hubiera extrañado para nada ver aparecer por
cualquier esquina, en cualquier plaza o entre el gentío a una Sofia Loren con cesto de mimbre y medias recosidas de postguerra mientras un Marcello Mastroianni, vestido con la máxima elegancia que permite la pobreza, apoyado contra la pared o contra el quicio de alguna puerta, cigarrillo en mano, la contempla al pasar.
En fin, por si no ha quedado claro a estas alturas, para mi Sicilia ha sido un viaje de película. Y es película tenía mucho que ver con mis recuerdos de niñez, con mi infancia a orillas del Mediterráneo.
Los mejores viajes son los que no solo te permiten viajar en el espacio, sino también en el tiempo y en los recuerdos, en las memorias perdidas en el cajón de lo ‘no urgente’, por tanto ‘no importante’.
Sicilia tuvo la gran virtud de abrir el mio de par en par.



