QUIZÁ PORQUE MI NIÑEZ SIGUE JUGANDO EN TU PLAYA (EUROPA EN LA DISTANCIA)

por Sergio Torres

Durante los mágicos e intensos años en lo que me ausenté de su presencia, Europa pareció diluirse en un pozo de tiempos lejanos.

Los años vividos en América empequeñecieron el viejo continente en mi memoria. La magnitud y dimensiones de las tierras y culturas que encontré al aterrizar al otro lado del Atlántico dejaron en un fulgurante segundo plano mi vivencia de Europa. Nací, crecí, me eduqué, trabajé, me divertí, viajé por primera vez en su piel, que durante tanto tiempo fue también la mía, la única. Los primeros viajes a tierras lejanas empezaron a transformar esa piel única en una piel diversa, en una piel camaleónica donde ya no solo se dibujaban los símbolos propios de la cultura europea, y muy particularmente, de la Europa Mediterránea, sino que una nueva simbología tomaba relieve. La decisión de trasladarme a un nuevo continente hizo que el eje vertebrador de mi identidad cultural perdiera su centro para pasar a ser sólo una más de las diversas dimensiones culturales que me definen. Si la experiencia del viaje a menudo tiene la mágica capacidad de permitir el replanteamiento sobre quienes somos y quienes son los demás, trasladar residencia, vida, ser a tierras que no son las que te vieron nacer, hace que tu yo, aquel quien eres, cambie para siempre jamas, irremediablemente, como si de un viaje si retorno se tratara. Mientras avanzaba mi devenir en América, sentía como, poco a poco, esas referencias culturales que habían orientado mi comportamiento y me habían ayudado a entender el mundo de una determinada manera entraban en crisis. A medida que iba incorporando nuevas formas de entender el mundo, los perfiles antes bien definidos del viejo pensar europeo iban degradándose como si de una nube pasajera se tratara. Poco a poco, ese viejo, pequeño y descascarillado continente, cuna de ilustradas razones y oscuras luchas fraticidas, se alejaba en mi horizonte, se desvanecía con el paso del tiempo hasta casi no reconocerme en ese yo que durante su infancia, adolescencia y juventud habitó sus tierras.

No obstante, a pesar del embrujo que sobre todos mis sentidos ejercía el descubrimiento de la nueva tierra, nuevas gentes, nueva naturaleza e inevitablemente un nuevo yo, no eran pocas las veces que una extraña y repentina sensación de añoranza me despertaba del conjuro americano. Llegaba muchas veces en forma de inquietud, de sensación de hormigueo en el estomago, como si de un presentimiento se tratara. Poco a poco iba aumentando su columen y su potencia, a cada momento reclamaba más protagonismo en mi pensar.  No se trataba de esa frecuente nostalgia, ese periódico echar de menos, sobretodo de mi gente, familia y amigos, a los que dije ‘hasta luego, algún día regresaré … quizá …. quien sabe?‘. Apenas cosquilleos del alma, malestares leves de la vida del expatriado que podía solucionar con una llamada de teléfono o una sesión de videochat. Se trataba más de un reclamo visceral que agarraba mis entrañas apretándolas con la palma de una mano, que no era otra que la mía propia pero que pertenecía a un yo de tiempos pasados. Mi intuición me decía que era ese ser que nació a orillas del mediterráneo catalán, ese ser al que estaba dejando atrás, al que ya apenas prestaba atención, y que quería seguir siendo y estando, que me pedía que no lo olvidara. Mucho tiempo pasé intentando encontrar una palabra, una frase, cualquier expresión que ayudara a cobrar vida propia a ese sentimiento para así poder entenderlo. Todos los intentos fueron en vano.

Hasta que una noche de marzo, en el Palacio de Congresos de la ciudad de San Salvador, mientras es animalillo travieso mordisqueaba mi fibra sensible y mi mente buscaba los porqués, Joan Manel Serrat, uno de los pocos artistas que aun conserva ese buen hacer humano de dejarse caer por tierras que un día le regalaron su cariño, por poco rentables que estas sean y por poco que vistan sus escenarios, preparaba la respuesta definitiva entonandado los primeros acordes de la entrañable ‘Mediterráneo’ . Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa cantó, como seguía cantando desde que yo era solo un pequeñajo en la Barcelona de la transición y  jugaba en el salón de la casa familiar a conquistar nuevos territorios ayudado de un invencible ejercito de muñequitos, mientras mi madre acompañaba a Serrat haciendo de improvisado coro.  Como si de un mágico elixir se tratara, esa frase actuó como antídoto de mis inquietudes, fue la llave que abrió el baúl de sabiduría. Quizá porque mi niñez sigue jugando en sus playas, esas playas de colores y aromas mediterráneos, mi ser añoraba de una forma casi irracional esos tiempos y esos paisajes. Y quizá porque sumido en mi hechizo americano había abandonado en una fría habitación de olvido a ese niño que fui a orillas del mar de Ulises. Mi yo de ese tiempo reclamaba su merecida atención y cuidado.

Y fue a partir de ese momento que, despertando de vez en cuando del sueño americano, dedicaba tiempo a recordar, a volver a sentir aquellas emociones tan particulares y únicas. Comprendí que no solo se trataba de hablar regularmente con mis gentes, de seguir las noticias acaecidas allá en mi tierra, de reunirme de vez en cuando con personas expatriadas como yo para compartir los desasosiegos del destierro voluntario. Se trataba también de no olvidar a ese niño que jugó abrigado por un eterno cielo azul y la mágica luz mediterránea, a ese adolescente que se lanzó a las primeras incursiones en tierras bárbaras del continente europeo, a ese joven que un día subió a un avión con destino a los Balcanes de la postguerra para descubrirse viviendo en una Europa insospechada, un pedazo de continente que contradecía abiertamente la idea de una Europa única, monocroma, occidental. Demasiados recuerdos, demasiadas huellas en mi memoria asociadas a Europa y al Mediterráneo como para no dedicarles tiempo de calidad. A veces, sentado a orillas del belicoso Pacífico o del más sutil Mar Caribe, lanzaba mi mirada a través del vasto Atlántico mirando en dirección al lugar de donde esas memorias llegaban, esperando con ilusa paciencia que un caprichoso movimiento de tierra acercara ambos mundos y que, con la simple ayuda de un pequeño salto, pudiera estar allí de nuevo, solo un instante, un breve momento, pero estar allí, completamente.

Siempre que regresé de vacaciones a Barcelona, después de haber proporcionado a mi alma la esperada y necesaria satisfacción del reencuentro con mis gentes y mis lugares, reservé aunque fueran solo tres o cuatro días para darme un pequeño pero placentero paseo por el viejo continente. Ya fuera en el salvaje y autentico Mediterráneo almeriense, en el inmenso museo al aire libre de Roma y Nápoles, en el no menos impresionante marco de la Grecia Clásica ateniense, en las antiguas y agrestes islas griegas bañadas en la eterna luz mediterránea, en las nostálgicas callejuelas de Oporto, en las elegantes y evocadoras calles de París o en la vital y cosmopolita Londres. Fuera donde fuera, mi alma viajera buscaba tomar una profunda bocanada de aromas europeos que llevarse de vuelta a la residencia americana, conservándola como un precioso perfume que poder disfrutar en momentos de nostalgia. Uno en particular endulzaba los escasos pero amargos tragos del desarraigo, el aroma de ese mar en cuyas playas mi niñez sigue jugando.

 

Varios viajes por Europa, 2008-2012

 

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