MÉXICO, UN RINCÓN ESPECIAL EN MI MUNDO

por Sergio Torres

Viajar es descubrir, es desvelar una incógnita que hasta ese momento se encontraba cubierta por una traslucida capa de conocimiento distante. Habitualmente, toda la información que coleccionamos antes de partir con el fin de dibujar apenas un caótico collage de aquel lugar en el que vamos a vivir la impredecible aventura de viajar, sirve de material para construir un preconcepto, una idea precocinada de ese transitoriamente opaco rincón del mundo. A menudo, esa visión apriorística sirve de puente, más o menos sólido, para conectar la realidad cotidiana con una realidad lejana, sumida en un bosque de luces y sombras. Una vez en la otra orilla, no siempre se produce un perfecto encaje entre la imagen elaborada a base de fotos de viajes ajenos, de opiniones en foros, de guías ojeadas, de mapas mil veces desplegados,  y la realidad recién contactada. No son pocas las veces en las que tienes que invertir tiempo en revisar tus notas mentales, en reeditar viejos discursos a medida que avanza tu experiencia en esas tierras. En estos reajustes, a pesar de no ser fáciles, siento que reside la verdadera experiencia de viajar, el verdadero aprendizaje, el motor del cambio, la fuente del crecimiento.

El resultado deseado de unas vacaciones es el descanso, el relax, quien sabe si disfrutar con fortuna de un gramo de vida tranquila. El resultado de viajar es el cambio, el replanteamiento de esquemas que si antes parecían ser las paredes maestras que soportaban nuestra identidad, una vez dejamos reposar la reciente experiencia viajera, sentimos como frágiles tabiques a punto de desmoronarse bajo los movimientos sísmicos provocados por los múltiples choques culturales vividos. Quienes amamos la experiencia del viaje, o quienes quizá simplemente la necesitamos para seguir inhalando profundas bocanadas de vida, sentimos que hay lugares donde esos movimientos sísmicos son mayores, esos choques culturales más potentes y enriquecedores, donde la posibilidad de replanteamientos, del cambio, de la mutación es prácticamente inagotable. Sabemos que una vez pongamos un pie sobre su piel, el pie con el que la dejemos atrás no pertenecerá a la misma persona.

Para mi, uno de los lugares donde la experiencia de viajar se encuentra en la estantería delicatessen, es México. Durante mis años centroamericanos, tuve la gran fortuna de conocer de una manera pausada, suave y  progresiva, como esa fina lluvia que cae sobre los campos, suficiente para hacer brotar el eterno ciclo natural de la vida, algunos rincones de este hermoso y misterioso país. Desde ese primer encuentro con Chiapas, la prolongación de la diversidad cultural de la Centroamérica en la que residía y que ya intenté plasmar en una entrada de este mismo blog, pasando por la visita a Oaxaca y sus manjares, su tequila y las cumbres de su Sierra Madre . Más tarde desembarqué en la península del Yucatán, más allá del enlatado turismo de Cancún, a la orilla de un mar caribeño donde la vida puede ser absolutamente deliciosa, repleta de fantásticas playas vírgenes bañadas por un mar azul turquesa, decoradas con infinidad de frutas tropicales servidas en embriagadores batidos, tierra sumergida en el delicado susurro de la vida al pasar. Viaje que continuó hacia el sur, hacia las profunda e inhóspita selva petenera, frontera con la vecina Guatemala, que esconde antiguos secretos de las civilizaciones que la habitaron en tiempos ya remotos. Civilizaciones como las que construyeron ciudades hoy sumidas en el silencio de los tiempos, como Teotihuacan, Mitla, Palenque, Kalakmul, y tantísimas otras. Y en cualquier parte, la apabullante expresión de una naturaleza insondable, y no importa donde, la vitalidad, el colorido, la musicalidad de una cultura magníficamente vital.

Pero el gran descubrimiento fue su capital, el Distrito Federal, esa mole urbana que aplasta su pasado sin conseguir ocultar el latir de su verdadero corazón, aquel que un vez llevó el nombre de Tenoctitlan, la capital mexica, hogar de aztecas y que ni los más arduos intentos de Hernán Cortés pudieron nunca borrar.  México Distrito Federal, o como se le conoce entre amigos, el DF, es uno de esos lugares donde deseo vivir una temporada para poder disfrutar de cada una de sus adorables incoherencias. Su contemplación me fascina como me fascina la contemplación de un cuadro de Dalí. No en vano, André Breton, uno de los grandes maestros del surrealismo declaró después de vivir unos meses en la capital que México era el único e inigualable país del surrealismo. La explosión de cultura en sus calles me fascina, me hipnotiza y me transporta a cada paso a realidades cuyo codificación necesito irresistiblemente descifrar. Mi mirada viajera en la capital de México se embriaga, se emborracha de sus aromas, de sus sorpresas inesperadas, de las habituales sonrisas de sus gentes, de la banda sonora que una música siempre presente y que, para quienes no entendemos la vida sin banda sonora, solo puede representar un regalo de los dioses. Miriadas de museos, algunos de ellos difíciles de entender usando una mirada convencional, de santuarios en honor a vírgenes imposibles, de  tiernos luchadores enmascarados cuyo único objetivo defender al débil, de puestos de deliciosa comida casera a pie de calle, de mercados a cada esquina vendiendo desde lo más necesario a lo más incomprensible,  la locura tan agobiante como emocionante de su subsuelo, los paseos por sus enormes parques, las conversaciones con sus siempre amables y agradables gentes. Todo esto y mucho más, hace que, para mi alma viajera, México y su capital resulten un elixir, un lugar donde siempre regresar y quien sabe si en un futuro una nueva residencia temporal en mi vida nómada.

La lectura de Pedro Páramo, la gran novela de Juan Rulfo, se me antoja la mejor forma de saborear el aroma de este gran país en la distancia, abrir las contraventanas de su portada y dejar penetrar en tus sentidos esa brisa preñada de las infinitas sensaciones e interrogantes, es la mejor manera de visitar y revisitar su alma siempre inquieta, poderosa y delicada.

Si algo representa México en mi devenir viajero es la posibilidad del replanteamiento constante de una realidad preconcebida, la crisis de los sistemas de pensamiento que ordenan el mundo según modelos, la sutil verdad del desorden y el caos, la perfecta comunión del esfuerzo por comprender y la delicia del sentir. Nunca una visita a esta tierra me dejó indiferente y siempre me enriqueció como viajero y como persona. Siento las tierras mexicanas como un rincón muy especial de mi mundo conocido, me siento a menudo eterno habitante de su particular y entrañable universo.

 

Varios viajes, de 2008 a 2012

 

 

 

 

 

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