EL MUNDO EN EL HORIZONTE



LOS VIAJES SILENCIADOS (II): LAS INCURSIONES EN EL ESTE

La última víctima de tan deleznable estado del espíritu escritor fue un paseo realizado en reciente fecha (Septiembre 2010), desde Berlín a Crakovia, pasando por algunas bonitas ciudades polacas.

El perezoso que teclea estas lineas más de una año después de haber realizado el viaje, recuerda el accidentado

Lübeck

aterrizaje en un pequeñísimo aeropuerto cercano a la pintoresca ciudad alemana de Lübeck. Como no podía ser de otra manera la bienvenida a estas tierras nórdicas estuvo pasada por agua, tanta que el avión tuvo que hacer unas maniobras ‘especiales’ que pusieron a prueba mis estrategias para afrontar el miedo a volar. No obstante el anticiclón no acompañó mi llegada por mucho tiempo y el cielo despejado dejó abierto un paisaje urbano digno del cuento de Hansel y Gretel. En los paseos por la ciudad, acompañado por Bernat y Arantxa, encontramos edificios de fantasía, con un aspecto irreal, fantasmagórico, de los que no nos hubiera resultado extraño que salieran personajes de cuento en forma de brujas con su inseparable verruga en la nariz cabalgando a lomos de una escoba o ese grandullón deforme que oculta su joroba bajo una gruesa capa negra. Pero, a pesar de las bondades estéticas de la postal, la poca vitalidad que transmitía este enclave germano con su cansino ritmo provinciano nos empujó a darnos un paseo por los

Berlín

alrededores, dirección Travemünden, un puerto nórdico desde donde salen inmensos barcos dirección Suecia y Dinamarca. Es también un lugar de veraneo para la gente del lugar, pero un veraneo climático indecente, frío y hostil, en pleno mes de septiembre temperaturas de diciembre. Una visita curiosa pero rápida que me dejó el cuerpo descolocado y la mente puesta en la próxima parada, Berlín.

Berlín me gusto mucho, sin más, a veces la simpleza es el mejor camino para llegar a la verdad. Mi verdad, claro, la que vió la mundana luz  tras algunos días pateando asfalto berlinés. Resultó ser la postal de una ciudad tranquila, bien organizada, limpia, segura, tal vez un pelín fría (no solo por el frío, conocemos bien el carácter norteño europeo), multicultural, sostenible, respetuosa, una ciudad que vive abiertamente y sin complejos los truculentos pasajes de su historia reciente. Exposiciones siempre gratuitas y abiertas a cualquier tipo de público hablan sin cortapisas del holocausto judio (Museo del Holocausto), del

Cruzando el muro

genocidio planificado y perfectamente programado como solo estas mentes nórdicas saben programar y planificar (en este caso para desgracia de una parte importante de la humanidad). O el Museo de la Stasi o de las postrera división de la ciudad por el telón de acero con especial énfasis en los desmanes dictatoriales de la ocupación sovietica. Curioso resultó el vacio de memoría alrededor de los acontecimientos ocurridos en la parte ocupada por el bloque capitalista, sesgo informativo voluntario o involuntario, quien sabe. Y que decir de la vida cultural que existe en cada rincón de la ciudad, desde la más actual y ‘trendy’ de la orilla occidental del muro a la más ‘underground’ y alternativa de la oriental, que para mi gusto era más seductora por lo provovativa y diferente, pero para gustos, colores. Mención especial al Museo de Pérgamo, posiblemente el museo más espectacular que haya visitado en mi vida y que no reúne ni una sola pieza que hable lo más mínimo de la cultura germana. Museo del Expolio sería un nombre más adecuado y que le sentaría de autentica y honesta maravilla. Allí se amontonan armoniosamente ciudades enteras griegas, como la de Pérgamo, romanas, babilónicas, árabes. De cualquier antigua cultura puedes encontrar en este museo villas enteras, ancianas construcciones que fueron desmontadas y montadas de nuevo con exquisita precisión germánica. Ciertamente, la visita a este museo despertó en mi un sentimiento ambivalente que se debatía entre el ‘guauuu …. que

Berlín Este

pasada … la Historia ante mi ¡¡¡¡ ‘ y el ‘joder, pero como pedes robar una cultura entera y tener el morro de exponerlo al público sin ningún tipo de tapujo?¡¡¡¡’”. Una vez más, para gustos, colores.

Todavía con la impresión bien fresca de Berlín en mi retina (meses después permanece casi intacta) me adentré en las entrañas del lado rojo del ex-telón de acero, cuna del Pacto de Varsovia, la vieja Polonia, lugar de nacimiento de uno de mis escritores predilectos, el periodista y viajero Ryszard Kapucinsky. Más allá de las bellezas de las ciudades polacas (mención especial y honorífica a la belleza de sus mujeres), el viaje se convirtió en un seguir la pista involuntario de los acontecimientos acaecidos antes, durante y después de la II Guerra Mundial.

Calle principal de Turun

Primera parada Turún, una bellísima y provinciana ciudad que como atractivo supremo e indiscutible ofrece el paseo por sus calles de ensueño y la visita al museo del hijo pródigo, Copérnico, quien aseguró y demostró que la tierra giraba alrededor del Sol y no el universo sobre Ella. Pedazo de parto ese, lástima que como siempre la funesta iglesia católica estuviera amagada preparando la cerilla para quemar la inteligencia y seguir sometiendo al ser humano a la condena de la ignorancia.

Siguiente movimiento en el tablero polaco, viaje en tren a Varsovia para confirmar que si en algún lugar del mundo viajar en ferrocarril tiene encanto es en Europa y en especial en su Este. La capital de Polonia es un entramado del mejor arte mediaval plasmado en su excelso y encantador centro histórico (hermosa la pequeña plaza del Mercado), de magnificiente realismo soviético reflejado en su edificio estandarte, el stalinista palacio de la cultura y la ciencia, y finalmente, de la soñadora y mucho más reciente promesa capitalista incrustada en la ciudad a base de rescacielos y oficinas import-export. Se terció una imersión también en el museo Frederic Chopin, hijo predilecto de la

Plaza del mercado (Varsovia)

ciudad, un bonito recinto interactivo que te permite un paseo por la vida del gran compositor. Pero si a alguna conclusión había llegado a estas alturas de mi visita a la capital polaca es que si hay un sentimiento vívido y palpable en el ambiente ese es el sentimiento católico. Realmente el fervor religioso se respira por todos los rincones y a casi todas horas, casi siempre personificado en el hijo pródigo por excelencia de esta tierra, Juan Pablo II. Me sorprendió la gran cantidad de jóvenes que asiste a las misas, aquí sí parece que hay relevo generacional para los Escuadrones de Cristo Rey, ojú que miedo.

Pero no sólo en tonos católicos está escrita la historia reciente de Polonia, también con texturas nazis y soviéticas.

El impacto de la barbarie nazi es tan innegable como visible y palpable, para muestra el campo de exterminio de Auswitch, reconvertido en un museo tan educativo como macabro. No es el único campo de la zona pero sí fue la mejor

Última estación 'Auswitch'

versión que los nazis lograron diseñar en su demencial intento de borrar del mapa a los no arios. Toda Polonia, como Alemania y otros países están salpicados por estos lugares incalificables que dibujan de una manera siniestra la evolución de esa locura llamada limpieza étnica, desde los primeros campos de concentración burdos y sin objetivo aparente hasta los más sofisticados y científicos centros de exterminio. De estos últimos, Auswitch representa el más alto peldaño, la punta de la pirámide, la herramienta que haría de tan demencial sueño una realidad. Describir lo que se siente visitando un lugar donde han ocurrido cosas tan terribles se me hace enteramente difícil, es una experiencia íntima y personal que difícilmente se puede compartir en toda su intensidad. Auswitch es un viaje al interior al ser humano, a sus rincones más oscuros, retorcidos y demenciales, es una continua inmersión en las entrañas de una mente colectiva retorcida y enfermiza que en un momento de la historia, como en muchos otros, encontró la tolerancia y la bendición de toda una sociedad. Algo que visto en un cine no pasaría de ser algo meramente increíble se hace realidad, y la realidad, en Auswitch más que en ningún otro lugar donde haya

Barracón en Auswitch

estado, supera cualquier atisbo de ficción, es una cruda y macabra realidad ante tus ojos y sólo tú puedes decidir que haces con ella, como te relacionas con algo que han hecho seres humanos como tu misma sangre, con tu mismo cerebro, con tus mismas manos, con tu misma voluntad. Si antes de tomar la decisión de visitar Auswitch me debatía en dudas ético-morales de si estaba bien pisar un lugar con la historia de este campo de exterminio, después de la visita luchaba por no condenar al más hondo de los infiernos a la raza humana, al ser humano, por que si algo me quedó claro es que de algo tan demencial solo somo capaces nosotros, los humanos, de todos los seres que habitamos el Planeta Tierra.

En fin, de lo que se siente en Auswitch podría seguir hablando largo y tendido, pero mejor nos desplazamos al momento de la liberación cuando el ejercito ruso logró alcanzar el amasijo de campos desperdigados por las amplias llanuras polacas e hizo de sus habitantes personas libres, a las pocas que los nazis dejaron a sus espaldas durante su huida. Ese sentimiento de liberación no duró tanto como se podría pensar ya que, si hay otro sentimiento comparable a la repugnancia hacia los crímenes cometidos por los nazis es el resentimiento hacía todos los años de ocupación soviética que heredaron estas tierras como herencia del reparto geopolítico entre los aliados. Si en Berlín se siente esa linea divisoria entre los dos mundos que nacieron a ambos lados del telón de acero, aquí te sientes habitando en las entrañas de uno de ellos, el soviético. La dictadura Stalinista, el sistema de partido único, el castigo implacable a la disidencia política, la represión a lo diferente, el sentimiento de ahogo de un pueblo ocupado por una superpotencia en plena y cruel guerra fría (hoy, viviendo en Centroamerica, vivo y siento los efectos de los desmanes, de la violencia, del inhumano sistema capitalista representado por esa pseudodemocracia norteamericana, el otro lado del mismo desastre). Me sorprendió sobremanera el rechazo casi generalizado del pueblo polaco a todo lo comunista, sentí que una de las fuerzas que impulsan a este pueblo es el de alejarse de los fantasmas que dejó un sistema que pretendía ser del pueblo y para el pueblo y que acabó reprimiéndolo como el más tirano entre los tiranos. Creo que la integración en la Unión Europea, con todas las críticas que se le puedan hacer, ha supuesto para estas tierras marcar una brecha insalvable con ese pasado nazi y stalisnista, con los fantasmas de su historia más reciente.

Crakovia 'la nuit'

Estas eran las reflexiones que apuntaban en Crakovia mis limitadas entendederas y mi voluntad de conocer, penúltima parada antes de emprenden viaje de regreso a Barcelona. Crakovia es una ciudad bonita y dinámica pero que ofrece poco más que conocer al viajero que viene de otros lugares de Polonia. Admitiendo su belleza, para mi, esta ciudad tuvo más bonita postal aséptica que de lugar interesante. Pero hay que reconocer que todo viaje tienes estas giros dramáticos y que lo que esperabas fuera el encuentro con un lugar especial se convierte en algo anodino, así como esos lugares de paso donde solo esperas estar el momento indispensable te atrapan por días enteros. Estos giros son lo que le dan a un viaje toda la emoción y incertidumbre, esta es su salsa más preciada y sabrosa. Y por supuesto este viaje no podía terminar sin uno de estos giros y, aunque la certeza del fin del viaje que te da la partida del avión no permitía invertir más días , Wroclaw, última parada de este viaje, se convirtió en ese lugar donde esperas pasar los últimos momentos del viaje tomando un café en la terraza de un agradable bar pero que acaparó mi atención hasta el último segundo, no por su arquitectura o su estética, ésta no dejaba de ser el calco exacto de las anteriores

Wroclaw 'la nuit'

ciudades polacas que había visitado, sino por su dinámica, su vida, su ritmo joven y universitario, ese ir y venir de gentes por los parques, sus jardines y sus lagos, por su cosmopolitismo pero sobretodo por el buen rollo que trasmitía. Si pudiera hacer realidad uno de los sueños que nunca pude hacer, disfrutar de una beca Erasmus en alguna universidad europea, la de Wroclaw habría estado entre las candidatas sin duda alguna. Sueño que quedará como lo que fue, un sueño de adolescente que en el adulto de hoy ya no tiene mucho sentido, pero bueno, quien le iba a decir a ese adolescente que el adulto que le precedería se despediría un día de un viaje por tierras polacas allí donde ni siquiera pensaba que pudiera hacer realizar un sueño.

Y hasta aquí la retransmisión de un viaje por tierras del Este de Europa realizado en Septiembre de 2010 y escrito en Septiembre de 2011, justo un año después.

Abrazos.

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