LOS DÍAS CENTROAMERICANOS (2008-2012)

por Sergio Torres

Hace poco más de dos años que, sin ser apenas consciente de ello, puse punto final a mi pedacito de vida en América Central. Al menos a ese pedacito que contempló mi deambular vital entre 2008 y 2012.

Si mal no recuerdo era un mes de agosto de 2008 cuando aterrizaba en el Aeropuerto de la Aurora guatemalteco para coordinar, junto con organizaciones locales, proyectos  de desarrollo centrados en la soberanía alimentaria de comunidades indígenas del altiplano chapín. Y fue cuatro años más tarde, un julio de 2012 cuando embarcaba en el aeropuerto de Comalapa en un avión que, de momento, ha sido el último que me  ha transportado de un lado al otro del Atlántico, esta vez desde el Salvador, el paisito, el Pulgarcito de América, donde  había coordinado otros cuantos proyectos de cooperación internacional centrados en la igualdad de género. Y en el corazón de estos cuatro años transcurridos, infinidad, miriadas de movimientos por la geografía mesoamericana, desde los pequeños pero nutritivos desplazamientos a las profundidades de las comunidades originarias en altiplanos, selvas y costas, hasta los viajes a la contundente e enigmática historia de sus tierras.

Incluso ahora, escribiendo estas lineas, me embarga una fuerte emoción, un cóctel de melancolía y añoranza de los días pasados y de profunda alegría por la fortuna de haberlos vivido.

De esos días recuerdo la esbelta silueta de los volcanes que configuran la espina dorsal del alargado y prieto istmo centroamericano, los profundos bosques y selvas guatemaltecas y las amplias y luminosas llanuras nicaragüenses; de esos caudalosos ríos de aguas ora tranquilas ora turbulentas, siempre temibles, que configuran las venas y las arterias que riegan de vida esas latitudes y que alcanzan su máxima expresión en tierras costarricenses; de la frondosa vegetación que rompe a cada paso la piel de sus poco agraciadas ciudades, de las caóticas, ruidosas, peligrosas pero también intensas, inquietas, vitales San Salvador, Ciudad de Guatemala, Managua, Tegucigalpa, San José.  Y como olvidar la gran y profunda intensidad del infinito Océano Pacífico y las más quietas y cristalinas aguas caribeñas, hogar de esas enigmáticas, casi alienígenas, culturas garífunas, culturas de los esclavos parias del mundo que encontraron en la costa atlántica del centro de América su tierra prometida. Si cierro los ojos todavía puedo saborear la dulce textura del sincretismo cultural de esas tierras acostumbradas a adaptarse y readaptarse a tantos ocupantes bárbaros, la mezcla cultural solidificada en sus artesanías y los multicolores ropajes de sus comunidades originarias, de los Queqchi, Caqchiquel, Tzutuhil, Quiché y de tantas otras que cultivan sus tierras desde tiempos inmemoriales. De sus antiguas ciudades, una vez estandartes de grandes civilizaciones, como la Azteca, la Maya, la Tolteca, la Olmeca, hoy perdidas en el inquietante silencio de la enigmática selva. Y de esas otras ciudades, estas más modernas, que dan testimonio de la presencia ibérica en estas latitudes, ciudades como Antigua Guatemala, Granada o Suchitoto, cuyas calles y edificios recuerdan el urbanismo castellano y andaluz de la siempre polémica época colonial.

Y como no, de todas las personas con las que tuve la oportunidad de compartir los buenos, malos y regulares momentos vividos en esos días centroamericanos, aquellas que pusieron corazón y alma a esta tierra de profundos contrastes.

Por supuesto, entre esa cascada de recuerdos no puedo evitar encontrar también imágenes que hablan de la fealdad del alma humana, de la violencia y de la corrupción, del sufrimiento, la desilusión y la desesperanza.

Pero hoy, poco más de dos años de mi regreso a tierras europeas, navego mi mirada a través del vasto Océano en dirección a ese delicado y frágil cordel que une las Américas del Norte y del Sur, y este es el recuerdo que deseo tener, el recuerdo de aquellos paisajes y paisanajes de los que caí irremediablemente enamorado.

 

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