EL SINDROME DEL VIAJERO ETERNO

CAMINANTE NO HAY CAMINO: MENORCA O EL DELICADO PERFUME MEDITERRÁNEO

Tiempo hacía ya desde mi última visita a las Islas Baleares. Si mal no recuerdo fue hace diez años cuando visité Ibiza y Formentera, aprovechando que una amiga profesora había sido destinada allí para ejercer su honrosa profesión. Antes había recorrido Mallorca con mi compañera de entonces, cuando ese entonces ni siquiera pertenece a este nuevo milenio. Pero aun me quedaba una isla por visitar, Menorca.

Mallorca tiene fama de complejo hotelero estival para ingleses y alemanes con marcada tendencia a la borrachera, al desfase y a saltarse cualquiera de las normas de civismo que en su propio país es ley escrita en piedra. Ibiza, al menos una parte importante de ella, ha proyectado su imagen internacional como una discoteca flotante donde desfasar al estilo rave. Menos alcohol y más drogas de diseño, menos camisetas con la bandera inglesa sobre cuerpos bañados en cerveza y vómito pero más modernos cuerpos esculturales con la mandíbula desencajada y eternas gafas de sol. Formentera en cambio, en el imaginario colectivo, es un lugar pequeño y que conserva sus pocas construcciones humanas aunque el ambiente hippy que atesoraba en sus inicios como destino turístico está derivando en ese incipiente pero imparable turismo alternativo de alto poder adquisitivo. Menorca en cambio, ha sido considerada siempre como la del turismo familliar y, más recientemente, ecológico. Se mantiene alejada de las bárbaras hordas turísticas de sol y playa, disco y anfetamina o de la más burguesa invasión de harapos de diseño.

Así que este verano decidí que había llegado el momento de saldar esa cuenta pendiente y decidí pasar una semanita en un casa rural cerquita de un pueblo en las suaves colinas de la isla. Y por supuesto, desde allí moverme, descubrir, caminar rumbo a todos los lugares que me apeteciera. Y hoy sentado a la sombra de una florida parra, observando como un hombre de rostro curtido por la edad y la vida, el sol y el salitre, lava a mano, una a una, las naranjas que esa misma mañana ha recogido, borrando cualquier rastro de aquello que el comprador pueda considerar poco atractivo, consiguiendo una fruta limpia y llena de brillo, agradable a la vista. Seguro que hará la boca agua de las personas que se crucen con ellas en el mercado. Siento que he estado en uno de los Mediterráneos más puros en los que he estado en mi vida. Menorca te embriaga el alma con el espíritu y el carácter mediterráneo. Son muy pocas las construcciones destinadas al turismo masificado, esas edificaciones que tanto afean otras partes del Mediterráneo ibérico. Muy al contrario, Menorca es naturaleza, transmite un purísimo aroma mediterráneo. Caminando por sus pequeños senderos llegan a tus sentidos la sensualidad del aroma del pino y el bajo monte, el de los algarrobos y los olivos, el de los dátiles de sus palmeras, el de sus rosas y jazmines, el de sus parras y su sabrosas uvas, el de sus casa encaladas en un blanco que reverbera bajo la intensa luz, de su cielo casi eternamente azul, al de sus calas de aguas cristalinas. Es una auténtica y pura emoción cerrar los ojos y esperar que la brisa marina mezcle todos estos ingredientes y traiga a tus sentidos todos los aromas, creando uno de los perfumes más embriagadores de los que haya podido disfrutar en mi vida. El aroma del Mediterráneo.

Agosto 2014

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CAMINANTE NO HAY CAMINO: PIRINEOS O EL GRAN RETO 11

Una vez más enfilaba el camino tantas veces recorrido, un camino que lleva del luminoso azul mediterráneo al profundo verde de los Pirineos.

Pero esta vez mis pasos dejaban su huella en un desafío montañero con nombre y apellido, el Gran Recorrido Pirenaico 11. El también conocido como GR11 atraviesa la espina dorsal de los Pirineos de este a oeste (o de oeste a este, dependiendo de la dirección de tus pasos), de las orillas del Cantábrico a la Orilla del Mediterráneo, de Cabo Higuer en Donosti a Cap de Creus en Girona, a lo largo de un incesante sube y baja de 750 kilómetros. Bosques, lagos, valles, ríos, glaciares, rocas, imponentes collados, idílicos valles atravesados por gentiles arrollos, impactantes caídas de agua que golpean la eterna roca sin piedad, refugios montañeros de cuento de hadas, agónicos momentos de sufrimiento que ruegan una misericordiosa rendición, intensas experiencias de comunión orgánica con esa grandísima obra sobrehumana a la que llamamos Naturaleza, en fin, fugaces pinceladas que tan solo aciertan a perfilar en este blanco lienzo la mastodóntica figura del Gran Recorrido 11. Voluntades de hierro afrontan el reto de realizar esta travesía pirenaica en un único intento, caminar las 44 etapas en un solo esfuerzo, de punta a punta, de mar a mar. Voluntades menos dadas a estas titánicas orgías, como sin duda es la mía, se conforman con caminarla pausadamente, tranquilamente, etapa a etapa, sin superar los excesos físicos que al alba no se puedan pagar, sin voluntad de retar a una montaña que en todo momento te recuerda la pequeñez y la fragilidad del microscópico ser que eres y que camina sobre su piel sin apenas ser advertido, sin que esa gran mole de gigantes de eterna roca note tu presencia. Año tras año recorro un puñado de etapas, me dedico durante algunos días a seguir la guía que ofrecen dos franjas, una de color rojo y otra de color blanco, marcas del camino a seguir allá donde la civilización afortunadamente no alcanza a contaminar con su progreso y su desarrollo. Tramo a tramo, etapa a etapa, esfuerzo a esfuerzo, voy caminando el camino 11, la Gran Ruta Pirenaica, un viaje diferente, un reto seductor, una experiencia inolvidable.

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Esta vez el trayecto comenzaba en Encamp, Andorra, donde como primer plato andarín me esperaba una de las subidas más extenuantes de todo el recorrido, la que lleva al Coll d’Ordino y que tiene unas rampas de un desnivel inmisericorde. Esa imponente primera rampa medía yo con mi mirada mientras ajustaba mi nueva mochila cargada con más de 10 kilos de material montañero (tienda, saco, colchoneta, hornillo, …). Una vez todo estuvo comprobado, el peso bien distribuido, inicié el trayecto que me debía llevar a través de decenas de kilómetros por las cotas más altas de los pirineos catalanes y andorranos. Seis días con sus seis noches caminando, descansando, sufriendo temibles pendientes, disfrutando de los más hermosos y a la vez siniestros parajes pirenaicos. Y la subida al Coll d’Ordino ofrecía lo que prometía, 3 horas de ascenso prácticamente sin descansos que supusieron un auténtico martirio para mis frías y desacostumbradas piernas al esfuerzo montañero. En estas circunstancias, la experiencia del caminante de alta montaña recomienda fijar la mirada en el camino, tímida, temerosa, evitando mirar directamente a la aplastante superioridad de la montaña, marcando un paso firme y regular que permita mantener el esfuerzo continuado sin nunca llegar a superar la potencia que no seas capaz de mantener.

Con un tiempo excelente y marcando el paso con la cadencia adecuada llegué al punto culminante del collado, situado a unos pocos metros por debajo de los 2000. Descansando y recuperando fuerzas con algunas piezas de fruta, disfrutaba de las primeras vistas de pájaro que ya no me abandonarían hasta el final del recorrido, panorámicas de la tierra, pueblos y pequeñas ciudades, desde las alturas de tierras sin civilizar, salvajes, donde la vida es difícil cuando no imposible. Con el paso de los días te acostumbras a mirar el mundo desde las alturas, como si fueras un ave o una deidad olímpica que se permite el lujo de contemplar el hormiguero de la humanidad desde un terrenal Olimpo.

Fue dando las últimas dentelladas a una rica manzana, de una jugosidad infinita, a bien seguro sobredimensionada por la magnitud del paisaje observado y del esfuerzo realizado, apareció el primero de los personajes con los que me cruzaría mis pasos durante los 6 días de caminata. Se trataba de un montañero vasco, jóven pero con la fatiga del caminante grabada en su rostro, que estaba realizando la totalidad del recorrido de la GR11, habiendo salido de orillas del Atlántico, a orillas de Cabo Higuer, y aspirando a cumplir el reto de llegar al otro extremo, a las antípodas de los pirineos, a Cap de Creus, en Catalunya. Más de cuarenta jornadas caminando, de mar a mar, cruzando los pirineos de punta a punta por rutas de alta montaña, de los que ya había recorrido unos 30. La inevitable conversación supuso un paso más allá en la profundidad de la experiencia ya que éste cobra una nueva dimensión, más real, más brillante, cuando puedes compartir algo tan particular, extraordinario y necesariamente solitario como es caminar por la alta montaña con alguien a quien no tienes que explicar las razones por las que disfrutas de ello. Después de la despedida llegó inevitablemente el momento de recolocar la mochila en la espalda y como inviolable ley natural cumplir esa norma por la que todo lo que sube tiene que bajar. Y el descenso de esa tarde de agosto apuntaba a Ordino, otra de las pequeñas ciudades con espíritu de pueblo montañero que jalonan el territorio andorrano. Al igual que Encamp fue empequeñeciendo bajo mi mirada a medida que ascendía, Ordino fue ganando entidad a medida que descendía por una empinada ladera que proporcionaba regularmente algún susto en forma de resbalón y un sostenido dolor de articulaciones, sobre todo centrado en tobillos y rodillas, que son las partes del cuerpo que más sufren la fuerza del impacto de la pisada en el descenso.

Al atardecer, ya llegando al final de esta primera etapa del camino, tocaba buscar lugar donde pasar la noche, un lugar recogido e idealmente llano, para plantar mi tienda de campaña ultraligera y dejar descansar mis doloridas piernas. Y con este preciado lugar topé tras una breve búsqueda, un terreno sin cerrar, cerca del río y del pueblecito de La Cortinada, que en su parte superior ofrecía un pequeño espacio sin excesivas irregularidades, al cobijo de dos frondosos árboles. Dado que mejor oferta no iba a obtener y que la noche estaba a punto de bajar definitivamente el telón del día, no dudé en montar la tienda y en menos de un cuarto de hora, bien abrigado para sobrellevar mejor la fría noche pirenaica, encendí mi pequeño hornillo para cocinarme una sopa de fideos que regalara a mi cuerpecito un poquito de calor y unas cuantas calorías para el esfuerzo de mañana. Al poco de haber dado buena cuenta de mi sopa y algunas barritas energéticas, y después de observar como los pueblos que contemplaba desde mi improvisada atalaya quedaban sumergidas en la profunda oscuridad de una noche sin luna, oscuridad solo rota por los destellos de lejanas farolas, acompañé a mi dolorido y fatigado cuerpo al interior del escueto dormitorio portátil. En cuestión de minutos, mientras perdía mis pensamientos en los deliciosos sonidos de la noche en la montaña, caí rendido en brazos de Morfeo.

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Desperté con alba y el canto de los pajaritos anunciando la nueva luz del día. Con las piernas aun doloridas por el esfuerzo del día anterior pero también agradecidas del descanso y la cena, salí de mi pequeño cubículo para descubrir la postal pirenaica que me ofrecía ese nuevo sol. Los pequeños pueblos engullidos la noche anterior por la oscuridad de una noche sin luna, renacían ahora con vigor bajo un cielo azul que prometía las mejores condiciones meteorológicas para la aventura montañera. Estiré un poco piernas y espalda, respiré aire puro, saboreé cada uno de los detalles de ese precioso escenario, desayuné un buen bocadillo para empezar a generar las energías necesarias para afrontar el esfuerzo del día. Una vez cuerpo y mente se alinearon con el perfil de la etapa del día, recogí mi pequeño campamento, coloqué en mi espalda la pesada mochila y dí los primeros y madrugadores pasos que debían guiarme hacia los casi 2800 metros de altitud del más alto collado que tendría que superar los próximos días.

Prometía ser una jornada larga pero el tempranero inicio de la marcha me permitía ser optimista en cuanto a la consecución de mi objetivo, es decir, llegar antes del anochecer al refugio no guardado de Baiau, a 2700 metros de altitud. Pero antes tenía un reto más inmediato y real, el ascenso al collado de Arcalís. Los primeros cientos de metros de progresión sirvieron para entrar en calor y constatar que la recuperación nocturna había sido un éxito. Mediado el día, y después de superar sin mayor dificultad el collado de Arcalis y descender a la ciudad del mismo nombre, donde aproveché para comprar un poco de comida para las siguientes jornadas, inicié el ascenso más largo de los que me esperaban en esos días de caminata. Por delante, más de 1500 metros de desnivel hasta el collado de Baiau. El ritmo de la caminata no era malo y el camino transcurría entre un frondoso bosque que me protegía de las inclemencias de un potente sol que reinaba allá arriba en el cielo azul, cuando de repente, sin aviso previo, me sorprendió la primera pájara de la ruta. Las fuerzas de mis piernas comenzaron a desvanecerse hasta rápidamente desaparecer. Los 20 kilos de la mochila se transformaron en la misma cantidad de toneladas, como si en vez de transportar material de travesía ultraligero transportara enormes rocas de cantera. En esta condiciones la subida más amable se convierte en un muro infranqueable. La experiencia es un grado y la mía me aconsejaba buscar un lugar sombreado a la vera de un pequeño pero coqueto río que corría vigoroso unos metros más bajo para comer, descansar y reponer fuerzas. Y así lo hice.

Después de darle a mi cuerpo todo el alimento que mi apetito reclamaba, busqué la posición idónea bajo la sombra de un antiguo abeto, cayendo sin remedio en un profundo sueño. La campechaña siesta duró no menos de una hora, pero me llevó a los límites de la inconsciencia total. Tanto es así que al abrir los ojos contemplé el hermoso paisaje de montaña que me rodeaba como si me hubieran dejado caer allí por sorpresa. La luz intensa del sol en su zenit iluminaba las altas copas de los abetos, mientras la fresca agua del río seguía su curso regalándome ese sonido que tanta paz y serenidad transmite a mi ser. Mi esqueleto y musculatura rogaban un instante más de descanso y mi alma exigía disfrutar un rato más de ese bello escenario. Algunas personas me preguntan porqué cargo a la espalda una pesada mochila y camino días enteros salvando importantes desniveles, sabiendo de antemano que no serán pocos los momentos de sufrimiento durante el recorrido. Mi respuesta es tan simple como dibujar este momento de descanso bajo la sombra de un abeto a orillas de un pequeño y travieso riachuelo. O ese otro momento de respiro en un dura ascensión mientras observo el espectacular perfil de las montañas más altas de los Pirineos. O ese otro cuando cruzo mis pasos con una manada de animales libres, ya sean cabras montesas, nutrias, águilas, vacas o caballos. Cada día en la montaña me ofrece un ramillete de oportunidades de ser feliz, de disfrutar de la vida al aire libre, como un ser más en el mismísimo centro del misticismo que brota de una naturaleza no sometida a las leyes de la civilización. Afortunada o desafortunadamente nunca he creído en dioses ni he profesado religión alguna. No obstante, siempre he sentido una dimensión transcendente de mi ser que busca la comunión con algo superior. Y para mi ese algo superior, el principio y el fin, el motor último de la vida, es la naturaleza. Transitar valles, subir y bajar colinas, superar las empinadas vertientes y crestas de las altas montañas, descansar a las sombra de un árbol a orillas de un tranquilo río rodeado de animales en libertad, es como comunicarse con ese ser superior que me permite comulgar, aunque sea fugazme nte, con su infinita sabiduría, su equilibrio y su fuerza.

Tan absorto estaba en mis pensamientos mientras decidía ponerme en marcha o regalarme 5 minutos más de esa maravilla de momento de compenetración con la naturaleza, que, de pronto, me dí cuenta de que había cruzado el prudente límite montañero que marca la cercanía del atardecer. El cambio de tercio se hacia inevitable y sin más remedio sonaron las trompetas para indicarme que debía ajustar de nuevo la mochila a mi espalda y reemprender sin mayores dilaciones el ascenso que ese agotamiento fulminante unas horas atrás había interrumpido. Seguí remontando el río siguiendo el camino que marcaba una fuerte pendiente, intentando marcar un ritmo que me garantizara llegar antes de la noche al refugio de Baiau. A pesar de que ya me encontraba a más de 2000 metros de altitud sobre el nivel del mar y que el fuerte sol pesaba como un demonio marmóleo, logré, con algún problema que otro, mantener una buena cadencia de paso mientras ascendía por un agreste paisaje. Pero la dicha no duro mucho, y, de nuevo, sin previo aviso, el agotamiento inundó mi ser. Hay días en la montaña cuando las fuerzas no acompañan a la voluntad, transitan caminos opuestos, y parecía que ese día iba a ser uno de ellos. De nuevo descargando la mochila al abrigo de una sombra, consulté el mapa y sin necesidad de mucho reflexionar sobre tiempos y distancias, llegué a la conclusión que aquel día no iba a conseguir llegar al soñado refugio de Baiau. Las alternativas eran dos. La primera era acampar en una pequeña llanura por donde corría un escuálido pero suficiente riachuelo que garantizaba el necesario suministro de agua. Pero se encontraba a 2300 metros de altitud, circunstancia que aconsejaba repensar la opción con el debido respeto. A esa altitud, en la montaña, en cualquier momento puede cambiar el tiempo y formarse una furiosa y temible tempestad, y la posibilidad, por muy remota que fuera, me encontraría solo y con la débil protección de una tienda de campaña superligera, sí, pero también resistente como el papel de fumar. Sin cobertura en el teléfono y a gran distancia de cualquier lugar habitado, la bucólica pero arriesgada posibilidad de acampar como la noche anterior no me hacía mucha gracia. Así que sin dudarlo demasiado tomé la segunda opción, llegar al refugio guardado de Comapedrosa, que se encontraba a unos 200 metros de desnivel montaña arriba.

Era una distancia salvable y, no sin esfuerzo y necesitando algunas paradas para recuperar el aliento, superé las últimas rampas que me separaban de mi hospedaje, al que llegué apuntándose en el horizonte la luz del atardecer.

Los refugios de montaña son lugares donde el tiempo pasa de manera silenciosa, transcurre casi de puntillas, sin hacerse notar. Los relojes pierden allí su sentido, dividir el tiempo en unidades horarias es en ese escenario una cuestión banal. La auténtica referencia temporal es la posición del sol. En cambio, resulta un espacio trufado de normas y organización. Nada de botas dentro del espartano edificio, ningún objeto puede estar fuera de la taquilla asignada, a las 7 en punto se sirve la cena de menú único y sin discusión, a las 9.30 se cierran las luces y el desayuno se sirve entre 7 y 8 de la mañana. De entrada y ante la mirada primeriza, un refugio de alta montaña podría parecer un cuartel militar en miniatura. Los servicios son básicos, como no puede ser de otra manera en una construcción humana a distancias siderales de cualquier núcleo urbano. El trato que dispensan las personas que guardan diariamente el edificio suele ser amable aunque está envuelto en un velo marcial, algo comprensible para gente que que vive temporadas enteras colgadas de las montañas, sin acercarse apenas a la civilización. En ellos y ellas he comprendido que reside el austero pero generoso espiritu montañero. La organización de tanta gente en un espacio tan reducido y básico necesita regirse por esas estrictas normas y los espíritus montañeros bregados en la alta montaña las acatan como propias, sin discusión y con el rigor que se merecen. Un refugio de montaña es lo que es, ni más ni menos, un espacio habitable disponible para que las almas que transitan caminos desolados puedan refugiarse durante la noche. No es una pensión o un hotel.

Una vez recuperado el aliento en la entrada del refugio de Comapedrosa, después de haber liberado mis doloridos pies de sus opresoras botas y de haberme calzado unas obligatorias botas de agua de caña baja para moverse dentro del espacio y mantenerlo así libre de las suciedades y barros que vamos arrastrado en la ruta diaria, entré en el edificio construido en pizarra y madera. La paz y la tranquilidad que transmiten los refugios a la luz de un temprano atardecer, antes de que los montañeros bajen de las cumbres alcanzadas durante la jornada, es indescriptible. El silencio que envuelve el diáfano espacio raya la perfección y la luz del atardecer penetra por los estrechos ventanales inundando el espacio con una suave claridad, casi audible. Apoyado en el mostrador observaba la silueta de dos mujeres que parecían levitar al fondo de la estancia, concentradas de una manera casi vaporosa. Se trataba de las dos guardas del edificio, aunque por un momento sospeché que se trataba de espíritus de las montañas. La más joven pintaba con acuarela un blanco lienzo que descansaba suavemente en una mesa de robusta madera. La mayor, de hermoso y largo pelo cano, navegaba absorta en lo que a mis ojos aparentaban ser la mágica reverberación de sus pensamientos. Ambas parecían ignorar mi presencia aunque algo que flotaba en el aire me hacía sentir acogido, y por nada del mundo pretendía yo romper ese mágico momento con lo que entonces se me antojaba una agresiva movilización de mis cuerdas vocales. Finalmente, la más joven, sin perder un ápice de la paz que reflejaba su rostro, decidió prestar algo de atención a esa silenciosa presencia al otro lado del mostrador en la que me había convertido. Me sonrió y continuó pacientemente el trazado de su dibujo hasta que la musa que parecía acompañar los delicados movimientos de su mano le susurró al oído que el momento de recuperar la esencia humana había llegado.

Así transcurre el tiempo en un refugio, es tiempo sin tiempo, sin metas ni objetivos, sin prisas ni agobios. Más que el paso del tiempo, en un refugio lo que se siente es su suave caricia.

Una vez la joven pintora de luz y silencios me hubo acompañado a la habitación colectiva que esa noche compartiría con un grupo de 8 caminantes más, y una vez hube colocado mis escuetas pertenencias en la vetusta estantería de madera que servía de armario, coloqué mi saco de dormir en uno de los dos espacios que quedaban libres en la cama colectiva de dos niveles. Me aseé someramente para aligerar el cansancio del día y para evitar también a mi nocturna compañía más olores corporales que los justos y necesarios, y salí del refugio a estirar las piernas. Caía la tarde y aquel escenario que solo media hora antes, con la mochila a la espalda, se me antojaba inhumano, aparecía ahora como un hermoso lugar al calor de la transparente luz del atardecer, esa luz que torna un paisaje real en un escenario casi mágico, que transita el sendero que separa el mundo de la luz y de las sombras, de lo real y de lo irreal. Estirando todo mi cuerpo en el frió y rocoso suelo, observaba el circo de montañas que formaban la frontera natural entre Andorra y Catalunya, con altas cimas entrelazadas unas con otras y gobernadas por el pico de Comapedrosa, con sus casi 2900 metros sobre el nivel del mar. Desde su cumbre, la más alta del pirineo andorrano, lanzándome a un vertiginoso descenso visual, mi mirada descansaba de inmediato en una pequeña planicie que nacía en las faldas de los imponentes picos. Un pequeño río nacido de sus entrañas rocosas caía amablemente mientras pasaba con su leve y cristalino crepitar acariciando una pequeña y básica construcción de piedra, que sirve de albergue para los pastores transhumantes durante las frías noches pirenaicas. Solo unos metros más adelante, cuando parecía que el río podía desaparecer en su propio fluir, su pulso se aceleró al ritmo de una incipiente brecha en la marmórea roca que convierte su esponjosa horizontalidad en una ferviente vertical, que se precipita unos metros más abajo y que transforma ese pacifico río en una potente cascada de agua. A pesar del vertiginoso descenso del río entre las dos ciclópeas paredes que formaban el estrecho y sombrío cauce allí donde la cascada volvía a transformarse en río, esta vez vigoroso e implacable, todavía podía otear en las profundidades de un lejano bosque las tenues luces de la humanidad más cercana.

Contemplando ese sobrehumano escenario transcurrieron los últimos instantes de la tarde, hasta que puntualmente fuimos convocados a la cena, que consistía en una calentita y apetecible sopa de verduras, un nutritivo segundo plato compuesto por una butifarra, una montaña de arroz y una generosa laguna de sanfaina (pisto) aderezadas como postre de ciruelas confitadas. El azar me llevó a sentarme enfrente de una mujer que más o menos, como yo, debía rondar los 40 años. La conversación no tardó en brotar. Resultó ser alemana y que, sorprendentemente, hablaba un estupendo catalán, idioma que había aprendido durante transitando caminos del pirineo. Al calor de una cordial conversación en catalán, regada con una copa de vino que para las altitudes en las que nos encontrábamos no resultaba tan peleón como cabría esperar, pasamos el rato hablando de las cumbres, los valles y las crestas que más nos habían impresionado en nuestro caminar montañero. De esta manera descubrimos que en ese espartano refugio cruzábamos nuestros pasos ya que caminábamos la misma senda pero en sentidos opuestos. Así pasaron los últimos instantes de ese día, que había comenzado temprano más de mil metros de desnivel abajo. Hasta que las dos hadas guardianas del refugio, tocadas las 9.30, sacaron su incontestable varita mágica y nos invitaron a la rústica y comunitaria cama. En breve se apagarían las luces, así que después de lavarnos los dientes, nos deseamos buenas noches y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones, solo unos momentos antes de que la oscuridad y el silencio comenzaran su breve pero inevitable reinado.

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El despertar del nuevo día resultó sorprendentemente enérgico, me sentía vital y vigoroso, fuerte, con muchas ganas de emprender la ruta pirenaica. Ni rastro de la fatiga acumulada la jornada anterior. Después de preparar mi mochila y de devorar el desayuno que las guardas de las montañas nos habían preparado, aspiré una gran bocanada del puro y fresco aire del alba y emprendí la marcha.

Aquella subida al Coll de Baiau, que el día anterior me pareció el mismísimo Everest, bajo la luz de esa mañana llena de fuerzas tenía la apariencia de una intensa y bella ascensión despojada de cualquier tipo de complicación técnica y física. Tanto era el ardor que mis renovadas fuerzas imprimían a mi voluntad que, aproximadamente una hora después de iniciada la marcha, cuándo ya el refugio de Comapedrosa empezaba a ser poco más que un pequeño montículo de piedras en el horizonte, me di cuenta de que, allí donde el camino queda sepultado bajo las enormes rocas de antiguos desprendimientos geológicos, había perdido la blanca y roja marca que señala la ruta GR11 . Después de mirar con detenimiento el mapa y de preguntar a un caminante de las montañas, caí en la cuenta de que estaba subiendo por el camino que llevaba a la cima del pico de Comapedrosa. No sé que demonios pusieron las dos guardas del refugio en la butifarra, sólo sé que sin pensármelo dos veces y confiando en unas fuerzas que prometían ser inagotables, ajusté lo mejor posible la mochila y empecé con paso firme la ascensión al Comapedrosa. Realizando una Gran Ruta de varias etapas, cargando tanto peso como el que alojaba en mi mochila, no es recomendable realizar sobreesfuerzos que, potencialmente, puedan dejarte fuera de juego. El cuerpo tiene sus límites, y el mio, ya cuarentón, ni se  atreve a ponerlo en duda. Pero a veces la vida es caprichosa y tus decisiones no lo pueden ser menos, así que en poco más de una hora me encontraba en la cumbre del Pirineo andorrano, contemplando las espectaculares, magníficas panorámicas de la cordillera y su miríada de picos que se alzaban ante mi. Pocos momentos me sobrecogen tanto como, después de realizar un arduo esfuerzo para alcanzar una cumbre, observar desde el punto más alto, el mundo desde arriba. Me sobrecoge a la vez que inunda mi ser de una sensación cuasi mística y que por un breve instante me hace sentir parte de este mundo de una manera especial e irrepetible, una especie de epifanía hecha de naturaleza. Es una sensación parecida a la que personas que profesan una religión deben experimentar después de horas de oraciones e introspección. Sea como sea, aunque nunca en mi vida he tenido orientación religiosa alguna, en ese momento, mientras disfrutaba de una visión de 360º sobre el universo montañoso que se abría ante mi, me sentí cerca de Dios, cuando el único Dios posible para mi es la Naturaleza.

Apenado por tener que abandonar ese momento, recogí mi mochila y, después de pedirle a un compañero de botas y andanzas una foto que inmortalizara el momento, me lancé con las energías todavía intactas al descenso de la collada de Baiau, unos cientos de metros de desnivel más abajo, y que servía de paso natural entre Andorra y Catalunya. A partir de ese momento me esperaba un delicioso descenso hasta Àreu, pequeño pueblo y final de etapa, a lo largo del cual dormiría una reparadora siesta a orillas de un gélido lago, avistaría manadas de cabras salvajes en preciosas planicies, hermosamente surcadas por pequeños ríos donde abrevaban caballos y vacas en una paz y armonía difíciles de describir pero muy fáciles de sentir y de disfrutar.

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El resto de las jornadas transcurrieron entre nuevas ascensiones y sus inseparables descensos, a la orilla de otros ríos y valle. Nuevos bosques y collados dibujaban otros paisajes moteados por pequeñas aldeas, casi siempre deshabitadas, por pequeños pueblos adornados con pequeñas iglesias románicas, como Tavascan O Estaón. Nuevos descansos a la sombra de pinos y abetos contemplando las majestuosas panorámicas de esos magníficos días en los Pirineos. Y como no, también nuevos sufrimientos y fatigas, otros dolores de musculares y de articulaciones. No en vano, la pendiente positiva acomulada durante todas las jornadas de camino superaban los 8.000 metros, igual que la pendiente negativa. Sin tener en cuenta la infinidad de factores que estas cifras no recogen, como el frío, la nieve, las dificultades técnicas, las paredes de hielo, la falta de oxígeno, en menos de unas semana subí y bajé el Everest.

Hoy sentado en la tupida hierva de mi último lugar de acampada, en la Guingueta d’Áneu, viendo el sol caer detrás de la última montaña superada en el camino, siento que estos esfuerzos y fatigas son un precio muy pequeño que pagar por unos días inolvidables en el corazón de las montañas.

Verano de 2014.

 

NAMASTÉ QUERIDO MAHESH

Querido Mahesh, (o Carlos, como me pediste que te llamara cuando nos conocimos viajando en el techo de ese autobús),

Han pasado ya semanas desde que las primeras noticias sobre la incertidumbre de tu paradero empezaron a inquietarme. Inquietud que con el paso de los días se transformó en preocupación, y poco después en alarma. Cada día crecía la certeza de que dejabas tus huellas en una nueva ruta por el Langtang el día que Nepal tembló desde sus entrañas.  Y cada día, sin falta, he entrado en ese Facebook donde nos solíamos encontrar de vez en cuando, empujado por la esperanza de encontrar una sencilla señal de vida, con la ilusión de que leyeras todas las cosas bonitas que la gente ha escrito sobre ti, las palabras que te han dedicado de todo corazón. Hoy todo lo que siento es una profunda tristeza. Ni siquiera la puedo endulzar jugando con la idea de saberte descansando en paz en aquellas montañas que tanto querías, la realidad es mucho más cruda y cruel, en absoluto merecías que tu amor por ellas fuera correspondido con algo tan horrible. Últimamente me invaden recuerdos de aquellos días en la senda del Langtang, hoy recuerdos tremendamente agridulces. Recuerdo las primeras bromas que me hiciste en lo alto de ese autobús que a cada curva se asomaba a un profundo precipicio, bromas que lograban sacarme una sonrisa en plena crisis de pánico. Tu mirada era profunda y transparente y sé que enseguida sentiste en mí aquella careta impostada de caminante novato que pretende esconder miedos y incertidumbres tras una máscara de seguridad aventurera. Y no tardaste ni dos segundos en regalarme tu atención y tu luz. Y ya no la dejé de sentir hasta el día de hoy. Recuerdo como me explicabas la historia de esos senderos montañosos, recuerdo con qué infinita humanidad te acercabas a la gente de los poblados y te interesabas por aquello que necesitaban, por si en tu siguiente visita les podías traer aquello que les faltaba. Te recuerdo de pie con esa luminosa sonrisa, al final de los intensos días de caminata, sosteniendo un palo con un bolsita de sal atada a su extremo superior ofreciéndome tu ‘magia nepalí’ para sacarnos las sanguijuelas que nos habían cazado durante el camino. Esa imagen nunca la olvidaré. Eras tú haciendo tu magia. Tampoco olvidaré cómo me cuidaste los días que pasé en Katmandú con el peroné roto fruto de ese maldito resbalón en la última etapa de la caminata, cómo me acompañaste en cada momento en el hospital, cómo me ayudaste a encontrar aquella clínica que me pudiera hacer las radiografías necesarias, y como me acompañaste hasta el mismísimo aeropuerto cuando mi única opción fue regresar a casa. Semanas después llegaron mi hermano y mi amigo Manel a Nepal para caminar contigo esos imponentes senderos del Himalaya y a su regreso, cuando me hablaban de ti, entendí que habían visto todo aquello que yo vi, habían sentido tu magia. Que bueno fue tenerte unos días por Barcelona y compartir mi ciudad y sus rincones contigo. Esa fue la última vez que te vi, hace ya más de cuatro años. Desde entonces he ido sabiendo de tu vida a destellos. Sé que encontraste aquella compañera que tanto ansiabas encontrar y sé que tuviste un hijo. Y también me explicaste que cada día te iba mejor en ese intento de ganarte la vida practicando tu pasión, caminar por esas montañas del Himalaya que son tu verdadera casa. Sin duda merecías que la vida y la suerte te sonrieran de vuelta. Cada vez que nos encontrábamos en el ciberespacio, me embargaba una sensación de urgencia por encontrar ese hueco en la dichosa agenda que me permitiera volar a Nepal y compartir contigo pasión esa por las montañas y tu inagotable magia. A pesar del tiempo y la distancia, aquella luz que vi en ti y que me alumbró aquellos días en el Langtang no perdió ni un gramo de intensidad. Hoy lo sé, hoy soy más consciente que nunca de la gran suerte que tuve al conocerte, al compartir contigo aunque solo fuera un instante en 40 años de vida, hoy sé que ese encuentro tuvo un valor de vida inmenso. Y hoy también sé que tu luz ha alumbrado multitud de vidas que tuvieron la suerte de conocerte y disfrutarte. Sin duda tu humildad, tu simpatía, tu humanidad y tu cercanía han acariciado centenares de almas, que hoy se sienten el sabor agridulce del placer de haberte conocido y el dolor de la despedida sin retorno.

Namaste querido Mahesh, ni la más profunda de las oscuridades podrá apagar tu luz.

Un eterno abrazo.

Sergio.

BREVES PASEOS POR EL CAIRO

Poco a poco voy dejando atrás la ciudad a la que llegué hace tan solo un par de días. El Cairo.

Llevo hora y media de trayecto en un desvencijado autobús que, desafortunadamente, no provee de un asiento con respaldo estable y en el cual, desde que se inició el inquietante traqueteo de la vieja máquina no ha dejado de sonar un almuédano entonando sin pausa salmos coránicos.

No quiero engañarme. Si bien durante la primera hora, la dulce y aflamencada voz del almuédano me ha regalado un pedacito de belleza, en el sentido más místico del término, ahora mismo estoy deseando que Lucifer le regale una afonía coránica. Bien podría haberme subido a un moderno autobús de lujo y viajar cómodamente apoyado mi espalda en un respaldo que cumpliera decentemente su función, acompañado de una música, digamos, más global. Pero no, como siempre y muy a mi placer, sigo decidiendo acomodar mis miradas viajeras lejos de la aséptica esfera turística, posándola en aquellos espacios incómodos, de un difícil descifrar y que generan siempre cierta inquietud, como la que sentí al subirme a ese destartalado autobús lleno hasta la bandera de musulmanes practicantes dispuestos a no dejar de jugar con sus collares de cuentas a lo largo de las más de 7 horas de trayecto. Horas durante las que el un único sonido posible dentro de ese desvencijado espacio sonoro sería el del cantarín almuédano trasladando sin cesar los salmos que relatan las peripecias y sapiencias de Mahoma, o cualquiera de sus apóstoles. Sentado en mi sillón con respaldo roto, siendo el único occidental en todo el autobús, viendo como la ausencia de alguna persona sentada a mi lado estaba relacionada directamente con el sistema por el cual una mujer, si no era con su marido debía ir acompañada de otra mujer, me sentía completamente en mi salsa viajera, conectado completa y felizmente con esa sensación de desafío al miedo y a los perjuicios, a los estereotipos y a los abismos culturales, al viaje enlatado, al bocado de comida rápida en el que estamos convirtiendo en occidente el viejo arte de viajar. Viajar como descubrimiento, viajar como conocimiento, viajar como crecimiento personal, viajar para vivir.  Voyager pour connaitre ma geographie, como dijo algún inspirado francés.

Ya que me quedaba bastante trayecto por delante y la ventana me contaba la monótona historia de un ávido desierto que prometía continuar siéndolo hasta llegar al Sinaí, mi destino final, decidí abandonarme al relajante divertimento de echar la mirada atrás para encontrar, enseguida, las frescas imágenes de una megalópolis de la cual todavía sentía el enrarecido aliento en mi dolorida nuca. Una imagen borrosa, la silueta de una enorme ciudad de 20 millones de habitantes sumergida en una apocalíptica nube de contaminación. Desafortunadamente, dos días fueron insuficientes como para enfocar aunque tan solo fuera una instantánea aproximada de esta mastodóntica urbe. Como no pude lograr una composición de conjunto, tuve que conformarme con elaborar un collage de elementos dispersos y desconectados.

Por un lado, El Cairo me ha parecido un tremendo caos de suciedad y contaminación, de tráfico avasallador y agresivo, de estruendosa música cuando no puro y crudo ruido a infinitos decibelios, de movimiento incesante a cualquier hora y en cualquier dirección, de una inmensa masa humana que circula incansablemente por las grises y polvorientas arterias de una geografía urbana cubierta por un grueso manto de oscuro cieno. No se trata de una ciudad bonita, al menos a tenor de lo que transmite su carcasa. Asomarse al Nilo buscando un resquicio de luz, de claridad, de colorido, sería una romántica decisión si no fuera porque este río milenario, por el que han navegado faraones egipcios, conquistadores griegos, emperadores bizantinos, pachas árabes y algún que otro ortodoxo papa copto, sin olvidar las más modernas y actuales hordas de turistas, se ha teñido del mismo color gris pálido de una ciudad a la que su gruesa capa de contaminación rara vez deja ver el cielo azul. El Cairo de hoy es una ciudad de piel sucia, pálida y reseca, que difícilmente facilitará el enamoramiento a primera vista. Enamoramiento que estoy seguro es más que posible en la ciudad madre del Mundo, como la conocen en el mundo árabe. Si bien El Cairo no está actualmente en disposición de rivalizar en belleza con Estambul, si que la puede igualar e incluso superar en aspectos políticos y culturales. El Cairo es un punto de referencia crucial en el inmenso océano de la cultura árabe. Y algunos destellos de esta estrella polar cultural tuve la gran fortuna de disfrutar.

Una de sus gemas es el Museo de Antropología. Sobre todo debido a las fenomenales piezas de la antigua civilización egipcia que alberga, destacando el precioso sarcófago de Tutankamon. Pero también por el edificio en si. Es un museo que huele a museo. Fue construido a principios del siglo pasado y así se conserva. Más que un museo parece una inmensa tienda de antigüedades regentada por un anciano y desordenado anticuario que más que dedicarse a vender piezas clásicas vive inmerso en un mundo propio e intransferible del que solo emerge cuando alguien llama su atención para recordarle que su enfermiza pasión por esas piedras necesita sobrevivir a base de mundanos y desapasionados intercambios comerciales. Algunas de las piezas están expuestas al aire libre, sin protección alguna, salvo la buena educación de la gente, algo que ofrece la posibilidad de la proximidad física con el objeto histórico, experiencia que en los museos modernos que he visitado es completamente imposible debido a las asépticas y protectoras planchas de metacrilato. La mayoría de las piezas descansan el peso de los años en enormes armarios de época, envejecidas muchas, algunas incluso con claros síntomas de carcoma, decoradas con frondosas telas de araña y revestidas por un fino velo de polvo. Los colores, las texturas, los aromas, transportan a esa época cuando aristócratas aventureros sedientos de tumbas, pirámides y tesoros escondidos paseaban su olfato de aficionados arqueólogos entre el cieno del Nilo. Creo que si me hubiera cruzado en algún pasillo con el mismísimo Doctor Livingston no me hubiera sorprendido lo más mínimo. En definitiva, en este museo se respira el espíritu de una época que se desvanecerá definitivamente cuando finalmente se inaugure el nuevo y moderno museo de arqueología, ubicado esta vez al abrigo de la alargada sombra de las pirámides de Giza.

Otra perla que pude descubrir entre el pantanal de suciedad de las calles del Cairo, fueron esas pequeñas costumbres, tradiciones que se encuentran en cualquier esquina o callejón de la ciudad. Hombres sentados en sencillas mesas fumando espectaculares pipas de agua, conocidas como narguiles, jugando a cualquiera de las variaciones del omnipresente Backgamon, el universal entretenimiento del mundo árabe, o simplemente charlando a la fresca o dejando descansar su mirada en un enigmático infinito con sabor a té. Y de vez en cuando alguna improvisada fiesta en no importa que rincón de la ciudad ocurría y resultaba hermoso ver a la gente bailar mientras sonrían alegres. Y todo eso sucede a escasos centímetros de ese tráfico infernal, de ese ruido ensordecedor, de esa gran mancha de grasa que son las calles cairotas. Era ese Cairo que vive a ritmo pausado, a golpe de meditado movimiento de ficha, de larga, profunda y placentera inhalación de humo aromatizado, de miradas sin prisas, de tiempo latente, de ausencia de urgencia, el que buscaba mi mirada viajera, el que anhelaba descubrir mi sed de descubrimiento. La permanente e incesante locura a la que me exponía el ritmo demencial de esta ciudad me saturaba, me paralizaba y me bloqueaba. En esos momentos de perdida, de desasosiego, es cuando arrecia y embiste más fuerte la duda viajera en forma de cuestionamiento “¿Qué hago yo aquí?”. Es cuando, de una manera casi mística, deseas que llegue alguien en tu ayuda, que alguna persona te coja de la mano y te proponga acompañarte para encontrar eso que buscas y que tus pocas horas en una nueva ciudad, en una nueva realidad, no te permiten tan siquiera intuir. Y esa persona llegó en el momento deseado, no en forma humana, más bien en forma de libro y de alma literaria. Hoy puedo decir que en El Cairo tuve la gran fortuna de conocer a Naguib Mahfuz.

Este extraordinario escritor se convirtió en el primer Premio Nobel de Literatura del mundo árabe, hoy hace ya unas cuantas décadas. Más allá de premios y reconocimientos, para mi simple y llanamente es uno de los mejores escritores que he descubierto en los últimos tiempos. O al menos, ya que no creo poseer criterio suficiente para graduar la calidad literaria de un escritor y de sus obras, puedo afirmar sencillamente que me encandila su manera de hacer literatura. Junto con el turco Orham Pamuk y al japones Haruki Murakami, Mahfuz es el escritor que con más intensidad y profundidad me ha transportado a su universo personal, mundos tan reales como imaginarios, a su cultura y a sus costumbres, a sus calles, a sus barrios, a sus personajes y personas, a sus olores y sonidos, a sus contradicciones, a las alegrías y sinsabores de la vida en sus queridas tierras. Los tres son excelentes cronistas que dibujan en un precioso lienzo el espíritu de una época en un lugar determinado. De Estambul y Turquía Pamuk, de Japón y Tokio Murakami, de El Cairo y Egipto, Mahfuz.

Y fue el libro de este último, El Callejón de los Milagros, el que me ofreció su diligente mano durante mis días cairotas para guiarme por ese gran laberinto de incógnitas que estaba significando para mi la dura y magna ciudad de El Cairo. Con ese ritmo pausado, tan típico de la vida en el mundo árabe, me acompañaba por esas calles y callejones de principios de siglo, cuando Egipto se encontraba bajo la influencia británica pero no rendía ni un ápice de su cultura y de su dignidad al invasor inglés. Una vez en sus calles hechas de palabras, Mahfuz me presentó a sus habitantes, a los personajes y sus misterios, escondidos en los rincones de una ciudad que solo la gente local conoce, y solo la que cultiva la sensibilidad necesaria puede hacer apreciar. Mahfuz me llevó de la mano, pacientemente, con una sensibilidad exquisita a ese Callejón de los Milagros, que tal vez existió o tal vez no, que más da, y me presentó a las personas y personajes que le insuflaban cada día una tan alegre como trágica vida. Como esos dos amigos de la infancia enfrentados en su forma de ver la vida, uno atado a la tradición y a su callejón, a sus rituales diarios y a sus vecinos, y el otro deseoso de salir corriendo, de alistarse en el ejercito británico y con la paga ganada dejarse caer en los ambientes más cosmopolitas de la ciudad y embriagar su espíritu rebelde y aventurero con los aromas llegados de occidente. Igual que esa chica que casi nunca salía al callejón, reclusa voluntariamente en su habitación y que acodando su mirada en la ventana esperaba que llegara ese príncipe azul, rico, apuesto, y ya puestos a pedir, amante del lujo, que la sacara para siempre de ese apestoso callejón, al que, curiosamente, uno de sus ciudadanos más ilustres, un sabio anciano respetado por todos y todas no abandonaría si no era con los pies por delante, como se encargaba de recordar a sus amigos del callejón mientras ese tendero malhumorado, dueño del único cafetín en la empinada calle, casado con una mujer gritona y algo cruel, trabajaba sin descanso sirviendo tes a los vecinos hasta la hora que fuera necesaria, solo para no poner un pie en su casa y evitar así las animales envestidas de su compañera de vida. Y como olvidar a ese huraño ser que tan solo se dejaba entrever tras las sombras de las oscuras noches sin luna y que atendía las avergonzadas solicitudes de sus convecinos abriendo tumbas en lejanos cementerios para obtener oro de las dentaduras de los ricos muertos que servirían para hacer nuevas dentaduras para los vivos pobres. A todos estos personajes, esos olores y esos sonidos, esa atmósfera de un Cairo dibujado por la pluma del hijo pródigo, eran los que yo buscaba por los rincones de la ciudad, por sus calles infectadas de suciedad y vida. En algún momento me pareció entrever la vida de ese lejano callejón en la sonrisa socarrona de un tendero sirviendo té, en la mirada de una joven acodada en la ventana oteando el infinito, o a esos dos amigos que discutían con recargada gesticulación árabe, quien sabe si los pros y contras de seguir las tradiciones o dejarse empapar por las nuevas olas culturales llegadas de lejanas latitudes. Una vez leído el último capitulo del día, en el hotel o en cualquier café, salir a la calle en busca de esos espectros literarios de una ciudad de principios del siglo pasado tenia algo de esquizofrénico, de inquietante, lo reconozco. ¿Pero no lo es también ir a museos o sitios arqueológicos para intentar atisbar en el tiempo una realidad que hace no solo décadas, sino siglos, dejó de existir?

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Como es mi costumbre viajera, siempre que llego a un lugar pregunto donde come la gente local, mi olfato viajero me dice que allí donde se alimenta la ciudadanía del día a día encontraré dos ventajas de incalculable valor. La primera, evitar a esos viajeros que, por ridículos miedos a dejarse caer en espacios tan autóctonos, buscan cobijo bajo las faldas de otros viajeros, piden refugio en ese tan falso como pretendido espacio común del viaje seguro, pero que tan solo pretenden crear estúpidas alianzas entre extranjeros en un territorio que sienten, desde un primer momento, como  hostil. Creo que bajo la aparente ingenuidad de la pregunta ¿viajamos juntos? se esconde un intento de secuestro de la aventura del viajar. Cada vez que me encuentro a uno de estos personajes huyo como de la peste. Mis alarmas se disparan cuando empiezan a entonar esos estúpidos lamentos sobre como las personas del lugar les cobran más en los bares, en los taxis o en los hoteles, para acto seguido iniciar esa idiota comparativa entre lo bien que funcionan las cosas en su país y lo mal que lo hacen por aquellas tierras donde viajan. Creo que, a pesar de las ganas de viajar, algunas veces la decisión más sabia es quedarse en casa. Y segunda ventaja, y no menos importante, es conocer de primera mano la realidad del país de boca de las gentes que las habitan, por muy subjetiva que ésta sea. Y esa feliz coincidencia es la que, cual tesoro para pirata, encontré en un restaurante dos esquinas al sur de mi hotel. Se trataba de un restaurante musulmán, de esos donde no se sirve alcohol y no hay más menú que aquel que respeta escrupulosamente las normas de alimentación coránicas. El funcionamiento es tan sencillo como llegar, sentarte en cualquier lugar libre en largas mesas corridas, pedir el tamaño de plato que deseas, decidir tu bebida no alcohólica favorita y esperar pacientemente a que un solicito camarero sirva tu ágape. Rodeado de cairotas comiendo con esa paciencia que en el mundo árabe se eleva a categoría de arte, dejé vagar mi mirada por un espacio decorado hasta el último rincón con esos estridentes cuadros de motivos islámicos iluminados por infinidad de pequeñas e intermitentes luces de colores fosforescentes y que dan ese toque kitch a la mayoría de establecimientos de la ciudad. En pleno viaje visual, perdido entre brillantes cerámicas y cotidianos rituales de servicio, una voz llamó mi atención. El hombre que comía justo delante mio me preguntaba de donde era. En ese mismo momento salí de mi ensimismamiento observador y, como si hubiera sido fulminado por un imprevisto rayo en una tormenta inexistente, alcancé a comprender que era el único forastero en aquel restaurante. Y por supuesto, la pregunta de mi compañero de mesa no dejaba de subrayar ese hecho. Le expliqué que venia de Barcelona y que estaba viajando unos días por un Egipto.

– ‘Hoy por hoy no se ven muchos forasteros viajando por este país, la situación política asusta y la economía se está resintiendo. Más gente como usted tendría que venir y comprobar que los problemas, en Egipto, los traen los políticos y los militares y no la gente de la calle’.

Para que engañar a nadie, ese explicito reconocimiento a la pretendida valentía de mi audacia viajera al aventurarme en una tierra donde la mayoría de embajadas recomendaban no viajar, llenó de vanidoso orgullo viajero mi inquieta alma de conocedor de otras culturas, colmándolo de regocijo y, por que no decirlo, de cierta petulancia.

Entre cucharada y cucharada del pasable potaje hecho a base de garbanzos, una tostada pasta fina tipo cabello de ángel y otra más blanda tipo macarrón, íbamos hablando de todo un poco. De cómo mi torcida nariz me hacía parecer egipcio, de sus viajes como comerciante a París y Londres y de sus ganas de visitar de Barcelona, de las muchísimas similitudes y algunas diferencias entre el Mediterráneo europeo y el africano, y, como no, de la situación política en la que se encontraba su país. Me resulta curioso comprobar que, cuanto más viajo, más confirmo esa norma por la cual, el politizado conocimiento de una realidad conflictiva que aprehendes a través de los medios de comunicación antes de viajar, contrasta claramente con la opinión de la gente que, una vez aterrizado en el lugar, simple y llanamente aseguran estar hartos y hartas de que esa politización les amargue la vida. Así lo viví cuando llegué a Bosnia de voz de la mayoría de la ciudadanía de una tierra en posguerra, que arrastraba su desilusión en cada opinión sobre la clase política gobernante, después de ver como esta, tras las proclamas nacionales de una vida mejor, se olvidaban de la población para construir el país que sólo a una pequeña parte de la sociedad interesaba construir. O en Ecuador, donde conocí a colombianos y colombianas que debieron huir de su país debido a la persecución a la que eran sometidos tanto por las fuerzas paramilitares como por la guerrilla al intentar crear esas mesas de paz que llevaran al país a un fin definitivo del conflicto que ahoga a la mayor parte de la población. Y esta fue precisamente la opinión de mi improvisado amigo cairota. En Egipto la población es la que sufre los desmanes y autoritarismo tanto del movimiento de los Hermanos Musulmanes como del Ejercito que hoy gobierna el país. Mientras me explicaba con todo lujo de detalles el desasosiego de una sociedad que se sentía maltratada por su clase política y por los militares, yo lanzaba rápidas miradas a las noticias que aparecían en una enorme televisión de pantalla plana que tenia justo enfrente de mi, donde una presentadora de preciosos rasgos árabes y sensuales ojos color azabache, relataba las noticias de aquel día que, como no podía ser de otra manera, traían a la primera plana imágenes de manifestaciones, detenciones, agresiones y muertes que tanto en El Cairo como en otras ciudades del país se habían producido esa misma mañana. Con el oído puesto en las explicaciones de mi compañero de mesa y con el rabillo del ojo atendiendo a la televisión, no podía dejar de sentir ese emocionante cosquilleo en mi alma viajera que me susurraba, orgullosa, que tan solo hacia unas pocas horas estaba en mi casa de Barcelona viendo las noticias sobre Egipto y hoy estaba sentado en un restaurante popular de la ciudad del Cairo charlando con un cairota sobre esas mismas noticias. Si hay algún motivo que me impulse a viajar es precisamente poder disfrutar de estos momentos.

Una vez mi locuaz y agradable compañero de mesa se excusó para salir a atender sus negocios, despidiéndose a la vez que me deseaba una feliz estancia en su país, di buena cuenta de lo que quedaba de mi extraño potaje, pagué una cantidad irrisoria por el servicio y salí a la calle con el alma henchida de experiencia viajera, deseoso de conocer esa realidad que por muy conflictiva no dejaba de fascinarme.

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Como no podría ser de otra manera transitando estas tierras que se proyectan en un pasado remoto, también se encuentran joyas en forma de historia, y no hace falta remontarse a tiempos faraónicos para encontrarla. De hecho, el Cairo, como ciudad data del año 1000 dc. El barrio copto es un ejemplo de esta reciente historia, cuando reciente equipara siglos a días en una agenda. Fue el primer enclave copto ortodoxo de la historia y que curiosamente representó el germen cristiano que el devenir histórico, siempre caprichoso, convertiría en gran faro del mundo musulmán. Un barrio de preciosas iglesias bizantinas, de angostos conventos, lugar de culto para la minoría cristiana que hoy puebla esta ciudad. Lástima que mi llegada coincidió con uno de los muchos momentos de inestabilidad política de estas tierras, momentos que se encadenan uno tras otro hasta convertirse prácticamente en un continuo temporal al que solemos denominar conflicto en el mundo árabe. Y es que el barrio copto, junto con otros barrios de la ciudad, estaban tomados por el ejercito y la policía secreta que dejaban, con sus controles y sus cordones de seguridad, la contemplación viajera de las joyas de la ciudad en un segundo plano para dejar la seguridad, el conflicto y el riesgo en un asfixiante primer plano de la experiencia.

Estoy seguro que la ciudad depara infinitos pequeños tesoros, las profundidades de su identidad son su garante. Pero desafortunadamente no llegué en el mejor momento para disfrutarlos con la calma necesaria, ya que los recientes acontecimientos, como el golpe de estado militar que condenó al fracaso a uno de los primeros experimentos democráticos derivados de una de esas denominadas “primaveras árabes”, el encarcelamiento de su primer presidente nacido de las urnas o la declaración de la cofradía de los hermanos musulmanes como grupo terrorista, han provocado que la situación relativamente estable que se había conseguido tras las primeras elecciones democráticas de la historia del país, si la imposición de la sharia que pretendía Mursi y sus musulmanes hermanos puede considerarse base sólida para la edificación de un estado de derecho moderno, haya mutado a un frenético estado de volatilidad social de imprevisibles consecuencias. Las calles se encontraban inundadas de tanques y ametralladoras, de señores uniformados con negras gabardinas de cuero y oscuras gafas de sol, cuya cara de mala ostia subrayada por espesos bigotes daban tanto o más miedo que la de los hieráticos soldados. Las manifestaciones, los atentados y las decenas de personas muertas se han convertido en los últimos meses en una especie de macabra tradición, sobretodo los viernes, día de la oración musulmana y que se transforman después del sermón en encendidas consignas contra el ejercito y a favor de los hermanos musulmanes. Ayer, precisamente, fue viernes y la presencia de los controles militares, de los tanques y alambradas, se multiplicó enormemente, generando en mi estado de ánimo una inquietud que intenté racionalizar convenciéndome de que tan solo se trataba de mi falta de costumbre ante una situación así. Desde mis días bosnios de la posguerra balcánica, cuando trabajaba en un campo de refugiados donde eran muy normales y habituales los controles militares y policiales, no había visto una situación semejante. Tampoco durante los años vividos en Centroamérica, donde desgraciadamente la violencia es el primer plato que hay que engullir cada día, tuve una sensación tan vívida de conflicto armado a punto de estallar. A pesar de mi voluntad de mantener bajo criterios razonables esa inquietud que jugueteaba peligrosamente con el gatillo de mis miedos, al llegar por la tarde al hostal, dos calles al norte de la plaza Tahir, conocí que habían ocurrido diversas manifestaciones, arrojando como saldo 11 muertos y 200 heridos. La auto-convicción de seguridad construida laboriosamente a lo largo del día se desvaneció en un segundo como la oscuridad se desvanece bajo un rayo de sol. Y las perspectivas de mejora no eran precisamente motivadoras ya que en tres días se realizaría un juicio sumarísimo donde con toda seguridad el derrocado presidente Mursi y otros cientos de hermanos musulmanes verían confirmadas, sin derecho a más apelación, sus sentencias de muerte. La situación prometía incendiar la ciudad a base de manifestaciones, tiros, muerte y violencia.

No me quedaba otro remedio que aceptar que la situación no era la ideal para pasear mis pensamientos y mi mirada viajera por unas calles en las que, sin previo aviso y en cualquier momento, se podía encender con una leve chispa esa confrontación latente en cada centímetro de la ciudad. Y esta situación no se limitaba a la ciudad del Cairo. Réplicas de esta dialéctica entre la calma tensa y la explosión violenta se manifestaba también en urbes como Alejandria o Suez e incluso en enclaves turísticos como Luxor, Giza o Asuán. Ninguna de las personas con las que compartí esa viajera necesidad de controlar los tiempos y logística derivada del perpetuo movimiento, pudo garantizarme que, más allá de las ya precarias condiciones de seguridad, pudiera salvar los ciertos obstáculos que iba a encontrar si decidía deslizarme hacia el sur siguiendo la silueta del Nilo en dirección a sus fuentes. Lugares arqueológicos cerrados como prevención de atentados terroristas dirigidos a turistas, abiertos solo, quizá, en el caso de viajes organizados acompañados de comboyes militares, me hacían temer que la sensación de incomodidad, de inseguridad y de falta de autonomía viajera, iban a deshabilitar por completo mi modo de viajar preferido, aquel que me permite moverme libremente y sin escoltas depositando mi mirada allá donde se me antoja, sea cual sea la importancia del lugar, sea cual sea el momento del día. Parecía como si la fluida corriente del Nilo que observaba desde uno de los muchos puentes cairotas prometiera mutar a un pétreo corsé de normas de seguridad río abajo.

Finalmente, después de consultarlo con la almohada, decidí poner rumbo al Sinaí, a un trozo de tierra no tan turístico como el sempiterno valle del Nilo pero con muchas intrigas que resolver, la Peninsula del Sinaí, otro auténtico jeroglífico que resolver y al parecer hoy menos volátil y más tranquilo que el resto del país, aunque esta instantánea no sea ni mucho menos la más habitual.

Después de casi 7 horas de trayecto, con la voz del dichoso almuédano grabada en mi alma para siempre con las lágrimas de desesperación que ansían la llegada del acto final de la tortura y llegue el momento de la liberación del dolor y la agonía, ya casi puedo oler el aroma del Mar Rojo y disfrutar de la desértica y esbelta figura del rocoso Monte Sinaí.

                                                                                                                                                                                                         del 1 al 4 de Enero de 2014

QUIZÁ PORQUE MI NIÑEZ SIGUE JUGANDO EN TU PLAYA (EUROPA EN LA DISTANCIA)

Durante los mágicos e intensos años en lo que me ausenté de su presencia, Europa pareció diluirse en un pozo de tiempos lejanos.

Los años vividos en América empequeñecieron el viejo continente en mi memoria. La magnitud y dimensiones de las tierras y culturas que encontré al aterrizar al otro lado del Atlántico dejaron en un fulgurante segundo plano mi vivencia de Europa. Nací, crecí, me eduqué, trabajé, me divertí, viajé por primera vez en su piel, que durante tanto tiempo fue también la mía, la única. Los primeros viajes a tierras lejanas empezaron a transformar esa piel única en una piel diversa, en una piel camaleónica donde ya no solo se dibujaban los símbolos propios de la cultura europea, y muy particularmente, de la Europa Mediterránea, sino que una nueva simbología tomaba relieve. La decisión de trasladarme a un nuevo continente hizo que el eje vertebrador de mi identidad cultural perdiera su centro para pasar a ser sólo una más de las diversas dimensiones culturales que me definen. Si la experiencia del viaje a menudo tiene la mágica capacidad de permitir el replanteamiento sobre quienes somos y quienes son los demás, trasladar residencia, vida, ser a tierras que no son las que te vieron nacer, hace que tu yo, aquel quien eres, cambie para siempre jamas, irremediablemente, como si de un viaje si retorno se tratara. Mientras avanzaba mi devenir en América, sentía como, poco a poco, esas referencias culturales que habían orientado mi comportamiento y me habían ayudado a entender el mundo de una determinada manera entraban en crisis. A medida que iba incorporando nuevas formas de entender el mundo, los perfiles antes bien definidos del viejo pensar europeo iban degradándose como si de una nube pasajera se tratara. Poco a poco, ese viejo, pequeño y descascarillado continente, cuna de ilustradas razones y oscuras luchas fraticidas, se alejaba en mi horizonte, se desvanecía con el paso del tiempo hasta casi no reconocerme en ese yo que durante su infancia, adolescencia y juventud habitó sus tierras.

No obstante, a pesar del embrujo que sobre todos mis sentidos ejercía el descubrimiento de la nueva tierra, nuevas gentes, nueva naturaleza e inevitablemente un nuevo yo, no eran pocas las veces que una extraña y repentina sensación de añoranza me despertaba del conjuro americano. Llegaba muchas veces en forma de inquietud, de sensación de hormigueo en el estomago, como si de un presentimiento se tratara. Poco a poco iba aumentando su columen y su potencia, a cada momento reclamaba más protagonismo en mi pensar.  No se trataba de esa frecuente nostalgia, ese periódico echar de menos, sobretodo de mi gente, familia y amigos, a los que dije ‘hasta luego, algún día regresaré … quizá …. quien sabe?‘. Apenas cosquilleos del alma, malestares leves de la vida del expatriado que podía solucionar con una llamada de teléfono o una sesión de videochat. Se trataba más de un reclamo visceral que agarraba mis entrañas apretándolas con la palma de una mano, que no era otra que la mía propia pero que pertenecía a un yo de tiempos pasados. Mi intuición me decía que era ese ser que nació a orillas del mediterráneo catalán, ese ser al que estaba dejando atrás, al que ya apenas prestaba atención, y que quería seguir siendo y estando, que me pedía que no lo olvidara. Mucho tiempo pasé intentando encontrar una palabra, una frase, cualquier expresión que ayudara a cobrar vida propia a ese sentimiento para así poder entenderlo. Todos los intentos fueron en vano.

Hasta que una noche de marzo, en el Palacio de Congresos de la ciudad de San Salvador, mientras es animalillo travieso mordisqueaba mi fibra sensible y mi mente buscaba los porqués, Joan Manel Serrat, uno de los pocos artistas que aun conserva ese buen hacer humano de dejarse caer por tierras que un día le regalaron su cariño, por poco rentables que estas sean y por poco que vistan sus escenarios, preparaba la respuesta definitiva entonandado los primeros acordes de la entrañable ‘Mediterráneo’ . Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa cantó, como seguía cantando desde que yo era solo un pequeñajo en la Barcelona de la transición y  jugaba en el salón de la casa familiar a conquistar nuevos territorios ayudado de un invencible ejercito de muñequitos, mientras mi madre acompañaba a Serrat haciendo de improvisado coro.  Como si de un mágico elixir se tratara, esa frase actuó como antídoto de mis inquietudes, fue la llave que abrió el baúl de sabiduría. Quizá porque mi niñez sigue jugando en sus playas, esas playas de colores y aromas mediterráneos, mi ser añoraba de una forma casi irracional esos tiempos y esos paisajes. Y quizá porque sumido en mi hechizo americano había abandonado en una fría habitación de olvido a ese niño que fui a orillas del mar de Ulises. Mi yo de ese tiempo reclamaba su merecida atención y cuidado.

Y fue a partir de ese momento que, despertando de vez en cuando del sueño americano, dedicaba tiempo a recordar, a volver a sentir aquellas emociones tan particulares y únicas. Comprendí que no solo se trataba de hablar regularmente con mis gentes, de seguir las noticias acaecidas allá en mi tierra, de reunirme de vez en cuando con personas expatriadas como yo para compartir los desasosiegos del destierro voluntario. Se trataba también de no olvidar a ese niño que jugó abrigado por un eterno cielo azul y la mágica luz mediterránea, a ese adolescente que se lanzó a las primeras incursiones en tierras bárbaras del continente europeo, a ese joven que un día subió a un avión con destino a los Balcanes de la postguerra para descubrirse viviendo en una Europa insospechada, un pedazo de continente que contradecía abiertamente la idea de una Europa única, monocroma, occidental. Demasiados recuerdos, demasiadas huellas en mi memoria asociadas a Europa y al Mediterráneo como para no dedicarles tiempo de calidad. A veces, sentado a orillas del belicoso Pacífico o del más sutil Mar Caribe, lanzaba mi mirada a través del vasto Atlántico mirando en dirección al lugar de donde esas memorias llegaban, esperando con ilusa paciencia que un caprichoso movimiento de tierra acercara ambos mundos y que, con la simple ayuda de un pequeño salto, pudiera estar allí de nuevo, solo un instante, un breve momento, pero estar allí, completamente.

Siempre que regresé de vacaciones a Barcelona, después de haber proporcionado a mi alma la esperada y necesaria satisfacción del reencuentro con mis gentes y mis lugares, reservé aunque fueran solo tres o cuatro días para darme un pequeño pero placentero paseo por el viejo continente. Ya fuera en el salvaje y autentico Mediterráneo almeriense, en el inmenso museo al aire libre de Roma y Nápoles, en el no menos impresionante marco de la Grecia Clásica ateniense, en las antiguas y agrestes islas griegas bañadas en la eterna luz mediterránea, en las nostálgicas callejuelas de Oporto, en las elegantes y evocadoras calles de París o en la vital y cosmopolita Londres. Fuera donde fuera, mi alma viajera buscaba tomar una profunda bocanada de aromas europeos que llevarse de vuelta a la residencia americana, conservándola como un precioso perfume que poder disfrutar en momentos de nostalgia. Uno en particular endulzaba los escasos pero amargos tragos del desarraigo, el aroma de ese mar en cuyas playas mi niñez sigue jugando.

 

Varios viajes por Europa, 2008-2012

 

MÉXICO, UN RINCÓN ESPECIAL EN MI MUNDO

Viajar es descubrir, es desvelar una incógnita que hasta ese momento se encontraba cubierta por una traslucida capa de conocimiento distante. Habitualmente, toda la información que coleccionamos antes de partir con el fin de dibujar apenas un caótico collage de aquel lugar en el que vamos a vivir la impredecible aventura de viajar, sirve de material para construir un preconcepto, una idea precocinada de ese transitoriamente opaco rincón del mundo. A menudo, esa visión apriorística sirve de puente, más o menos sólido, para conectar la realidad cotidiana con una realidad lejana, sumida en un bosque de luces y sombras. Una vez en la otra orilla, no siempre se produce un perfecto encaje entre la imagen elaborada a base de fotos de viajes ajenos, de opiniones en foros, de guías ojeadas, de mapas mil veces desplegados,  y la realidad recién contactada. No son pocas las veces en las que tienes que invertir tiempo en revisar tus notas mentales, en reeditar viejos discursos a medida que avanza tu experiencia en esas tierras. En estos reajustes, a pesar de no ser fáciles, siento que reside la verdadera experiencia de viajar, el verdadero aprendizaje, el motor del cambio, la fuente del crecimiento.

El resultado deseado de unas vacaciones es el descanso, el relax, quien sabe si disfrutar con fortuna de un gramo de vida tranquila. El resultado de viajar es el cambio, el replanteamiento de esquemas que si antes parecían ser las paredes maestras que soportaban nuestra identidad, una vez dejamos reposar la reciente experiencia viajera, sentimos como frágiles tabiques a punto de desmoronarse bajo los movimientos sísmicos provocados por los múltiples choques culturales vividos. Quienes amamos la experiencia del viaje, o quienes quizá simplemente la necesitamos para seguir inhalando profundas bocanadas de vida, sentimos que hay lugares donde esos movimientos sísmicos son mayores, esos choques culturales más potentes y enriquecedores, donde la posibilidad de replanteamientos, del cambio, de la mutación es prácticamente inagotable. Sabemos que una vez pongamos un pie sobre su piel, el pie con el que la dejemos atrás no pertenecerá a la misma persona.

Para mi, uno de los lugares donde la experiencia de viajar se encuentra en la estantería delicatessen, es México. Durante mis años centroamericanos, tuve la gran fortuna de conocer de una manera pausada, suave y  progresiva, como esa fina lluvia que cae sobre los campos, suficiente para hacer brotar el eterno ciclo natural de la vida, algunos rincones de este hermoso y misterioso país. Desde ese primer encuentro con Chiapas, la prolongación de la diversidad cultural de la Centroamérica en la que residía y que ya intenté plasmar en una entrada de este mismo blog, pasando por la visita a Oaxaca y sus manjares, su tequila y las cumbres de su Sierra Madre . Más tarde desembarqué en la península del Yucatán, más allá del enlatado turismo de Cancún, a la orilla de un mar caribeño donde la vida puede ser absolutamente deliciosa, repleta de fantásticas playas vírgenes bañadas por un mar azul turquesa, decoradas con infinidad de frutas tropicales servidas en embriagadores batidos, tierra sumergida en el delicado susurro de la vida al pasar. Viaje que continuó hacia el sur, hacia las profunda e inhóspita selva petenera, frontera con la vecina Guatemala, que esconde antiguos secretos de las civilizaciones que la habitaron en tiempos ya remotos. Civilizaciones como las que construyeron ciudades hoy sumidas en el silencio de los tiempos, como Teotihuacan, Mitla, Palenque, Kalakmul, y tantísimas otras. Y en cualquier parte, la apabullante expresión de una naturaleza insondable, y no importa donde, la vitalidad, el colorido, la musicalidad de una cultura magníficamente vital.

Pero el gran descubrimiento fue su capital, el Distrito Federal, esa mole urbana que aplasta su pasado sin conseguir ocultar el latir de su verdadero corazón, aquel que un vez llevó el nombre de Tenoctitlan, la capital mexica, hogar de aztecas y que ni los más arduos intentos de Hernán Cortés pudieron nunca borrar.  México Distrito Federal, o como se le conoce entre amigos, el DF, es uno de esos lugares donde deseo vivir una temporada para poder disfrutar de cada una de sus adorables incoherencias. Su contemplación me fascina como me fascina la contemplación de un cuadro de Dalí. No en vano, André Breton, uno de los grandes maestros del surrealismo declaró después de vivir unos meses en la capital que México era el único e inigualable país del surrealismo. La explosión de cultura en sus calles me fascina, me hipnotiza y me transporta a cada paso a realidades cuyo codificación necesito irresistiblemente descifrar. Mi mirada viajera en la capital de México se embriaga, se emborracha de sus aromas, de sus sorpresas inesperadas, de las habituales sonrisas de sus gentes, de la banda sonora que una música siempre presente y que, para quienes no entendemos la vida sin banda sonora, solo puede representar un regalo de los dioses. Miriadas de museos, algunos de ellos difíciles de entender usando una mirada convencional, de santuarios en honor a vírgenes imposibles, de  tiernos luchadores enmascarados cuyo único objetivo defender al débil, de puestos de deliciosa comida casera a pie de calle, de mercados a cada esquina vendiendo desde lo más necesario a lo más incomprensible,  la locura tan agobiante como emocionante de su subsuelo, los paseos por sus enormes parques, las conversaciones con sus siempre amables y agradables gentes. Todo esto y mucho más, hace que, para mi alma viajera, México y su capital resulten un elixir, un lugar donde siempre regresar y quien sabe si en un futuro una nueva residencia temporal en mi vida nómada.

La lectura de Pedro Páramo, la gran novela de Juan Rulfo, se me antoja la mejor forma de saborear el aroma de este gran país en la distancia, abrir las contraventanas de su portada y dejar penetrar en tus sentidos esa brisa preñada de las infinitas sensaciones e interrogantes, es la mejor manera de visitar y revisitar su alma siempre inquieta, poderosa y delicada.

Si algo representa México en mi devenir viajero es la posibilidad del replanteamiento constante de una realidad preconcebida, la crisis de los sistemas de pensamiento que ordenan el mundo según modelos, la sutil verdad del desorden y el caos, la perfecta comunión del esfuerzo por comprender y la delicia del sentir. Nunca una visita a esta tierra me dejó indiferente y siempre me enriqueció como viajero y como persona. Siento las tierras mexicanas como un rincón muy especial de mi mundo conocido, me siento a menudo eterno habitante de su particular y entrañable universo.

 

Varios viajes, de 2008 a 2012

 

 

 

 

 

LOS DÍAS CENTROAMERICANOS (2008-2012)

Hace poco más de dos años que, sin ser apenas consciente de ello, puse punto final a mi pedacito de vida en América Central. Al menos a ese pedacito que contempló mi deambular vital entre 2008 y 2012.

Si mal no recuerdo era un mes de agosto de 2008 cuando aterrizaba en el Aeropuerto de la Aurora guatemalteco para coordinar, junto con organizaciones locales, proyectos  de desarrollo centrados en la soberanía alimentaria de comunidades indígenas del altiplano chapín. Y fue cuatro años más tarde, un julio de 2012 cuando embarcaba en el aeropuerto de Comalapa en un avión que, de momento, ha sido el último que me  ha transportado de un lado al otro del Atlántico, esta vez desde el Salvador, el paisito, el Pulgarcito de América, donde  había coordinado otros cuantos proyectos de cooperación internacional centrados en la igualdad de género. Y en el corazón de estos cuatro años transcurridos, infinidad, miriadas de movimientos por la geografía mesoamericana, desde los pequeños pero nutritivos desplazamientos a las profundidades de las comunidades originarias en altiplanos, selvas y costas, hasta los viajes a la contundente e enigmática historia de sus tierras.

Incluso ahora, escribiendo estas lineas, me embarga una fuerte emoción, un cóctel de melancolía y añoranza de los días pasados y de profunda alegría por la fortuna de haberlos vivido.

De esos días recuerdo la esbelta silueta de los volcanes que configuran la espina dorsal del alargado y prieto istmo centroamericano, los profundos bosques y selvas guatemaltecas y las amplias y luminosas llanuras nicaragüenses; de esos caudalosos ríos de aguas ora tranquilas ora turbulentas, siempre temibles, que configuran las venas y las arterias que riegan de vida esas latitudes y que alcanzan su máxima expresión en tierras costarricenses; de la frondosa vegetación que rompe a cada paso la piel de sus poco agraciadas ciudades, de las caóticas, ruidosas, peligrosas pero también intensas, inquietas, vitales San Salvador, Ciudad de Guatemala, Managua, Tegucigalpa, San José.  Y como olvidar la gran y profunda intensidad del infinito Océano Pacífico y las más quietas y cristalinas aguas caribeñas, hogar de esas enigmáticas, casi alienígenas, culturas garífunas, culturas de los esclavos parias del mundo que encontraron en la costa atlántica del centro de América su tierra prometida. Si cierro los ojos todavía puedo saborear la dulce textura del sincretismo cultural de esas tierras acostumbradas a adaptarse y readaptarse a tantos ocupantes bárbaros, la mezcla cultural solidificada en sus artesanías y los multicolores ropajes de sus comunidades originarias, de los Queqchi, Caqchiquel, Tzutuhil, Quiché y de tantas otras que cultivan sus tierras desde tiempos inmemoriales. De sus antiguas ciudades, una vez estandartes de grandes civilizaciones, como la Azteca, la Maya, la Tolteca, la Olmeca, hoy perdidas en el inquietante silencio de la enigmática selva. Y de esas otras ciudades, estas más modernas, que dan testimonio de la presencia ibérica en estas latitudes, ciudades como Antigua Guatemala, Granada o Suchitoto, cuyas calles y edificios recuerdan el urbanismo castellano y andaluz de la siempre polémica época colonial.

Y como no, de todas las personas con las que tuve la oportunidad de compartir los buenos, malos y regulares momentos vividos en esos días centroamericanos, aquellas que pusieron corazón y alma a esta tierra de profundos contrastes.

Por supuesto, entre esa cascada de recuerdos no puedo evitar encontrar también imágenes que hablan de la fealdad del alma humana, de la violencia y de la corrupción, del sufrimiento, la desilusión y la desesperanza.

Pero hoy, poco más de dos años de mi regreso a tierras europeas, navego mi mirada a través del vasto Océano en dirección a ese delicado y frágil cordel que une las Américas del Norte y del Sur, y este es el recuerdo que deseo tener, el recuerdo de aquellos paisajes y paisanajes de los que caí irremediablemente enamorado.

 

LOS VIAJES SILENCIADOS (II): LAS INCURSIONES EN EL ESTE

La última víctima de tan deleznable estado del espíritu escritor fue un paseo realizado en reciente fecha (Septiembre 2010), desde Berlín a Crakovia, pasando por algunas bonitas ciudades polacas.

El perezoso que teclea estas lineas más de una año después de haber realizado el viaje, recuerda el accidentado

Lübeck

aterrizaje en un pequeñísimo aeropuerto cercano a la pintoresca ciudad alemana de Lübeck. Como no podía ser de otra manera la bienvenida a estas tierras nórdicas estuvo pasada por agua, tanta que el avión tuvo que hacer unas maniobras ‘especiales’ que pusieron a prueba mis estrategias para afrontar el miedo a volar. No obstante el anticiclón no acompañó mi llegada por mucho tiempo y el cielo despejado dejó abierto un paisaje urbano digno del cuento de Hansel y Gretel. En los paseos por la ciudad, acompañado por Bernat y Arantxa, encontramos edificios de fantasía, con un aspecto irreal, fantasmagórico, de los que no nos hubiera resultado extraño que salieran personajes de cuento en forma de brujas con su inseparable verruga en la nariz cabalgando a lomos de una escoba o ese grandullón deforme que oculta su joroba bajo una gruesa capa negra. Pero, a pesar de las bondades estéticas de la postal, la poca vitalidad que transmitía este enclave germano con su cansino ritmo provinciano nos empujó a darnos un paseo por los

Berlín

alrededores, dirección Travemünden, un puerto nórdico desde donde salen inmensos barcos dirección Suecia y Dinamarca. Es también un lugar de veraneo para la gente del lugar, pero un veraneo climático indecente, frío y hostil, en pleno mes de septiembre temperaturas de diciembre. Una visita curiosa pero rápida que me dejó el cuerpo descolocado y la mente puesta en la próxima parada, Berlín.

Berlín me gusto mucho, sin más, a veces la simpleza es el mejor camino para llegar a la verdad. Mi verdad, claro, la que vió la mundana luz  tras algunos días pateando asfalto berlinés. Resultó ser la postal de una ciudad tranquila, bien organizada, limpia, segura, tal vez un pelín fría (no solo por el frío, conocemos bien el carácter norteño europeo), multicultural, sostenible, respetuosa, una ciudad que vive abiertamente y sin complejos los truculentos pasajes de su historia reciente. Exposiciones siempre gratuitas y abiertas a cualquier tipo de público hablan sin cortapisas del holocausto judio (Museo del Holocausto), del

Cruzando el muro

genocidio planificado y perfectamente programado como solo estas mentes nórdicas saben programar y planificar (en este caso para desgracia de una parte importante de la humanidad). O el Museo de la Stasi o de las postrera división de la ciudad por el telón de acero con especial énfasis en los desmanes dictatoriales de la ocupación sovietica. Curioso resultó el vacio de memoría alrededor de los acontecimientos ocurridos en la parte ocupada por el bloque capitalista, sesgo informativo voluntario o involuntario, quien sabe. Y que decir de la vida cultural que existe en cada rincón de la ciudad, desde la más actual y ‘trendy’ de la orilla occidental del muro a la más ‘underground’ y alternativa de la oriental, que para mi gusto era más seductora por lo provovativa y diferente, pero para gustos, colores. Mención especial al Museo de Pérgamo, posiblemente el museo más espectacular que haya visitado en mi vida y que no reúne ni una sola pieza que hable lo más mínimo de la cultura germana. Museo del Expolio sería un nombre más adecuado y que le sentaría de autentica y honesta maravilla. Allí se amontonan armoniosamente ciudades enteras griegas, como la de Pérgamo, romanas, babilónicas, árabes. De cualquier antigua cultura puedes encontrar en este museo villas enteras, ancianas construcciones que fueron desmontadas y montadas de nuevo con exquisita precisión germánica. Ciertamente, la visita a este museo despertó en mi un sentimiento ambivalente que se debatía entre el ‘guauuu …. que

Berlín Este

pasada … la Historia ante mi ¡¡¡¡ ‘ y el ‘joder, pero como pedes robar una cultura entera y tener el morro de exponerlo al público sin ningún tipo de tapujo?¡¡¡¡’”. Una vez más, para gustos, colores.

Todavía con la impresión bien fresca de Berlín en mi retina (meses después permanece casi intacta) me adentré en las entrañas del lado rojo del ex-telón de acero, cuna del Pacto de Varsovia, la vieja Polonia, lugar de nacimiento de uno de mis escritores predilectos, el periodista y viajero Ryszard Kapucinsky. Más allá de las bellezas de las ciudades polacas (mención especial y honorífica a la belleza de sus mujeres), el viaje se convirtió en un seguir la pista involuntario de los acontecimientos acaecidos antes, durante y después de la II Guerra Mundial.

Calle principal de Turun

Primera parada Turún, una bellísima y provinciana ciudad que como atractivo supremo e indiscutible ofrece el paseo por sus calles de ensueño y la visita al museo del hijo pródigo, Copérnico, quien aseguró y demostró que la tierra giraba alrededor del Sol y no el universo sobre Ella. Pedazo de parto ese, lástima que como siempre la funesta iglesia católica estuviera amagada preparando la cerilla para quemar la inteligencia y seguir sometiendo al ser humano a la condena de la ignorancia.

Siguiente movimiento en el tablero polaco, viaje en tren a Varsovia para confirmar que si en algún lugar del mundo viajar en ferrocarril tiene encanto es en Europa y en especial en su Este. La capital de Polonia es un entramado del mejor arte mediaval plasmado en su excelso y encantador centro histórico (hermosa la pequeña plaza del Mercado), de magnificiente realismo soviético reflejado en su edificio estandarte, el stalinista palacio de la cultura y la ciencia, y finalmente, de la soñadora y mucho más reciente promesa capitalista incrustada en la ciudad a base de rescacielos y oficinas import-export. Se terció una imersión también en el museo Frederic Chopin, hijo predilecto de la

Plaza del mercado (Varsovia)

ciudad, un bonito recinto interactivo que te permite un paseo por la vida del gran compositor. Pero si a alguna conclusión había llegado a estas alturas de mi visita a la capital polaca es que si hay un sentimiento vívido y palpable en el ambiente ese es el sentimiento católico. Realmente el fervor religioso se respira por todos los rincones y a casi todas horas, casi siempre personificado en el hijo pródigo por excelencia de esta tierra, Juan Pablo II. Me sorprendió la gran cantidad de jóvenes que asiste a las misas, aquí sí parece que hay relevo generacional para los Escuadrones de Cristo Rey, ojú que miedo.

Pero no sólo en tonos católicos está escrita la historia reciente de Polonia, también con texturas nazis y soviéticas.

El impacto de la barbarie nazi es tan innegable como visible y palpable, para muestra el campo de exterminio de Auswitch, reconvertido en un museo tan educativo como macabro. No es el único campo de la zona pero sí fue la mejor

Última estación 'Auswitch'

versión que los nazis lograron diseñar en su demencial intento de borrar del mapa a los no arios. Toda Polonia, como Alemania y otros países están salpicados por estos lugares incalificables que dibujan de una manera siniestra la evolución de esa locura llamada limpieza étnica, desde los primeros campos de concentración burdos y sin objetivo aparente hasta los más sofisticados y científicos centros de exterminio. De estos últimos, Auswitch representa el más alto peldaño, la punta de la pirámide, la herramienta que haría de tan demencial sueño una realidad. Describir lo que se siente visitando un lugar donde han ocurrido cosas tan terribles se me hace enteramente difícil, es una experiencia íntima y personal que difícilmente se puede compartir en toda su intensidad. Auswitch es un viaje al interior al ser humano, a sus rincones más oscuros, retorcidos y demenciales, es una continua inmersión en las entrañas de una mente colectiva retorcida y enfermiza que en un momento de la historia, como en muchos otros, encontró la tolerancia y la bendición de toda una sociedad. Algo que visto en un cine no pasaría de ser algo meramente increíble se hace realidad, y la realidad, en Auswitch más que en ningún otro lugar donde haya

Barracón en Auswitch

estado, supera cualquier atisbo de ficción, es una cruda y macabra realidad ante tus ojos y sólo tú puedes decidir que haces con ella, como te relacionas con algo que han hecho seres humanos como tu misma sangre, con tu mismo cerebro, con tus mismas manos, con tu misma voluntad. Si antes de tomar la decisión de visitar Auswitch me debatía en dudas ético-morales de si estaba bien pisar un lugar con la historia de este campo de exterminio, después de la visita luchaba por no condenar al más hondo de los infiernos a la raza humana, al ser humano, por que si algo me quedó claro es que de algo tan demencial solo somo capaces nosotros, los humanos, de todos los seres que habitamos el Planeta Tierra.

En fin, de lo que se siente en Auswitch podría seguir hablando largo y tendido, pero mejor nos desplazamos al momento de la liberación cuando el ejercito ruso logró alcanzar el amasijo de campos desperdigados por las amplias llanuras polacas e hizo de sus habitantes personas libres, a las pocas que los nazis dejaron a sus espaldas durante su huida. Ese sentimiento de liberación no duró tanto como se podría pensar ya que, si hay otro sentimiento comparable a la repugnancia hacia los crímenes cometidos por los nazis es el resentimiento hacía todos los años de ocupación soviética que heredaron estas tierras como herencia del reparto geopolítico entre los aliados. Si en Berlín se siente esa linea divisoria entre los dos mundos que nacieron a ambos lados del telón de acero, aquí te sientes habitando en las entrañas de uno de ellos, el soviético. La dictadura Stalinista, el sistema de partido único, el castigo implacable a la disidencia política, la represión a lo diferente, el sentimiento de ahogo de un pueblo ocupado por una superpotencia en plena y cruel guerra fría (hoy, viviendo en Centroamerica, vivo y siento los efectos de los desmanes, de la violencia, del inhumano sistema capitalista representado por esa pseudodemocracia norteamericana, el otro lado del mismo desastre). Me sorprendió sobremanera el rechazo casi generalizado del pueblo polaco a todo lo comunista, sentí que una de las fuerzas que impulsan a este pueblo es el de alejarse de los fantasmas que dejó un sistema que pretendía ser del pueblo y para el pueblo y que acabó reprimiéndolo como el más tirano entre los tiranos. Creo que la integración en la Unión Europea, con todas las críticas que se le puedan hacer, ha supuesto para estas tierras marcar una brecha insalvable con ese pasado nazi y stalisnista, con los fantasmas de su historia más reciente.

Crakovia 'la nuit'

Estas eran las reflexiones que apuntaban en Crakovia mis limitadas entendederas y mi voluntad de conocer, penúltima parada antes de emprenden viaje de regreso a Barcelona. Crakovia es una ciudad bonita y dinámica pero que ofrece poco más que conocer al viajero que viene de otros lugares de Polonia. Admitiendo su belleza, para mi, esta ciudad tuvo más bonita postal aséptica que de lugar interesante. Pero hay que reconocer que todo viaje tienes estas giros dramáticos y que lo que esperabas fuera el encuentro con un lugar especial se convierte en algo anodino, así como esos lugares de paso donde solo esperas estar el momento indispensable te atrapan por días enteros. Estos giros son lo que le dan a un viaje toda la emoción y incertidumbre, esta es su salsa más preciada y sabrosa. Y por supuesto este viaje no podía terminar sin uno de estos giros y, aunque la certeza del fin del viaje que te da la partida del avión no permitía invertir más días , Wroclaw, última parada de este viaje, se convirtió en ese lugar donde esperas pasar los últimos momentos del viaje tomando un café en la terraza de un agradable bar pero que acaparó mi atención hasta el último segundo, no por su arquitectura o su estética, ésta no dejaba de ser el calco exacto de las anteriores

Wroclaw 'la nuit'

ciudades polacas que había visitado, sino por su dinámica, su vida, su ritmo joven y universitario, ese ir y venir de gentes por los parques, sus jardines y sus lagos, por su cosmopolitismo pero sobretodo por el buen rollo que trasmitía. Si pudiera hacer realidad uno de los sueños que nunca pude hacer, disfrutar de una beca Erasmus en alguna universidad europea, la de Wroclaw habría estado entre las candidatas sin duda alguna. Sueño que quedará como lo que fue, un sueño de adolescente que en el adulto de hoy ya no tiene mucho sentido, pero bueno, quien le iba a decir a ese adolescente que el adulto que le precedería se despediría un día de un viaje por tierras polacas allí donde ni siquiera pensaba que pudiera hacer realizar un sueño.

Y hasta aquí la retransmisión de un viaje por tierras del Este de Europa realizado en Septiembre de 2010 y escrito en Septiembre de 2011, justo un año después.

Abrazos.

LOS VIAJES SILENCIADOS (I) PEDAZOS DE CENTROAMERICA

Tiempo ha pasado desde al última nota en este cuaderno de viajes.

Parque Central de Granada (Nicaragua)

La última mirada fue proyectada sobre una bonita isla Mediterranea y las palabras que aquí hoy se depositan están escritas sobre un blanco cuaderno, sobre una verde mesa de madera en un barcito ubicado en una esquina del parque central de Granada (Nicaragua). La noche es cálida y húmeda tal y como mandan los cánones del trópico. La plaza es un hervidero de gente que, como allende los mares en las cálidas noches del verano mediterráneo, se sientan al preciado y escaso fresco anhelando disfrutar de la gentil y necesaria tregua que ofrece el poderoso sol en estas latitudes. La música típica de estos lares, la salsa, la bachata, la cumbia y los great hits universales de todos los tiempos es lanzada de manera casi ritual al espacio sonoro desde poderosos altavoces. Es prácticamente inevitable, si es que circula un hilo de sangre caliente por tus venas, no seguir el ritmo con el pie, con las manos o incluso con las orejas. La erupción rítmica es tal que difícilmente puedes imaginar que no entraste, sin saberlo, a una discoteca al aire libre. También las bonitas mujeres que pasean con sus parejas, hijos, amigas embellecen el escenario de la plaza.

Estas son las coordenadas desde donde algunas palabras, perezosas y algo desganadas, vuelven a brotar

Iglesia en tonos pastel (Granada)

del manantial viajero para devolver aunque sea un leve soplo de vida a este casi olvidado blog. Quizás han sido más poderosas los impulsos externos que los motivos propios para dedicarle un tiempo a este viejo amigo al que la falta de tiempo y motivación condenó al silencio dejando mudos algunos viajes que, honestamente, deberían haber sido escritos.

Empezando por un bonito e interesante paseo por Guatemala, Belice y los Estados del sur mexicano, en compañía de mi hermano y que quedó olvidado en ese poblado cajón etiquetado como ‘el de las cosas que nunca se hicieron por falta de ganas’. Una verdadera lástima puesto que esta danza del viajero ofreció múltiples tesoros en forma de antiguas ciudades mayas sumergidas en impresionantes selvas soberbiamente nutridas de palpitante vida animal y vegetal. No menos elogios merecen los cayos de la costa beliceña y una matrícula de honor sus fondos marinos. Y para poner el punto y final a esta enumeración de miradas nunca transcritas, bonitas ciudades coloniales en la mexicana península del Yucatán. Si bien estas miradas pertenecen a un momento y un lugar distinto al que hoy ocupamos (recordemos que estamos en un parquecito de la Granada nicaragüense) y que dificilmente podría ser revivido tal y como se vivió, es justo que, por el solo hecho de haber existido, le dedique este breve pero sentido ‘In memoriam’. Descanse en paz en su nueva ubicación, a saber, cajón de ‘esas bonitas cosas que nunca fueron explicadas’. Eso si, algunas fotos nos pueden ayudar a levantar una especie de memorial, así que aquí van:

De vuelta a Nicaragua, el ataque de los dichosos mosquitos, reyes absolutos en el mundo de los insectos detestables de estas tierras, me ha obligado a cruzar el parque y ubicar mi cuaderno sobre una mesa. Ésta conserva su color natural realzado por una capa de impermeable barniz, que descansa placidamente bajo un porche de estilo colonial con sus columnas sosteniendo los castellanos tejados de teja arcillosa. En este barcito la selección musical es mucho más clásica, ahora mismo suena el hito sesentero ‘y con mis manos en tu cintura ….’ que transporta a no tan lejanas y represivas épocas cuando un tirano hijo de puta sometía con su rancio espíritu la libertad de todo un pueblo (incluso de los que pensaban que con él se vivía mejor). El rigor narrativo, si es que algo así existe, se ausentó en algún momento de esta tropical noche centroamericana.

Que hoy escriba desde aquí no dejaría de ser una anécdota si no fuera porque hace meses que vuelvo a habitar este istmo, larga y deforme lengua de tierra que conecta y da sentido a las Américas, las del Norte y las del Sur. De nuevo, y nuevamente de mano de la cooperación, vuelvo a transitar estos ya más que familiares paisajes y paisanajes. Cuarta incursión americana, segunda aventura centroamericana, campo base San Salvador. Quien haya seguido este blog sabrá que no es la primera vez que visito esta tierra de volcanes y hamacas, de pupusas y revoluciones. La novedad hoy es que es aquí precisamente donde vivo y donde trabajo. Pero dejemos los detalles para otro momento, los habrá mejores para manosear torpemente algún teclado e intentar explicar lo que esta mirada discreta percibe en su día a día salvadoreño. También dejaremos para otro instante el garabatear algunas silabas acordes con lo que mi contemplar estas tierras nicaragüenses del aquí y el ahora topan.

Este es un momento dedicado a tender un puente entre el momento en el que esta mirada viajera cerró sus cansados párpados y el actual, donde, a pesar del triunfal ataque mosquitero, cuando esos mismo párpados tratarn de vencer el megalítico peso de la inactividad y la apatía.

Enero de 2011 (Granada, Nicaragua)

LA SICILIA (el escenario)

Pero no solo del cine y de recuerdos de niñez vivimos, y, como no podía ser de otra forma, Sicilia tiene mucho más que ofrecer. Por supuesto sus playas y su gastronomía son un placer para los sentidos, así como su clima, sobretodo si tienes cerquita la sombra de un olivo bajo la cual refugiarte cuando el sol siciliano cae del cielo como fuego escupido por boca de los mismísimos Dioses.

El elefante, símbolo de la ciudad de Catania

Dioses paganos, griegos y romanos, católicos, pueblan estas tierras desde los albores de la civilización, y es que no podemos olvidar que estamos en Italia, tierra de historia clásica, de Grecia y Roma, y de todas las culturas que vinieron después.  Supongo que viviendo en Barcelona toda la parte gótica que se puede admirar en una ciudad como Catania no sorprende tanto, simple resultado de la costumbre, del hábito, pero el pasear por sus calles y encontrar vestigios de teatros griegos datados incluso en siete siglos a.c es simplemente espectacular. Las ruinas, los museos, los jarrones de terracota decorados con escenas de batallas entre Atenas y Siracusa, las impresionantes catedrales y conventos góticos, en definitiva, un sinfín de atracciones históricas que a buen seguro acabaran destrozando los pies de quien quiera abarcarlas en su totalidad.

Mi campo base en este asalto viajero a la hermosa Sicilia fue la no menos bella Catania, una ciudad joven, activa,

Más Catania

inquieta, o como la definen algunos de sus habitantes ‘una cittá molto vivacce‘. Y a huevos que dan en el clavo ya que si hay un adjetivo que la define a la perfección es ‘vivaz’. Vida en la calle, tráfico caótico, museos, teatros, catedrales, vida cultural, bares y terrazas, música en directo, restos de cualquier civilización imaginable y de telón de fondo, visible a simple vista, nevado y siempre activo, volcán Etna.

Sinceramente, hace muy poco que regresé de Centroamerica, de vivir rodeado de imponentes volcanes en plena actividad, como para sorprenderme con la magnitud, digamos leve, que en comparación posee el Etna. Pero para el estándar europeo, el simple hecho de que haya un volcán y que esté en activo es motivo de admiración y de asombro. Desgraciadamente no tiene la bonita forma cónica casi perfecta de sus primos americanos, pero si se pueden detectar múltiples cráteres por los

El Etna

que en diferentes etapas de su convulsa vida ha ido expulsando la roja lava, que siglo tras siglo, unida a los múltiples terremotos, ha destrozado una y otra vez los pueblos y ciudades que resisten tozudamente a sus temibles embites, contando como reconstruyeron su casa o su iglesia con lava seca de tal o cual erupción.

Obviamente Catania, la gran ciudad en la falda del volcán cuyo primer enclave data del siglo VII a.c., ha sufrido una y otra vez las consecuencias de los movimientos sísmicos y los pepinazos del Etna, pero no es la única.

Taormina es otra ciudad bajo el área de influencia del volcán, ciudad que merece una visita. Recorrer sus estrechas calles al más puro estilo barroco sería un grato placer si no fuera por las hordas de turistas que afean su espíritu, su magnifica estampa. Posiblemente pueblos en los alrededores no sea tan espectaculares pero seguro serán mucho más auténticos. Pero, a pesar de todo, Taormina tiene uno de los antiguos teatros griegos más bonitos que se puedan visitar y ésta es escusa suficiente como para sufrir en silencio a las dichosas manadas de turistas en viaje organizado. Situado en una

Taormina desde el teatro Griego

colina con espectaculares vistas del Etna y el Mediterráneo, es una auténtica delicia sentarse en sus ancianas gradas y permitir a la imaginación volar a esa época cuando la aristocracia vestida con blancas túnicas asistía a las representaciones dramatizadas de las obras de sus más insignes coetáneos. Si la puesta en escena tenía la misma magia que el enclave elegido para construir el teatro, a buen seguro que resultaban espectaculares, y es que estos griegos mal gusto no tenían y fijo que poseían una especial sensibilidad para captar la belleza.

Un poquito más al sur, protegida de la acción del Etna, aunque no de los terremotos, está Siracusa, el enclave más antiguo de la isla, datada en un porrón de siglos a.c. Pasear por sus calles y visitar sus parques arqueológicos es igual de delicioso que lo anteriormente descrito, pero destacaría por encima de todo, a parte del mágico enclave a orillas del Mediterráneo, la catedral, antiguo templo griego sobre el que, durante la época de la evangelización, se construyó el templo católico. Se

Catedral de Siracusa

conservan todavía la mayor parte de las columnas del templo griego que constituyeron la estructura básica de la construcción, lo que le otorga la naturaleza de un espacio amplio y simple, que contrasta con las partes barrocas y recargadas añadidas para conseguir ese toque de culto cristiano. Es realmente espectacular la sensación que puedes disfrutar si te tomas el tiempo necesario para navegar entre los susurros de dioses paganos y iconos cristianos.

Y llegados a este punto, tengo que destacar de nuevo, como sucedió en Malta, un nuevo cuadro de Caravaggio, expuesto en una pequeña y elegante iglesia accesoria de la catedral. Esta vez se trata del ‘entierro de Santa Lucia’, otra escena que, al igual que la ‘decapitación de San Juan Bautista’, me fascinó y me tuvo hipnotizado un instante completamente vacío de tiempo inmerso en una escena que sentía estaba sucediendo ante mi en ese preciso momento.  Vuelvo a confirmar mis limitaciones para disfrutar del arte, pero si en futuro mi mirada, ya más madura, puede entrar en ese mundo, estoy seguro que será de la mano d’Il Caravaggio, como le llaman sus compatriotas. Fascinación sería la palabra para describir la sensación que me invade ante la contemplación de una de sus obras.

Sicilia

Como podéis comprobar Sicilia da para mucho, aromas de cine de postguerra, historia clásica y moderna, espíritu mediterráneo conservado en sus mejores condiciones, carácter abierto y ‘vivacce’, estas son solo algunas de las múltiples etiquetas que podría poner a mi viaje por una pequeña parte de esta bellísima isla. Imaginad lo que queda por disfrutar. Pero eso tendrá que ser en futuros viajes, ahora solo queda envolverse con el aun tierno recuerdo.

LA SICILIA (la película)

En ninguna parte del mapamundi que voy recorriendo al ritmo de mis ilusiones y posibilidades, había topado con una coincidencia tan estrecha entre el cine y la realidad.

Hace ya largo tiempo que el cine, el buen cine, no me apasiona como lo hacía años atrás, cuando podía disfrutar intensamente unas cuantas películas a la semana, casi sin pestañear. Incluso era un asiduo de la Filmoteca y sus ciclos de cine clásico. Si de estos días de celuloide tuviera que escoger un tipo de cine como el que más me hacía disfrutar, mi elección, poco fundamentada pero muy sentida, sería el neorealismo italiano. Desde El Ladrón de Bicicletas pasando por esos grandes duelos interpretativos entre Sofia Loren y Marcello Mastroiani en Una Jornada

Una Giornata Particolare

Particular o Matrimonio a la Italiana, entre muchas otras que en su momento formaron parte de un universo comprensible  y que hoy, la distancia y el poco tiempo, han convertido en pequeñas estrellas brillantes en un universo sin orden ni voluntad de tenerlo. Todas ellas han compuesto el lugar cinéfilo que más me transportó, que más me permitió viajar como solo el mejor cine es capaz de hacer. Incluso el cine gringo que más he tolerado ha sido el que algo tenía que ver con Italia, la trilogía del Padrino, aunque muy trillada y siempre socorrida solución para demostrar que ‘sabes’ de cine, estaba teñida de sabor azzurri.

Había intentado en visitas anteriores a Italia disfrutar de esos aromas costumbristas que la gran pantalla, aunque con mucho arte, solo podía reproducir artificialmente. Pero ni Venecia, ni Turin, ni Florencia los atesoraban. Al menos mi olfato no fue capaz de detectarlos. Por supuesto que forman parte de la más bella de las Italias, cómo negarlo, pero no formaban parte de esas películas, no en su carácter, no en sus escenarios.

Hasta que puse un pie en Sicilia.

Poco después de desembarcar en el pequeño puerto de Pozzallo, recién llegado de la siempre ensimismada y medio

La Dolce Vita

autista Malta, apuntando dirección Catania, me topé con la intensa vida en la calle, el efervescente río de interacciones y conversaciones en un italiano cantado cual tarantela, una fuente inagotable de gestos con cualquier parte visible del cuerpo donde las manos son las reinas de un lenguaje único y que cualquiera podría entender aunque tuviera el yunque y el caracol desenchufados. El caótico tráfico, las aceras atestadas de lugareños sentados en esas características sillas mediterraneas hechas de madera y esparto entrelazado, niños y niñas jugando a la pelota en plazas, rodeados por abueletes vestidos a la manera tradicional que sentados a la sombra de un árbol, en ocasiones esquivan y otras sufren los pelotazos que los jugadores más osados lanzan triunfalmente sin pensar en sus posibles consecuencias. Una escena tremendamente alejada del civismo y la convivencia nórdica, tan de moda en nuestros días en algunas ciudades que hasta hace poco se podían definir como mediterráneas, no solo por su ubicación sino por su carácter, por su estilo de vida, y que hoy languidecen entre normativas cada vez más estrictas y asfixiantes y que cercenan la yugular de un espíritu, de un modo de vida ancestral, inimitable e inconfundible, el mismo que atesoran esos abueletes tolerando los pelotazos de los más pequeños solo por el placer de verlos jugar en la calle, de disfrutar de su jovialidad y de la ilusión que tras cada pelota pateada se halle el regalo de llegar a ser un gran futbolista.

Para acabar de decorar esta escena no puedo olvidar a la mamma llamando al niño

Mercado

desde la ventana, a pleno pulmón, para que suba a por la merienda mientras el padre discute a grito pelao en la esquina si el empate del Inter en Catania fue justo o no. El sonido ambiente de esta escena sería la música que sale de algunas de las ventanas abiertas de par en par en busca de esa ansiada brisa marina que refresque, aunque solo sea un poquito, el interior de sus casas, que, a tenor de la cantidad de gente que habita la calle, deben estar prácticamente vacías. Y si con esta escena no es suficiente para evocar la vida mediterránea a la Siciliana solo tienes que dejarte caer en uno de los caóticos y animadísimos mercados a cielo abierto, repletitos de verduritas, pescadito, quesos, frutas típicas de este antiguo Mar, todo promocionado con bonitos carteles hechos con mucho arte y a mano, cantados cual soprano por los vendedores locales que negocian los precios con las clientas al más puro estilo Pavarotti, un hermoso y vital caos.

Si hubiera podido seleccionar ‘mirada en blanco y negro’ no me hubiera extrañado para nada ver aparecer por

Mercado

cualquier esquina, en cualquier plaza o entre el gentío a una Sofia Loren con cesto de mimbre y medias recosidas de postguerra mientras un Marcello Mastroianni, vestido con la máxima elegancia que permite la pobreza, apoyado contra la pared o contra el quicio de alguna puerta, cigarrillo en mano, la contempla al pasar.

En fin, por si no ha quedado claro a estas alturas, para mi Sicilia ha sido un viaje de película. Y es película tenía mucho que ver con mis recuerdos de niñez, con mi infancia a orillas del Mediterráneo.

Los mejores viajes son los que no solo te permiten viajar en el espacio, sino también en el tiempo y en los recuerdos, en las memorias perdidas en el cajón de lo ‘no urgente’, por tanto ‘no importante’.

Sicilia tuvo la gran virtud de abrir el mio de par en par.

MALTA

Nuevo salto de continente, de realidad, de paisajes. De Centroamerica al Mediterraneo, vuelo con algunas escalas: Malta, Sicilia. Destino final: Barcelona, hogar dulce hogar.

Mi Mediterráneo lindo

Después de cruzar el azulísimo Mar Mediterráneo, una jornada de azulísimo y despejadísimo cielo primaveral, comienzan las maniobras de descenso del avión. El capitán anuncia los 20 minutos que nos separan de la toma de contacto en tierra maltesa y a través del ojo de buey que sirve como ventanilla no se divisa más que el mismo mar y el mismo cielo, siempre azulísimos. Ninguna señal al alcance de la vista hace intuir tierra firme. Cuando ya empiezas a dudar de la existencia de la isla y a sospechar que las maniobras se tratan de un amerizaje encubierto aparece el perfil de algo parecido a una isla. Mejor dicho, tres islas. La primera en aparecer en el campo visual es Gozo, redondita y coqueta. A pocos metros de distancia encontramos a Comino, la pequeña, poco más que un peñasco. Y finalmente, atravesando un pequeño estrecho aparece la mayor, la alargada y estrecha Malta. Están las tres muy pegaditas, juntitas, tanto que en la distancia parece que estén unidas. El momento del aterrizaje es inminente y sorprende que todavía se pueda contemplar el entorno completo de la isla. De hecho la pista de aterrizaje donde estamos a punto de tomar tierra ocupa al menos un tercio de la longitud total de la isla.

Resumiendo. Malta es pequeña. Y concentrada.

Sinceramente lo que hay que ver y disfrutar en las islas no de más que para una semana y eso tomándose la visita con mucha calma. Pero como decimos en catalán ‘al pot petit hi ha la bona confitura’, que en castellano sería algo así como ‘en el recipiente pequeño está la buena confitura’. Y es que por muy limitada que sea su dimensión física no deja de sorprender su dimensión cultural. Aunque, a primera vista pueda parecer mentira, en Malta se encuentran los restos arqueológicos más antiguos encontrados en nuestro Mundo, anteriores incluso a las pirámides egipcias. Para hacer honor a la realidad

Ruinas de Hgar Quim

no tienen nada que ver con la espectacularidad con la que se homenajeó Keops, pero según los estudios los templos de Hgar Quim se pueden considerar los primeros construidos por la humanidad. Y están en la minúscula isla de Malta ¡ Estamos hablando del 3.600 antes de Cristo, cuando la primera pirámide egipcia data del 2.600 a.C. Desde entonces antiguas civilizaciones como los fenicios, griegos, romanos, han ido pasando por el peñasco, aunque parece ser que sin mucho ánimo de quedarse. De hecho Malta no deja de ser un diminuto archipiélago en el centro de un mar, con el aislamiento que implica respecto al continente y la dificultades para la autosuficiencia. La mayor parte de los productos que puedes comprar en Malta provienen de Italia, incluso una parte del agua de boca la tienen que traer del país vecino para no pasar sed. Los suministros básicos son especialmente caros y se consumen lo más racionalmente posible, sobretodo si se quiere evitar el facturón a final de mes. Con estas condiciones de escasez y aislamiento respecto al continente no es de extrañar que antiguas civilizaciones no vieran en estas islas un lugar agradable donde acampar.

Hasta que llegaron los Caballeros de San Juan, más conocidos por la institución a la que representaban, la Orden de los Caballeros Hospitalarios de Malta.

Esta orden religiosa es el auténtico símbolo identitario de las Islas. Cuenta la historia que estos caballeros, señores ricos que decidían hacer voto de pobreza, cedían dos tercios de sus riquezas a la orden y se apuntaban a la cristiana cruzada contra el musulmán. Empezaron en lo que hoy conocemos como tierras ocupadas de Palestina por los israelís, aunque por lo visto Cristo iba perdiendo el pulso con Mahoma, así que estos caballeros tuvieron que retirarse a la isla de Chipre donde fundaron hospitales en los que atendían a los heridos (por supuesto, cristianos) provenientes del continente. De ahí el apelativo de hospitalarios. Y parece ser que la cosa fue a peor, a Cristo le entró la pájara, el acero de la cimitarra se acercó demasiado y la Orden al completo dio otro pasito en retirada hasta llegar a Malta, donde finalmente se establecieron por unos cuantos siglos, hasta la aparición del ateillo Napoleón, que llego para enviarlos a sus respectivos países. Historia aparte, la cuestión es

Iglesia recargadita

que durante su estancia en la isla los Caballeros de la Orden de Malta se pusieron a construir catedrales y albergues donde vivir y orar. La Orden estaba compuesta por diferentes nacionalidades europeas (Castilla, Corona de Catalunya y Aragón, Provenza, etc.) y cada una de estas construyó su propia parte de la catedral y su albergue, que dicho de paso, feos no eran. Es más, parece ser que había pique entre estas nacionalidades y se montaron en un caballo de competencia desbocado que les llevó a la eterna lucha del hombre, la batalla de ‘a ver quien la tiene más grande’, así que construyeron edificios monumentales y extremadamente lujosos, con lo que se acabaron de pasar el voto de pobreza por el forro. Excesivo el ambiente recargado de testosterona y poder para mi gusto, aunque no voy a negar que sea bonito, especialmente la Co-Catedral de San Juan de La Valleta. A destacar sobre todo el conjunto un cuadro de Caravaggio, la decapitación de San Juan Bautista, que, a pesar de mi infraeducada capacidad para apreciar el arte, me tubo embobado durante un buen rato. Eso no era un cuadro, eso era magia hecha con pinceles y colores.

En fin, los Caballeros de la Orden de Malta contemplaron el crepúsculo de sus días de

La Valleta

gloria, no debido a la cimitarra musulmana como anteriormente había sucedido, sino a la espada envainada y la mano cruzada en la solapa del pecho de una ateo francés como la copa de un pino llamado Napoleón. A partir de ese momento Malta se convirtió en un enclave estratégico durante las Guerras Mundiales. Almacén de víveres y municiones, puesto de partida y llegada de tropas desde/hasta los frentes de batalla y socorrido hospital de guerra fueron las funciones que cumplió la isla hasta la llegada de la paz duradera al viejo continente, momento en el que Malta inició una larga andadura hasta conseguir la independencia del Reino Unido, potencia de la que había dependido en las últimas décadas. Hoy Malta forma parte de la UE, hace poco adoptó el Euro como moneda de libre circulación y afronta su encaje en la pretendida Unión Europea manteniendo el equilibrio entre su amplísimo legado árabe, la bella influencia siciliana y su flema británica.

Postal maltesa

Quien venga a estas islas perdidas en medio del mediterráneo arenosas playas donde tumbarse al sol, a buen seguro se llevará una gran desilusión, prácticamente toda la costa es agreste y cortada a base de profundos acantilados. Quien venga buscando reminiscencias de arte a la italiana verá sus expectativas frustradas. Pero para quien tenga unos pocos días y quiera conocer la historia de una isla en medio del Mediterráneo, seguro que saldrá satisfecho/a.

Malta es pequeña, pero atesora el perfume mediterráneo.

Detalle de los barquitos típicos malteses (Luzzus)

ÚLTIMAS MIRADAS A CENTROAMERICA

A la historia y la naturaleza

Al alegre colorido

A la riqueza de su iconografía

Y a sus personajes de leyenda

Al arte colonial

A su frescor

Y a su historia contada por los habituales terremotos

A los volcanes y sus nubladas cumbres

Y algunas veces despejadas

Al poderío de su actividad

A las culturas mayas

A sus rituales

A su historia

Grabada en los escalones de sus pirámides

En su lengua de glifos

En sus enigmáticos rostros

Y en sus libros esculpidos en pura piedraA los impresionantes regalos de la selva

A los cálidos atardeceres del Pacífico

A los deliciosos chapuzones en el Caribe

Y sobretodo a las personas ..........

que me acompañaron en este bonito viaje por Centroamerica.

Breves pinceladas chapinas III: El Salvaje Pacífico

Penúltimas miradas al Océano Pacifico antes de regresar a orillas del Mediterráneo. Mi ‘primera vez’ fue en Chile, en Viña del Mar, aunque no fue

Playita de Monterrico

completa, supongo que la inexperiencia y el nerviosismo jugó mala pasada, aunque también debió importar la gelidez de sus aguas. Tuve que esperar unas semanas a completar mi encuentro con las no muy amables olas de ese mar con nombre que invita a la calma. Arica, en el norte del país reunía las condiciones ideales para el primer chapuzón pacífico, aguas aproximadamente tranquilas y temperatura de líquido elemento casi agradable.

Tuvieron que pasar unos cuantos años para reencontrarme con éste infinito

Postales del Pacífico

mar, después de remojarme en otros también lejanos como el Índico. Viviendo en la costa de Ecuador, aunque no fuera en la misma orilla, era difícil no sentir el influjo y la atracción del viejo amigo, muy cerquita de las Galápago. Se hizo patente en nuestro reencuentro que la paz no era precisamente el principio fundamental que moviera sus olas y si bien las remojadas fueron posibles, de la misma manera fueron rápidas. Nadar entre miles de peces, nadar bajo miles de aves, caminar por la playa entre tortugas y cangrejos, todo es posible en un mar que reúne más vida en una de sus infinitas playas que en todo el perímetro del Mediterráneo. Playas por otro lado más propias para el disfrute del surfero que para pasatiempos del simple bañista.

Y como no hay dos sin tres, de nuevo a orillas del mal llamado Pacífico os escribo, aunque a estas alturas, a cuenta de mi familiaridad con él, me atrevo a cambiarle el apelativo por su antónimo, esto es, el Océano Salvaje.

Ya son unas cuantas las veces que he venido a pasar el fin de semana a Monterrico, solo dos horitas me separan de mi casita en Antigua, y, aunque en el altiplano me siento amo y señor de mis sensaciones, haber nacido a orillas de un mar tira más que una mula terca, así que la escasez de anestesiantes razones me ha impulsado repetidamente a pisar las volcánicas y negras arenas tropicales.

Como siempre el máximo placer resulta plantarme en la mera orilla, mojando mis pies al dulce mecer de las olas del mar, mientras admiro en la lejanía el siempre inalcanzable horizonte, perfectamente delineado entre el azul

Las olas del Pacífico

oscuro de un mar siempre agitado y el suave azul de un cielo permanente, eterno. Lástima que esta estampa Mediterránea o Caribeña, en el Océano Salvaje sea difícil de dibujar. Solo cinco minutos después de mi puesta en escena como admirador de horizontes, esta vez en coordenadas guatemaltecas, una inmensa e imprevista ola me puso mirando para Honduras. Si los humanos damos guantazos (al menos antes era así), el Océano Pacífico, mi Salvaje Océano, da ‘olazos’. No fue ni la primera ni la última vez que la salvaje marea me tumba y me pone mirando al cielo o comiendo oscura arena. Es habitual ver una hilera casi infinita de personas esperando en la orilla la llegada de la siguiente ola, de perfil y aguantando la respiración, como quien espera, con sobredosis de moral, resistir la envestida de un desbocado tren de mercancías. Cual partida de bolos, no en pocas ocasiones el marcador muestra un strike a la primera. A los niños y niñas les de una risa que no veas, a los padres y madres un poquito menos, el resto de los bañista ni se acercan. Por supuesto, nadie se atreve a experimentar las sensaciones de ir más allá de unos metros al interior de este salvaje mar que amedrenta el placer del baño hasta a los más inconscientes de los locales.

Nada que ver con mi siempre añorado ‘orinal mediterráneo’, aunque, como

Otro lindo atardecer en el Pacífico

no podrá ser de otra manera, llegado el cada vez más cercano momento del hasta luego a Guatemala y sus mares, ya estaré echando de menos que una de esas olas de ese salvaje mar me azote con su inconmensurable fuerza.

Un niño, pasando justo detrás de mi toalla, le preguntó a su madre con preclara ingenuidad infantil: ‘Mama, el mar nunca se acaba, verdad?’ y yo, tutelando su pregunta tan solo unos segundos y retando a los limites de mi prisión adulta, le respondí: ‘No hijo mio, el mar nunca se acaba, nunca’.  Al menos es lo que yo deseo en los más profundo de mi alma de aventurero, que eses mar, Salvaje o Pacífico y todos sus horizontes, aunque sean el mismo e indivisible, nunca acaben, nunca jamás.

Jugando en la playa

Jugando en la playa

Jugando en la playa

Jugando en la playa

La sombra del fotógrafo



Breves pinceladas chapinas II: Volcanes

A estas alturas son muchas las esencias de Latinoamerica que guardaré como oro en paño, conservadas en los irrompibles frasquitos de la memoria, esencias que servirán de energía a los alambiques del alma para crear las más bellas fragancias del recuerdo, una vez la experiencia americana se haya extinguido y tan solo quede la posibilidad de contemplar lo que fue a través de la venta de un presente que transcurre en un un lugar y un tiempo lejano.

Cráter del Volcán Pacaya

Una de esas esencias será la destilada de mis múltiples contactos con esos seres cónicos que en ocasiones duermen y en otras rugen como solo pueden hacerlo inmortales Dioses. Ya en Ecuador subí y bajé volcanes, los admiré en la distancia, les profesé un respeto reverencial, les tuve miedo, les di un espacio en mi vida. El Lago Atitlan me ofreció una de las más bellas estampas que el alma de un ser humano pueda gozar y en ella tres volcanes tienen protagonismo propio. Hoy vivo en Antigua y de nuevo tres volcanes me acompañan cada día, uno al Sur, el Volcán de Agua, dormidito y apacible, y dos al este, el durmiente Acatengango y el activo escupidor de lava Volcán de Fuego. Un poquito más apartado pero presente como cualquier otro el Pacaya, volcán que mira eternamente al mar Pacífico, también activo.

Si tuviera que definir que significado tiene para mi un volcán mi respuesta

Volcán de fuego escupiendo humo

sería una ventana invisible que te conecta a la incesante vida, a la eterna fuerza, a la enorme potencia que fluye bajo nuestros pies sin que nosotros, en la mayoría de casos, seamos conscientes de ello. Un volcán te enseña que no eres más que un ser que pasea por encima de una gran roca, que no eres más que la tierra que pisas, que estás aquí porque una porción de esa energía decidió darte la vida, una vida insignificante en el calendario de la evolución en la que la mayoría de esos gigante humeantes ha estado presentes desde su inicio, cuando todo empezó.

Rios de lava en el Pacaya

Cuando regrese a Europa, tan desnuda de pura naturaleza y volcanes, echaré de menos sentarme a admirar a esos eternos gigantes y sentir su energía susurándome al oído quien soy y porque estoy aquí. Y añoraré las noches de luna llena y cielo estrellado viendo al Volcán de Fuego escupir lava a borbotones, puro espectáculo de nuestra madre naturaleza, inimitables momentos que permanecerán para siempre grabados en mi memoria.

Breves pinceladas chapinas I: Sunpango o el Día de los Difuntos.

Pues eso, a falta de grandes banquetes viajeros, el 2010 empieza con unas tapitas guatemaltecas, esas de fin de semana, fugaces aunque apetitosas.

El día 1 de Noviembre, acá en Guatemala, la mara celebra, como en cualquier parte del mundo católico, el día de los difuntos. Aunque, en el fondo, nada que ver. Como todo lo que sucede en estas tierras, si algo suena a tradición nunca debes olvidar una palabra, sincretismo. La Real Academia de la Lengua Española define este termino como sistema filosófico que trata de conciliar doctrinas diferentes. Desconozco quien es el autor de esta definición pero a huevos se inspiró en algo muy parecido a Guatemala. Agarrás dos culturas, la maya pobladora de estas tierras desde hace unos 6000 años y la católica impuesta a hierro a partir de 1492, las conciliais en un sincret (juas ¡) y obteneis el apasionante, desconcertante, alucinante, extrabagante, sincretismo chapín.

Festival de Sunpango

Y el festival de Sunpango es uno de los mejores momentos para disfrutar de él. Así que Julien, Natalia y un servidor, junto a unos amigos de nuestro común amigo Pedro, nos lanzamos cámara en mano a cononcer la celebración.

Barriletes (cometas) por todos los lados, grandes, medianos, pequeños, de todos los colores y para todos los gustos, surcan el cielo cenizo. Cientos, miles navegan en el inmenso espacio que hay entre la tierra y el cielo. Cuenta la leyenda que los antiguos pueblos maya elaboraban sus propios barriletes para comunicarse con los difuntos, la

Datelle de un barrilete

cometa encarnaba el vehiculo por el cual los vivos hablaban, en el silencio de un vuelo sin motor, con sus seres queridos, los que ya no están en este mundo nuestro. Colorido, movimiento, música, risas, la nueva vida que crece en formas infantiles corretea sin parar entre los vendedores ambulantes de cualquier cosa que puedieras necesitar si te conformas con poco pero sabroso. Y para colmo un concurso de barriletes gigantes amenizado por una orquesta de marimba, gente bailando ………………. donde está la tristeza? donde la amargura? donde el duelo? donde el pesado, lugubre, barroco ambiente del 1 de Noviembre católico? ……….. pues como no esté en el cementeriooooo ………… Así que agarramos el sendero del

Tumbas decoradas

camposanto albergando en nuestra intimidad el temor y la congoja del que se va a infiltrar en el dolor ajeno, el que va a fisgonear en el llanto personal e intransferible, el voyeur de la tristeza ajena. Primeros pasos dubitativos ……. seremos bien recibidos? Demasiado ajetreo, demasiado colorido, demasiado sonido ambiente ………. enseguida nos sumergimos en una ambiente cuasi festivo, donde las familias preparan un picnic para pasar el día alrededor de la tumba de su ser o seres queridos. Tumbas decoradas con puntiaguadas hojas verdes de pino, anaranjadas flores y blanca cal. Nos acercamos a una de las reuniones familiares, timoratos, ansiando averiguar que se cuece en este extraño celebrar el día de

El día de los difuntos

los difuntos. Como repuesta recibimos un refresco y algunos manjares que se preparan especialmente para este día. Nuestro interrogante tiene una fácil respuesta, viene la familia al completo a pasar el día con los difuntos y vuelan barriletes (cometas) para comunicarse con ellos, así, tan simple, sin más. Y resultó una delicia seguir paseando por el hermoso y alegre camposanto el día que se recuerda a los que ya no están entre nosotros pero siguen presentes.

Si muero mañana, por favor, que se derramen las lágrimas indispensables, que se ensombrezcan los rostros el instante necesario, que el amargo trago sea breve, y sin un segundo que perder, volad cometas, pintad el lugar con los colores que os alegran el alma, disfrutad sabrosos manajares,

nos encontraremos en la alegría.

FELIZ AÑO DESDE GUATEMALA

Chamanes de algunas culturas ancestrales que pueblan las tierras donde voy a cruzar la frontera de un nuevo año cristiano, ofrecen una visión genuina sobre la vida y la muerte. Cuentan que cada uno/a de nosotros/as lleva un/a  guerrero/a en su interior, un luchador o una luchadora que afronta la vida a su manera, con su equipaje de serie, con sus habilidades y sus capacidades. Este guerrero interior no tiene mucho que ver con la violencia ni la imposición sobre otros, más bien dibuja a la persona que busca, que anhela conocimientos y sabiduria, que aprende y hace crecer su espacio interior. Este crecimiento marca el camino de la vida, que transcurre entre ‘paisajes’ conocidos y otros que no lo son y que esperan ser descubiertos, entre sabiduria e ignorancia, entre luz y oscuridad. De estas experiencias va surgiendo un baile personal que representa nuestra vida, un movimiento particular que nos define, la danza de nuestra vida. Cuentan también que un día, cuando hayamos cumplido nuestro ciclo en este mundo, la parca vendrá a buscarnos , tocará nuestro hombro derecho y, al girar nuestra cabeza para descubrir quien nos reclama, nos encontraremos con sus ojos y de ese encuentro de miradas sabremos que ha llegado nuestro último instante. La paciente e inmortal parca, si hemos sido merecedores de tal privilegio, nos permitirá danzar nuestra vida, bailar ante sus ojos nuestra esencia, lo que hemos sido en el camino del vivir.

Suelo pensar en como sería mi danza, la representación de mi vida, y, a pesar de todo lo que me queda por vivir, sea mucho o poco, siento que tendrá mucho que ver con el mito del viaje, con el viajero atemporal, con la mirada clavada en el lejano horizonte.

Quizás cruzar el puente entre uno de nuestros años cristianos y el que le sucede sea el momento en el que hacemos balance de nuestras vidas, cuando ampliamos, en intesidades variables, nuestra mirada interior. Y quizá sea ese momento, en el que una año acaba y otro empieza, cuando más en contacto estemos con esa danza personal, con ese baile genuino e inimitable, con la esencia de nuestra existencia.

Os deseo la más bellas danzas,

FELIZ 2010

CHIAPAS

Hola a todos y todas,

Esto es un no parar viajero¡ (os juro que trabajo, aunque no lo parezca).

La brujula del viajero marca Norte, San Cristobal de las Casas, Chiapas, México.

Compañia madrileña y vasca, Natalia y Jon, dos compis de la cooperación ibérica.

Edificios de colores

Edificios de colores

San Cristobal es una ciudad bien bonita, asombrosamente fria para el clima centroamericano, mezcla de cultura indígena con un ambiente bien cosmopolita. La verdad es que se nota bastante el cruce de frontera entre Guatemala y Mexico, ya que Antigua y San Cristobal son muy parecidas en todos los aspectos, solo se diferencian en que Antigua está muy orientada al turismo y es prácticamente inaccesible al bolsillo de los locales con lo que el ambiente que se respira es básicamente guiri, mientras que San Cristobal conserva mucho mejor y más vivo su carácter e identidad a pesar del turismo.  En los primeros paseos conocimos a unas catalanas que nos recomedaron un garito, el Revolución, antro que nos enamoró por completo. Ambiente alegre y abierto, DJ nivelazo cinco estrellas y música en

Iglesias de colores

Iglesias de colores

directo de buenísima calidad. La primera noche, concierto de un grupo francés que llevaban trompeta,  acordeón, clarinete, guitarra, percusión y voz, que se marcaron temas tanto franceses como españoles y mexicanos con un rollazo que quitaba el sentido. Durante este concierto hice realidad uno de esos pensamientos tontos que, un día, por azar del destino, se acaban cumpliendo. Remontándome a las juergas que nos regalábamos con 18 añitos en el Plataforma de Barcelona, recuerdo que cada vez que sonaba el tema Gimme the Power de la banda mexicana Molotov todo el personal se desgañitaba gritando VIVA MEXICO, CABRONES ¡¡¡¡¡. Era uno de los momentos álgidos de la noche y mi mente de viajero no podía, ni quería, dejar de imaginarse como debía ser ese preciso

Revolución de colores

Revolución de colores

instante pero en el mismísimo Mexico. Pues la fortuna desplego ante mis sentidos es momento muchos años después, en mi primera noche chicana. Los francesitos del acordeón se arrancarón con los acordes y la mara se puso madre, un chavo se anímo, agarró el micro y pendejeó rapeando hasta que llego el chingón VIVA MEXICO CABRONES ¡¡¡¡¡, ijole, la mara lo sacó de las pinches tripas, que chigón fue, se sintió el power mexicano hasta en Chihuaha. La campanilla todavía me recuerda el grito que pegué, pero os aseguro que ni yo mismo lo pude oir, tan intenso fue el grito colectivo. Puede sonar a tontería, pero puse otra cruz en esas cosas tontas que me gustaría hacer antes de agotar mi existencia.

Con el gustito en el cuerpo nos fuimos a dormir, ya que al día siguiente tocaba madrugón para ir a visitar las ruinas mayas de Palenque y unos lagos que nos habían recomendado encarecidamente.

Pero la malahora se cruzó en nuestro camino en forma de desprendimiento. Unas

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El derrumbe

tres horas después de salir de San Cristobal nos vimos atrapados en una carretera bloqueada por una montaña que había decidido descender por su misma ladera. Los augurios no eran buenos la noche anterior cuando nos comentaron que se esperaba la llegada de un huracán en las próximas horas. Y el huracán llegó, debilitado pero peleón, con la suficiente fuerza e intensidad como para cortar toda una carretera. De todas maneras hubiera sido difícil visitar unas ruinas en pleno diluvio universal, así que todos los que ibamos en la furgo nos lo tomamos con bastante filosofia. Las primeras miradas, los primeros comentarios en voz alta, los primeros tanteos de posibles alternativas adaptadas a las necesidades de cada grupo fueron los detonantes de un buen rollito que se generó dentro de la furgoneta de la que solo podíamos salir en contados momentos. La verdad es que se generó una buena onda bellísima y nos echamos unas risas bien sanas en honor a nuestra mala suerte. El resultado final fue la decisión de olvidarnos de los lagos y visitar unas ruinas mayas más modestas pero más cercanas, así, si nos mojábamos de pies a cabeza estaríamos mucho más cerquita de nuestros albergues. Y la malahora concluyó que ya había gozado bastante con lo que llevabamos de día así que al llegar a las ruinas de Toniná solo unas pocas gotas nos hicieron temer lo peor. Como el lugar estaba inmerso en un silencio místico especial, me ahorro las palabras os dejo una ristra de fotos para que disfrutéis de las bellas postales.

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Ruinas mayas de Tonina

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El rey Garra de Leopardo (o Cabeza de Serpiente)

Casita maya

Casita maya

Interiores mayas

Interiores mayas

El huracán maya

El huracán maya

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Con Natalia y Jon

Bonitos momentos en el corazón del mundo Maya. Y no serán los últimos. Pero ya nos sentiamos satisfechos de haber sacado como mínimo un par de fotos en un día totalmente gris y lluvioso al estilo tropical. Además, en San Cristobal nos esperaba el Revolución con promesas de buena música y mejor ambiente. Y las promesas se cumplieron. Un conciertazo de un cuarteto de jazz-funk y un trabajillo menor del grupo de rock que le precedió. Y el ambiente como cada noche, genial. Que chido el Revolución, si pasáis algún día por San Cristobal no dejéis de echaros unas Coronas y escuchar buena música.

En fin, al día siguiente de nuevo madrugón, pero esta vez para ir a visitar uno

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Emiliano Zapata

de los Municipios Autonomos Zapatistas, o Caracoles, que salpican la Sierra de Chiapas. Haciendo un poco de historia rápida, el 1 de enero de 1994, debido a las multiples injusticias que azotan hace siglos a los campesinos y campesinas del agro centroamericano, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional tomó a punta de fusil San Cristobal de las Casas, expulsando temporalmente al ejercito federal que al parecer había estado celebrando el fin de año a tequilazo vivo. La idea era, y continua siendo, la liberación del campesinado chiapaneco de las presiones de su gobierno y del expolio de sus tierras al que estaba siendo sometido, amen del incremento

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Caracol Zapatista

vertiginoso de la pobreza debida a la introducción en los mercados locales de mares de maiz transgénico gringo a precios de risa con el que el producto local no podía competir. Vieja historia centroamericana, gobiernos vendidos a los EEUU en forma de acuerdos de libre comercio, y gringos entrando de su historico patio trasero pasando por encima de las condiciones de vida de la gente que, además, debían morirse de hambre en silencio si no querían que les enviaran uno de los persuasores de la Escuela de las Americas, y los hicieran desaparecer. Pero no siempre el pueblo traga, y en muchas ocasiones se juega la vida por defender lo único que les queda, su dignidad. Y respaldandolos siempre habrá algún movimiento guerrillero, como sucedió en Cuba, en el Salvador o en Nicaragua. Allá donde triunfa una Revolución siempre existen unas condiciones de vida tan sumamente lamentables entre el pueblo, pueblo que debe tragar con el sometimiento al que sus propios gobiernos lo condenan,

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Casa del Buen Gobierno

que no queda otra opción que lanzarse al monte a pegar tiros. Ya me lo decía el compañero troskista Andrés en la Habana, una Revolución, si es verdadera, solo se hace a tiros ¡. Y así es como se hizo en Chiapas. Desde el ’94 la Revolución Zapatista ha ido pasando por diversos momentos, algunos de lucha armada, otros de reivindicativas marchas pacíficas, y actualmente de trabajo de fortalecimiento de las comunidades indígenas que se declararon autónomas y que viven al margen del estado federal de Mexico.

Y allá nos plantamos nosotros, en el Caracol Oventik, el más cercano y más facilmente accesible de toda la zona. En la entrada nos esperaban dos mujeres encapuchadas que muy amablemente nos pidieron los pasaportes y

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Escuela autónoma zapatista

nos acompañaron hasta una casita de madera donde esperaban dos hombres también encampuchados que nos ofrecieron, también muy amablemente, asiento. Después de preguntarnos algunos datos y el motivo de nuestra visita nos acompañaron a la puerta del Consejo de Buen Gobierno Municipal. Allá, campesinos y campesinas en perfecta equidad de género nos invitaron a hacer las preguntas que nos pareciera, a las que, de nuevo muy amablemente, nos contestaron dentro de sus posibilidades. No entro en la conversación porque

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Oficina por la Dignidad de las Mujeres

sería alargar demasiado la entrada que ya va siendo larga, pero os aseguro que fue muy interesante. Después de la despedida nos lanzamos a conocer el Caracol, sus escuelas comunitarias, su hospital comunitario, su Casa de la mujer, y un largo etcetera de espacios que hacen de este rinconcito del mundo un ejemplo vivo para muchas de los Estados que se declaran pro-todoloposible  pero luego no concretan absolutamente nada.

Una autentica lección de participación ciudadana, de autogestion, de compromiso, de responsabilidad social, de alternativa vivita y coleante al sistema imperialista capitalista, en definitiva, de Revolución Socialista al estilo americano.

Y hasta acá mi visita a Chiapas, cortita pero intensa y cargada de imaganes para el recuerdo.

Os dejo alguna fotillo más, que esta vez la cámara vino bien nutrida.

Abrazos desde el corazón del mundo Maya.

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En el corazón de la revolución zapatista.

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Mural zapatista

colorido

Mural Zapatista

Mural Zapatista

Mural zapatista

Pueblo maya, descendientes de maiz.

Pueblo maya, descendientes de maiz.

Mural zapatista

Mural zapatista

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Educación zapatista

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Mural zapatista

VARADOS EN VARADERO

Aun con las buenas sensaciones que nos había dejado la ciudad de Santa Clara, nos dirigimos a un destino, cuanto menos, curioso.

Varadero.

Nuestra intención original era pasar mis últimos tres días en Cayo Brujas, según los entendidos un aténtico paraiso donde prácticar el buceo. No había otra manera de llegar que con un tour operador, así que el lunes a primera hora nos lanzamos a la agencia de viajes para embarcarnos en una camioneta rumbo al paraiso submarino. Pero malas noticias nos esperaban. Estábamos en temporada baja y si no se llenaba la excursión con un mínimo de viajeros, la camioneta no salía. Y así ocurrió.

Única alternativa: Varadero.

Fuera por no complicarnos la vida, por pereza o simplemente por interés antropológico, decidimos pasar un par de días en ese lugar donde, por mi forma de viajar y de ver las cosas, nunca hubiera creido caer.

Creo que el nombre Varedero viene de su naturaleza de península arenosa que se extiende bien al interior del mar, fuera del perímetro de la isla. Supongo que en la antiguedad los barcos, si no iban con cuidado, varaban en esa larga lengua de tierra, se quedaban atascados entre sus finas y pantanosas arenas. De ahí debe venir su nombre. Aunque no solo barcos varan en sus costas. Hordas de personas, sobretodo occidentales, llegan acá para hundirse plácidamente en sus playas, sin importarles un carajo lo que sucede en el resto de la Isla. Sol, playa, música caribeña, pulseritas de colores y todo incluido, nada más hay en Varadero. Absolutamente nada. Nada que  recuerde que estás en Cuba salvo las artesanías y cuatro cosas más.

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Arte callejero (Santa Clara)

De todas maneras la visita no fue esteril para esta mirada discreta puesto que, afortunadamente, nos alojamos en el hotel más barato del istmo, precisamente donde acude la alta sociedad cubana. Una familia cubana que se pueda permitir pagar en divisas el hotel más barato de Varadero es lo más parecido a la aristocracia isleña. Gente con negocios orientados al turísta o las pocas personas que reciben remesas económicas, cosntituyen la minoría que tiene acceso a divisas y que por tanto puede pagar servicios turísticos. Recordemos que el salario medio en Cuba es de 10 dólares/mes, mientras que una sola noche en el hotel más barato cuesta unos 20 CUC (22 dólares). Una noche significa más de dos meses íntegros de salario.

Para que os hagais una idea, la mujer del Camarada Troskista Andrés cobraba

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Arte callejero (Santa Clara)

como pensión 200 CUP, que convertido a divisa nos dan 8 CUC, el equivalente a 8 dólares aproximadamente. Al mes. Imaginad cuantos cubanas y cubanos pueden pasar una noche de hotel. Puntualizar que por muy revolucionaria e igualitaria que sea la sociedad cubana, la testosterona hace estragos como en cualquier otro lugar, así que el machismo institucional hace que mujeres cobren la mitad de pensión que los hombres. En Cuba es difícil encontrar miseria, mucho más que en Guatemala, por ejemplo, pero cuando la encuentras, siempre tiene rostro de mujer.

Pues con la clase privilegiada pasamos ese par de días y fue curioso confirmar que, incluso en un país 100% socialista, las personas tienen tendencia a diferenciarse de los demás en cuanto tocan algo de plata. No creais que las diferencias eran materiales, para nada. Por poneros un ejemplo, el buffé libre del hotel consistía todos y cada uno de los días en exactamente la misma comida, los mismos ingredientes. El primer plato consistía en apio, zanahoria, pepino y remolacha. Las combinaciones entre

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Arte callejero (Santa Clara)

estos ingredientes, la forma de cortalos, la mezcla de colores, la disposición de las bandejas, simplemente pretendían disimular el hecho de que no había más que apio, zanahoria, pepino y remolacha, para desayunar, para almorzar y para cenar todos y cada uno de los días. Y los privilegiados allá presentes aceptaban de buen grado el engaño perceptivo y lo acompañaban con unos modales a la altura.

Todo tenía un aire Chic, a la cubana. Curioso de verdad.

En definitiva, Varadero es uno de esos lugares, como lo pueden ser Lloret de Mar, Salou, Benidorm en el Mediterraneo, nacidos para no pertenecer a ningún lugar en concreto, un espacio tan impersonal como el aeropuerto donde se cruzan gentes de diferentes lugares que nunca llegarán a conocerse, ni les importará de donde viene y donde van el resto de seres humanos que deambulan a su alrededor. Varadero no es más que una postal, un momento insustancial en la vida de muchas personas que regresaran a sus origenes morenos, relajados, con la cámara de foto llenas de las mismas postales que

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Arte callejero (Santa Clara)

les vendieron en la agencia de viajes, y que no sabrán responder ni a una sola de las preguntas sobre la Isla que no tenga que ver con mojitos, ron, mulatos y mulatas además de cultura caribeña enlatada en espectaculos de hotel y preparada para el consumo rápido y totalmente insípido de turistas con muy pocas ganas de ser viajeros.

Como podéis imaginar, la despedida de Varadero fue rápida y ausente de emoción. En los primeros quilometros de la carretera que nos llevaba a la Habana iba yo pensando ya en mi último día en la Isla y todo lo que había sido el viaje hasta ese momento.Pero todavía era temprano para sacar conclusiones. Éstas las encontraría días después de aterrizar en Guatemala.

Antes del hasta luego definitivo, últimos paseos por la  ciudad, últimas carreras por el malecón preparando la media-maraton que me esperaba en dos días en Guate, último mojito con mi hermano, últimos compases soneros, últimas miradas a una isla que esconde todo un mundo que descubrir, un lugar único, irrepetible y bien vivo.

Si alguna vez en vuestras vidas habéis pensado en viajar a Cuba y todavía no lo habéis hecho, no lo dudéis, simplemente id. Eso si, por favor, no vayáis a Varadero, eso sería un pecado, visitad la Cuba real.

Y como despedida un recordatio: Esta semana, por decimoctavo año consecutivo, la Asamblea de las Naciones Unidas ha votado por mayoría abrumadora contra el embargo que Estados Unidos mantiene sobre Cuba. Mi más profundo desprecio a los poderes gringos y israelís, representantes de dos de los tres paises que  matienen tamaña injusticia sobre la Isla. El tercero es Palau, pero todavía lo tengo que encontrar en el mapa, aunque vaya por delante mi desprecio, esté en el continente que sea.

Abrazos cubanos.

Y hasta la próxima.

Mi Brothel, compañero de viaje

Mi Brothel, compañero de viaje

Hasta luego Cuba

Hasta luego Cuba

EN EL ESCAMBRAY (O EL PICADERO DEL CHE)

Trinidad

Trinidad

Mi hermano tenía ganas de moverse y en la Habana iba a invertir mis últimas horas en el país, así que, sin motivo aparente para seguir en la cuidad, después de la despedida de Norie y el hasta luego a Cristina, nos montamos en un bus made in China dirección Trinidad, una bonita y pequeña ciudad colgada entre la sierra y el mar.

Las calles empedradas y los edificios coloniales hacen de Trinidad un lugar

Trinidad

Trinidad

bucólico y apacible, donde, con el permiso de los siempre impertinentes jineteros, pasear resulta una delicia. Y a eso nos dedicamos la mayor parte del tiempo, a pasear y abandonarnos al más puro placer de relajarse.

Trinidad está ubicada en un lugar estretégicamente perfecto para el viajero. Todos los atractivos turísticos están cerquita y se pueden alcanzar con excursiones de un solo día. El primer día nos dedicidimos por el azul turquesa del mar caribe, por sumergirnos con gafas y tubo en las profundidades más superficiales de los arrecifes que oscurecían la prístina luz cubana. No sé si Cuba es el mejor lugar para bucear del mundo, o si hay otros tan o más bonitos, lo que si que puedo asegurar es que sumergirte en las aguas de su mar es una aténtica delicia, un espectaculo sublime. Tanto que un servidor perdió la poca noción del tiempo que aun conservaba y se achicharró la espalda al más puro estilo guiri en Lloret. Y entre zambullida persiguendo peces de mil de colores y largas siestas bajo un cocotero, algún que hacemos? Una cervecita, claro. Y en el chiringuito nos sentabamos otro rato vacio de tiempo, viendo pasar algún coco-taxi cargando turístas en busca de lo mismo que nosotros disfrutábamos, sol, playa, fondos marinos insaciables aderezados con pérdida gustosa y completa de la noción del tiempo.

Ritmo genuínamente tropical que decidimos romper con una excursión a las cumbres del Escambray, monte desde donde el Ché junto con otros

Amanecer en la Sierra

Amanecer en la Sierra

guerrilleros lanzó el definitivo ataque a Santa Clara, ciudad que visitaríamos en unos días. Madrugón de campeonato para agarrar el camión que nos llevaría a Topes de Collante, la Cuba agreste y selvática. Llegamos al amanecer montados en la caja de un camión repletito de guajiros que se dirigían vete a saber dónde con las mismas expresiones de la primera hora punta barcelonesa. Después de confirmar que en Cuba te cobran hasta por caminar por senderos

El Caribe desde la Sierra

El Caribe desde la Sierra

desiertos, decidimos visitar unas cuevas que encontraríamos un hora de caminata más allá, adentrándonos en la frondosa vegetación. Y mereció la pena, tanto el paseo hasta la cueva, como las espectaculares vistas sobre el Caribe.

A pesar de los deliciosos desayunos que nos regalaba la señora de la casa donde nos alojábamos y de estar encantadísimos de ver la vida cubana pasar desde nuestro pequeño balcón, cuatro relajantes días después decidimos partir hacía Santa Clara, ciudad universitaria, de activa vida cultural e inevitablemente impregnada por el espíritu del Che.

Solo entrar a la ciudad sientes la presencia del guerrillero argentino que luchó por el ideal de ver transformada una America Latina pobre y

Ernesto 'Che' Guevara

Ernesto 'Che' Guevara

dependiente en una tierra soberana y de progreso, libre, del pueblo y para el pueblo que siente, trabaja y se alimenta de su fértil tierra. En Santa Clara se encuentran sus restos, junto a los restos de los guerrilleros que murieron en la Bolivia del 67, luchando por globalizar la exitosa revolución cubana a todo el subcontinente. Y por supuesto no ibamos a perder la oportunidad de visitar su mauseleo y dedicarles unos minutos de silenciosa reflexión. Pero el destino nos tenía guardado un golpe de efecto totalmente inesperado. Fuera realidad o simplemente una táctica comercial barata, la habitación donde nos alojamos los primeros días fue en su momento, siempre según su propietario, el lugar donde retozaba el Che junto con su amante y compañera de armas Aleida March. Cuenta la historia, que el propietario se esforzaba en subrayar con fotos y artículos de época,  que una vez caida Santa Clara, abandonada por Batista la Habana y tomada la ciudad de Santiago de Cuba, el Che se desplazó a la capital para hacerse cargo de los primeros pasos de la Revolución, trabajo que le permitía muy de tarde en tarde acercarse a Santa Clara, donde vivía Aleida March. Al parecer su relación no era bien vista por los padres de ella, ya que Ernesto estaba casado y tenía dos hijos, así que para retozar lejos de las miradas conservadoras familiares se refugiaban en la habitación de una casa

Mancillando el supuesto picadero del Che

Mancillando el supuesto picadero del Che

propiedad de una amiga de Aleida. Y adivinais en que habitación estabamos nosotros alojados? . Verdadera o falsa,  la anécdota da para contarla y recordarla. Además, la sensación de estar durmiendo donde el mismisimo Che Guevara pudo reposar su alma de guerrero es algo que no se olvida facilmente, más alla de dudas y certezas.

Pero tampoco era tanta la emoción como para quedarnos encerrados allá todos los días, así que agarramos las mochilas ligeras de excrusión urbana y nos zambullimos en el hervidero de gentes que era el parque central de la ciudad. Y fue inevitable entrar en un garito donde tocaban unos soneros que quitaban el sentido. Un palo de microfono tricéfalo transportaba las voces bien arrimadas unas a otras de los soneros, alguno de ellos bien entrado en años y con un arte para cagarse patas abajo. Para acompañar ese ambiente especial decorado con melodías soneras y espíritu caribeño, nos pedimos los mojitos de rigor, mientras observabamos como unos cubanos sacaban a bailar a unas nordicas, inconfundiblemente vikingas, que, aparentemente poseidas por el espíritu del Dios Thor, bailaban salsa con la gracilidad de un mamunt con sobrepeso. Y es que la naturaleza les habrá otorgado inumerables dones, pero entre ellos no se encuentra el de la expresión corporal, por lo menos no con la sensibilidad latina.

El ambiente prometía diversión, y después del relax acumulado en Trinidad, el cuerpo pedía movimiento, cultura y vida social, así que buscamos oferta y enseguida la encontramos. De hecho Santa Clara no tiene ningún atractivo turístico, a parte de la figura del Che, claro está, pero lo que si tiene es una viva escena cultural, con conciertos, teatro, cine, exposiciones y un largo etcétera de posibilidades para conocer la Cuba más desenfada, inovadora y atrevida, menos oficialista y propagandística. Y nos fue bastante fácil decidir que el fin de semana lo dedicariamos a la cultura. Pero, al parecer, el azaroso destino, no conforme con hacernos dormir en el lecho pecaminoso del Che, fulminó de un infarto a uno de los grandes comandantes de la Revolución, el Comandante Almeida, uno de los soñadores que viajó en el Granma, que sobrevivió al desembarco, que resistió en la Sierra Madre, que comandó regimientos y que acabó expulsando a los vividores y corruptos capitalistas que convirtieron la isla en un casino gigante plagados de puticlubs, mientras los guajiros y guajiras, el campesinado cubano, se moría de hambre abandonado por una dictadura, marioneta gringa, que ni les representaba ni se preocupaba por su mísera existencia. Tremendo notición el de la muerte del Gran Comandante, noticia que culminó con la declaración de luto oficial durante todo el fin de semana, o lo que era lo mismo, toda actividad cultural programada debía ser aplazada. Nuestro gozo en un pozo, y, aunque las reuniones en el parque central seguían igual, con ese hormigueo constante de personas consagradas al deporte nacional de la chupadera de ron, la banda sonora de la isla guardó silencio. Era como si a Cuba le hubieran puesto el ‘mute’ o silencio total.

Imaginé que, en esos momentos, las vikingas se debían sentir como en casa.

Sin alternativa posible, decidimos mimetizarnos en el ambiente, y que mejor forma que hacer cola en el Coppelia, la única heladería, por supuesto estatal, donde los cubanos y cubanas pueden permitirse el auténtico lujo de disfrutar de un helado. Eso si, cantidades perfectamente racionadas que incluía más de una hora de plantón. La espera fue amenizada por un conflicto entre la gente y unos militares uniformados que, con el morro que se caracteriza al que se cree con privilegios especiales, se colaron descaradamente. Algunas personas se levantaron contra la violación de la igualdad de derechos y obligaciones, contra los privilegios de los que se creen poseedores los funcionarios estatales, y gritaron a los militares cosas como así va nuestro país ¡¡¡, los funcionarios os creeis superiores ¡¡¡ comemieldas ¡¡¡¡¡. Aunque fueron unos momentos de tensión, la sangre no llegó al río, los militares acabaron colándose y la gente comentó la jugada mientras esperaban pacientemente su turno. Por un momento, esta escena me recordó a los desencuentros que me describía en la Habana el Camarada Troskista Andrés, desencuentros entre el pueblo cubano y un gobierno cada vez más ajeno y alejado de su realidad.

Y después del helado, cine. Y es que la sala de cine ubicada en el hotel Santa Clara Libre era la única atracción cultural permitida esos días. La película programada resultó ser un panfleto propagandístico cortado a la medida del oficialismo. La sinopsis podría ser, heroica resistencia urbana lucha contra la represión batista, punto pelota, nada más, 90 minutos de celuloide destinados a replicar el incesante runrun revolucionario. Y es que cansa esa constante gota malaya propagandística a la que están sometidos en su día a día cubanos y cubanas. Cuba resiste es un eslogan bonito y seductor para los movimientos de izquierdas no reformistas, pero para la población cubana significa 50 años de estado de guerra constante, de servicios militares de dos años donde se les adoctrina contra el, siempre presente en el imaginario colectivo cubano, ataque gringo, de consignas patriotas y de racionamientos. Al menos eso nos aseguraban, siempre en voz baja y mirando de reojo a las patrullas de la policía revolucionaria, algunas personas con las que hablamos. Ante la cola que se había formado para dar el último adiós al Comandante Alemidas en la municipalidad de Santa Clara, formada por chorros de gentes uniformadas, desde funcionarios a estudiantes que esperaba paciente su turno, alguna conversación espontenea iba surgiendo, y de éstas supimos que mucha de esa gente no estaba por ‘voluntad’ propia sino para evitar que les quiten algunos pluses de sus paupérrimos sueldos (el salario medio cubano es de 10 dólares). Cansancio es lo que presientes en las conversaciones con el pueblo, cansados de propaganda revolucionaria, de embargos injustos y mil veces condenados por la mayoría del planeta, de racionamientos y restricciones, de presiones externas e internas, de aguantar y resistir año tras año mientras las cosas cambian bien poco o práctimamente nada. Supongo que de ahí surge la picaresca cubana que se puede resumir en el adagio hecha la ley, hecha la trampa, intentar esquivar la norma siempre con la inteligencia suficiente como para no transgredir la ley, ley que en Cuba se aplica con mano dura (no más que en otros paises civilizados).

Y es que esta es una de las contradicciones que más me impactó durante mi viaje por la Isla, el vivo espíritu revolucionario del pueblo mezclado con un sentimiento indisimulable de cansancio y fatiga.

Hasta la Victoria Siempre

Hasta la Victoria Siempre

Fatiga que no nos impidió visitar el mausoleo del Che y otros guerrilleros el mismo día en que otro Comandante de la Revolución moría. Así como también subir a la colina desde donde Ernesto Guevara y su compañía planearon el asalto al tren militar repletito de refuerzos que se dirigía desde la Habana a Santiago para intentar evitar la derrota de la dictadura batistiana, dictadura que caería definitivamente en el momento en el que ese tren entraba en un segmento de vías previamente destrozado por los guerrilleros. Descarrilado el tren y rendidas sus tropas, decapitada difinitivamente la dictadura, victoria de una revolución que solo fue posible gracias a un pueblo que se sublevó para ganar los derechos violados por la dictadura que hoy sigue agazapada bien cerquita, en Miami.

Y dejando atrás Santa Clara y la figura del Che, que no sus espíritus, encaraba mis últimos días en Cuba.

Y como despedida un cada vez más sentido Hasta siempre, Comandante Che Guevara.

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Ernesto 'Che' Guevara