NAMASTÉ QUERIDO MAHESH

por Sergio Torres

Querido Mahesh, (o Carlos, como me pediste que te llamara cuando nos conocimos viajando en el techo de ese autobús),

Han pasado ya semanas desde que las primeras noticias sobre la incertidumbre de tu paradero empezaron a inquietarme. Inquietud que con el paso de los días se transformó en preocupación, y poco después en alarma. Cada día crecía la certeza de que dejabas tus huellas en una nueva ruta por el Langtang el día que Nepal tembló desde sus entrañas.  Y cada día, sin falta, he entrado en ese Facebook donde nos solíamos encontrar de vez en cuando, empujado por la esperanza de encontrar una sencilla señal de vida, con la ilusión de que leyeras todas las cosas bonitas que la gente ha escrito sobre ti, las palabras que te han dedicado de todo corazón. Hoy todo lo que siento es una profunda tristeza. Ni siquiera la puedo endulzar jugando con la idea de saberte descansando en paz en aquellas montañas que tanto querías, la realidad es mucho más cruda y cruel, en absoluto merecías que tu amor por ellas fuera correspondido con algo tan horrible. Últimamente me invaden recuerdos de aquellos días en la senda del Langtang, hoy recuerdos tremendamente agridulces. Recuerdo las primeras bromas que me hiciste en lo alto de ese autobús que a cada curva se asomaba a un profundo precipicio, bromas que lograban sacarme una sonrisa en plena crisis de pánico. Tu mirada era profunda y transparente y sé que enseguida sentiste en mí aquella careta impostada de caminante novato que pretende esconder miedos y incertidumbres tras una máscara de seguridad aventurera. Y no tardaste ni dos segundos en regalarme tu atención y tu luz. Y ya no la dejé de sentir hasta el día de hoy. Recuerdo como me explicabas la historia de esos senderos montañosos, recuerdo con qué infinita humanidad te acercabas a la gente de los poblados y te interesabas por aquello que necesitaban, por si en tu siguiente visita les podías traer aquello que les faltaba. Te recuerdo de pie con esa luminosa sonrisa, al final de los intensos días de caminata, sosteniendo un palo con un bolsita de sal atada a su extremo superior ofreciéndome tu ‘magia nepalí’ para sacarnos las sanguijuelas que nos habían cazado durante el camino. Esa imagen nunca la olvidaré. Eras tú haciendo tu magia. Tampoco olvidaré cómo me cuidaste los días que pasé en Katmandú con el peroné roto fruto de ese maldito resbalón en la última etapa de la caminata, cómo me acompañaste en cada momento en el hospital, cómo me ayudaste a encontrar aquella clínica que me pudiera hacer las radiografías necesarias, y como me acompañaste hasta el mismísimo aeropuerto cuando mi única opción fue regresar a casa. Semanas después llegaron mi hermano y mi amigo Manel a Nepal para caminar contigo esos imponentes senderos del Himalaya y a su regreso, cuando me hablaban de ti, entendí que habían visto todo aquello que yo vi, habían sentido tu magia. Que bueno fue tenerte unos días por Barcelona y compartir mi ciudad y sus rincones contigo. Esa fue la última vez que te vi, hace ya más de cuatro años. Desde entonces he ido sabiendo de tu vida a destellos. Sé que encontraste aquella compañera que tanto ansiabas encontrar y sé que tuviste un hijo. Y también me explicaste que cada día te iba mejor en ese intento de ganarte la vida practicando tu pasión, caminar por esas montañas del Himalaya que son tu verdadera casa. Sin duda merecías que la vida y la suerte te sonrieran de vuelta. Cada vez que nos encontrábamos en el ciberespacio, me embargaba una sensación de urgencia por encontrar ese hueco en la dichosa agenda que me permitiera volar a Nepal y compartir contigo pasión esa por las montañas y tu inagotable magia. A pesar del tiempo y la distancia, aquella luz que vi en ti y que me alumbró aquellos días en el Langtang no perdió ni un gramo de intensidad. Hoy lo sé, hoy soy más consciente que nunca de la gran suerte que tuve al conocerte, al compartir contigo aunque solo fuera un instante en 40 años de vida, hoy sé que ese encuentro tuvo un valor de vida inmenso. Y hoy también sé que tu luz ha alumbrado multitud de vidas que tuvieron la suerte de conocerte y disfrutarte. Sin duda tu humildad, tu simpatía, tu humanidad y tu cercanía han acariciado centenares de almas, que hoy se sienten el sabor agridulce del placer de haberte conocido y el dolor de la despedida sin retorno.

Namaste querido Mahesh, ni la más profunda de las oscuridades podrá apagar tu luz.

Un eterno abrazo.

Sergio.

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