CAMINANTE NO HAY CAMINO: PIRINEOS O EL GRAN RETO 11

por Sergio Torres

Una vez más enfilaba el camino tantas veces recorrido, un camino que lleva del luminoso azul mediterráneo al profundo verde de los Pirineos.

Pero esta vez mis pasos dejaban su huella en un desafío montañero con nombre y apellido, el Gran Recorrido Pirenaico 11. El también conocido como GR11 atraviesa la espina dorsal de los Pirineos de este a oeste (o de oeste a este, dependiendo de la dirección de tus pasos), de las orillas del Cantábrico a la Orilla del Mediterráneo, de Cabo Higuer en Donosti a Cap de Creus en Girona, a lo largo de un incesante sube y baja de 750 kilómetros. Bosques, lagos, valles, ríos, glaciares, rocas, imponentes collados, idílicos valles atravesados por gentiles arrollos, impactantes caídas de agua que golpean la eterna roca sin piedad, refugios montañeros de cuento de hadas, agónicos momentos de sufrimiento que ruegan una misericordiosa rendición, intensas experiencias de comunión orgánica con esa grandísima obra sobrehumana a la que llamamos Naturaleza, en fin, fugaces pinceladas que tan solo aciertan a perfilar en este blanco lienzo la mastodóntica figura del Gran Recorrido 11. Voluntades de hierro afrontan el reto de realizar esta travesía pirenaica en un único intento, caminar las 44 etapas en un solo esfuerzo, de punta a punta, de mar a mar. Voluntades menos dadas a estas titánicas orgías, como sin duda es la mía, se conforman con caminarla pausadamente, tranquilamente, etapa a etapa, sin superar los excesos físicos que al alba no se puedan pagar, sin voluntad de retar a una montaña que en todo momento te recuerda la pequeñez y la fragilidad del microscópico ser que eres y que camina sobre su piel sin apenas ser advertido, sin que esa gran mole de gigantes de eterna roca note tu presencia. Año tras año recorro un puñado de etapas, me dedico durante algunos días a seguir la guía que ofrecen dos franjas, una de color rojo y otra de color blanco, marcas del camino a seguir allá donde la civilización afortunadamente no alcanza a contaminar con su progreso y su desarrollo. Tramo a tramo, etapa a etapa, esfuerzo a esfuerzo, voy caminando el camino 11, la Gran Ruta Pirenaica, un viaje diferente, un reto seductor, una experiencia inolvidable.

GR-011GR11

Esta vez el trayecto comenzaba en Encamp, Andorra, donde como primer plato andarín me esperaba una de las subidas más extenuantes de todo el recorrido, la que lleva al Coll d’Ordino y que tiene unas rampas de un desnivel inmisericorde. Esa imponente primera rampa medía yo con mi mirada mientras ajustaba mi nueva mochila cargada con más de 10 kilos de material montañero (tienda, saco, colchoneta, hornillo, …). Una vez todo estuvo comprobado, el peso bien distribuido, inicié el trayecto que me debía llevar a través de decenas de kilómetros por las cotas más altas de los pirineos catalanes y andorranos. Seis días con sus seis noches caminando, descansando, sufriendo temibles pendientes, disfrutando de los más hermosos y a la vez siniestros parajes pirenaicos. Y la subida al Coll d’Ordino ofrecía lo que prometía, 3 horas de ascenso prácticamente sin descansos que supusieron un auténtico martirio para mis frías y desacostumbradas piernas al esfuerzo montañero. En estas circunstancias, la experiencia del caminante de alta montaña recomienda fijar la mirada en el camino, tímida, temerosa, evitando mirar directamente a la aplastante superioridad de la montaña, marcando un paso firme y regular que permita mantener el esfuerzo continuado sin nunca llegar a superar la potencia que no seas capaz de mantener.

Con un tiempo excelente y marcando el paso con la cadencia adecuada llegué al punto culminante del collado, situado a unos pocos metros por debajo de los 2000. Descansando y recuperando fuerzas con algunas piezas de fruta, disfrutaba de las primeras vistas de pájaro que ya no me abandonarían hasta el final del recorrido, panorámicas de la tierra, pueblos y pequeñas ciudades, desde las alturas de tierras sin civilizar, salvajes, donde la vida es difícil cuando no imposible. Con el paso de los días te acostumbras a mirar el mundo desde las alturas, como si fueras un ave o una deidad olímpica que se permite el lujo de contemplar el hormiguero de la humanidad desde un terrenal Olimpo.

Fue dando las últimas dentelladas a una rica manzana, de una jugosidad infinita, a bien seguro sobredimensionada por la magnitud del paisaje observado y del esfuerzo realizado, apareció el primero de los personajes con los que me cruzaría mis pasos durante los 6 días de caminata. Se trataba de un montañero vasco, jóven pero con la fatiga del caminante grabada en su rostro, que estaba realizando la totalidad del recorrido de la GR11, habiendo salido de orillas del Atlántico, a orillas de Cabo Higuer, y aspirando a cumplir el reto de llegar al otro extremo, a las antípodas de los pirineos, a Cap de Creus, en Catalunya. Más de cuarenta jornadas caminando, de mar a mar, cruzando los pirineos de punta a punta por rutas de alta montaña, de los que ya había recorrido unos 30. La inevitable conversación supuso un paso más allá en la profundidad de la experiencia ya que éste cobra una nueva dimensión, más real, más brillante, cuando puedes compartir algo tan particular, extraordinario y necesariamente solitario como es caminar por la alta montaña con alguien a quien no tienes que explicar las razones por las que disfrutas de ello. Después de la despedida llegó inevitablemente el momento de recolocar la mochila en la espalda y como inviolable ley natural cumplir esa norma por la que todo lo que sube tiene que bajar. Y el descenso de esa tarde de agosto apuntaba a Ordino, otra de las pequeñas ciudades con espíritu de pueblo montañero que jalonan el territorio andorrano. Al igual que Encamp fue empequeñeciendo bajo mi mirada a medida que ascendía, Ordino fue ganando entidad a medida que descendía por una empinada ladera que proporcionaba regularmente algún susto en forma de resbalón y un sostenido dolor de articulaciones, sobre todo centrado en tobillos y rodillas, que son las partes del cuerpo que más sufren la fuerza del impacto de la pisada en el descenso.

Al atardecer, ya llegando al final de esta primera etapa del camino, tocaba buscar lugar donde pasar la noche, un lugar recogido e idealmente llano, para plantar mi tienda de campaña ultraligera y dejar descansar mis doloridas piernas. Y con este preciado lugar topé tras una breve búsqueda, un terreno sin cerrar, cerca del río y del pueblecito de La Cortinada, que en su parte superior ofrecía un pequeño espacio sin excesivas irregularidades, al cobijo de dos frondosos árboles. Dado que mejor oferta no iba a obtener y que la noche estaba a punto de bajar definitivamente el telón del día, no dudé en montar la tienda y en menos de un cuarto de hora, bien abrigado para sobrellevar mejor la fría noche pirenaica, encendí mi pequeño hornillo para cocinarme una sopa de fideos que regalara a mi cuerpecito un poquito de calor y unas cuantas calorías para el esfuerzo de mañana. Al poco de haber dado buena cuenta de mi sopa y algunas barritas energéticas, y después de observar como los pueblos que contemplaba desde mi improvisada atalaya quedaban sumergidas en la profunda oscuridad de una noche sin luna, oscuridad solo rota por los destellos de lejanas farolas, acompañé a mi dolorido y fatigado cuerpo al interior del escueto dormitorio portátil. En cuestión de minutos, mientras perdía mis pensamientos en los deliciosos sonidos de la noche en la montaña, caí rendido en brazos de Morfeo.

*************************************

Desperté con alba y el canto de los pajaritos anunciando la nueva luz del día. Con las piernas aun doloridas por el esfuerzo del día anterior pero también agradecidas del descanso y la cena, salí de mi pequeño cubículo para descubrir la postal pirenaica que me ofrecía ese nuevo sol. Los pequeños pueblos engullidos la noche anterior por la oscuridad de una noche sin luna, renacían ahora con vigor bajo un cielo azul que prometía las mejores condiciones meteorológicas para la aventura montañera. Estiré un poco piernas y espalda, respiré aire puro, saboreé cada uno de los detalles de ese precioso escenario, desayuné un buen bocadillo para empezar a generar las energías necesarias para afrontar el esfuerzo del día. Una vez cuerpo y mente se alinearon con el perfil de la etapa del día, recogí mi pequeño campamento, coloqué en mi espalda la pesada mochila y dí los primeros y madrugadores pasos que debían guiarme hacia los casi 2800 metros de altitud del más alto collado que tendría que superar los próximos días.

Prometía ser una jornada larga pero el tempranero inicio de la marcha me permitía ser optimista en cuanto a la consecución de mi objetivo, es decir, llegar antes del anochecer al refugio no guardado de Baiau, a 2700 metros de altitud. Pero antes tenía un reto más inmediato y real, el ascenso al collado de Arcalís. Los primeros cientos de metros de progresión sirvieron para entrar en calor y constatar que la recuperación nocturna había sido un éxito. Mediado el día, y después de superar sin mayor dificultad el collado de Arcalis y descender a la ciudad del mismo nombre, donde aproveché para comprar un poco de comida para las siguientes jornadas, inicié el ascenso más largo de los que me esperaban en esos días de caminata. Por delante, más de 1500 metros de desnivel hasta el collado de Baiau. El ritmo de la caminata no era malo y el camino transcurría entre un frondoso bosque que me protegía de las inclemencias de un potente sol que reinaba allá arriba en el cielo azul, cuando de repente, sin aviso previo, me sorprendió la primera pájara de la ruta. Las fuerzas de mis piernas comenzaron a desvanecerse hasta rápidamente desaparecer. Los 20 kilos de la mochila se transformaron en la misma cantidad de toneladas, como si en vez de transportar material de travesía ultraligero transportara enormes rocas de cantera. En esta condiciones la subida más amable se convierte en un muro infranqueable. La experiencia es un grado y la mía me aconsejaba buscar un lugar sombreado a la vera de un pequeño pero coqueto río que corría vigoroso unos metros más bajo para comer, descansar y reponer fuerzas. Y así lo hice.

Después de darle a mi cuerpo todo el alimento que mi apetito reclamaba, busqué la posición idónea bajo la sombra de un antiguo abeto, cayendo sin remedio en un profundo sueño. La campechaña siesta duró no menos de una hora, pero me llevó a los límites de la inconsciencia total. Tanto es así que al abrir los ojos contemplé el hermoso paisaje de montaña que me rodeaba como si me hubieran dejado caer allí por sorpresa. La luz intensa del sol en su zenit iluminaba las altas copas de los abetos, mientras la fresca agua del río seguía su curso regalándome ese sonido que tanta paz y serenidad transmite a mi ser. Mi esqueleto y musculatura rogaban un instante más de descanso y mi alma exigía disfrutar un rato más de ese bello escenario. Algunas personas me preguntan porqué cargo a la espalda una pesada mochila y camino días enteros salvando importantes desniveles, sabiendo de antemano que no serán pocos los momentos de sufrimiento durante el recorrido. Mi respuesta es tan simple como dibujar este momento de descanso bajo la sombra de un abeto a orillas de un pequeño y travieso riachuelo. O ese otro momento de respiro en un dura ascensión mientras observo el espectacular perfil de las montañas más altas de los Pirineos. O ese otro cuando cruzo mis pasos con una manada de animales libres, ya sean cabras montesas, nutrias, águilas, vacas o caballos. Cada día en la montaña me ofrece un ramillete de oportunidades de ser feliz, de disfrutar de la vida al aire libre, como un ser más en el mismísimo centro del misticismo que brota de una naturaleza no sometida a las leyes de la civilización. Afortunada o desafortunadamente nunca he creído en dioses ni he profesado religión alguna. No obstante, siempre he sentido una dimensión transcendente de mi ser que busca la comunión con algo superior. Y para mi ese algo superior, el principio y el fin, el motor último de la vida, es la naturaleza. Transitar valles, subir y bajar colinas, superar las empinadas vertientes y crestas de las altas montañas, descansar a las sombra de un árbol a orillas de un tranquilo río rodeado de animales en libertad, es como comunicarse con ese ser superior que me permite comulgar, aunque sea fugazme nte, con su infinita sabiduría, su equilibrio y su fuerza.

Tan absorto estaba en mis pensamientos mientras decidía ponerme en marcha o regalarme 5 minutos más de esa maravilla de momento de compenetración con la naturaleza, que, de pronto, me dí cuenta de que había cruzado el prudente límite montañero que marca la cercanía del atardecer. El cambio de tercio se hacia inevitable y sin más remedio sonaron las trompetas para indicarme que debía ajustar de nuevo la mochila a mi espalda y reemprender sin mayores dilaciones el ascenso que ese agotamiento fulminante unas horas atrás había interrumpido. Seguí remontando el río siguiendo el camino que marcaba una fuerte pendiente, intentando marcar un ritmo que me garantizara llegar antes de la noche al refugio de Baiau. A pesar de que ya me encontraba a más de 2000 metros de altitud sobre el nivel del mar y que el fuerte sol pesaba como un demonio marmóleo, logré, con algún problema que otro, mantener una buena cadencia de paso mientras ascendía por un agreste paisaje. Pero la dicha no duro mucho, y, de nuevo, sin previo aviso, el agotamiento inundó mi ser. Hay días en la montaña cuando las fuerzas no acompañan a la voluntad, transitan caminos opuestos, y parecía que ese día iba a ser uno de ellos. De nuevo descargando la mochila al abrigo de una sombra, consulté el mapa y sin necesidad de mucho reflexionar sobre tiempos y distancias, llegué a la conclusión que aquel día no iba a conseguir llegar al soñado refugio de Baiau. Las alternativas eran dos. La primera era acampar en una pequeña llanura por donde corría un escuálido pero suficiente riachuelo que garantizaba el necesario suministro de agua. Pero se encontraba a 2300 metros de altitud, circunstancia que aconsejaba repensar la opción con el debido respeto. A esa altitud, en la montaña, en cualquier momento puede cambiar el tiempo y formarse una furiosa y temible tempestad, y la posibilidad, por muy remota que fuera, me encontraría solo y con la débil protección de una tienda de campaña superligera, sí, pero también resistente como el papel de fumar. Sin cobertura en el teléfono y a gran distancia de cualquier lugar habitado, la bucólica pero arriesgada posibilidad de acampar como la noche anterior no me hacía mucha gracia. Así que sin dudarlo demasiado tomé la segunda opción, llegar al refugio guardado de Comapedrosa, que se encontraba a unos 200 metros de desnivel montaña arriba.

Era una distancia salvable y, no sin esfuerzo y necesitando algunas paradas para recuperar el aliento, superé las últimas rampas que me separaban de mi hospedaje, al que llegué apuntándose en el horizonte la luz del atardecer.

Los refugios de montaña son lugares donde el tiempo pasa de manera silenciosa, transcurre casi de puntillas, sin hacerse notar. Los relojes pierden allí su sentido, dividir el tiempo en unidades horarias es en ese escenario una cuestión banal. La auténtica referencia temporal es la posición del sol. En cambio, resulta un espacio trufado de normas y organización. Nada de botas dentro del espartano edificio, ningún objeto puede estar fuera de la taquilla asignada, a las 7 en punto se sirve la cena de menú único y sin discusión, a las 9.30 se cierran las luces y el desayuno se sirve entre 7 y 8 de la mañana. De entrada y ante la mirada primeriza, un refugio de alta montaña podría parecer un cuartel militar en miniatura. Los servicios son básicos, como no puede ser de otra manera en una construcción humana a distancias siderales de cualquier núcleo urbano. El trato que dispensan las personas que guardan diariamente el edificio suele ser amable aunque está envuelto en un velo marcial, algo comprensible para gente que que vive temporadas enteras colgadas de las montañas, sin acercarse apenas a la civilización. En ellos y ellas he comprendido que reside el austero pero generoso espiritu montañero. La organización de tanta gente en un espacio tan reducido y básico necesita regirse por esas estrictas normas y los espíritus montañeros bregados en la alta montaña las acatan como propias, sin discusión y con el rigor que se merecen. Un refugio de montaña es lo que es, ni más ni menos, un espacio habitable disponible para que las almas que transitan caminos desolados puedan refugiarse durante la noche. No es una pensión o un hotel.

Una vez recuperado el aliento en la entrada del refugio de Comapedrosa, después de haber liberado mis doloridos pies de sus opresoras botas y de haberme calzado unas obligatorias botas de agua de caña baja para moverse dentro del espacio y mantenerlo así libre de las suciedades y barros que vamos arrastrado en la ruta diaria, entré en el edificio construido en pizarra y madera. La paz y la tranquilidad que transmiten los refugios a la luz de un temprano atardecer, antes de que los montañeros bajen de las cumbres alcanzadas durante la jornada, es indescriptible. El silencio que envuelve el diáfano espacio raya la perfección y la luz del atardecer penetra por los estrechos ventanales inundando el espacio con una suave claridad, casi audible. Apoyado en el mostrador observaba la silueta de dos mujeres que parecían levitar al fondo de la estancia, concentradas de una manera casi vaporosa. Se trataba de las dos guardas del edificio, aunque por un momento sospeché que se trataba de espíritus de las montañas. La más joven pintaba con acuarela un blanco lienzo que descansaba suavemente en una mesa de robusta madera. La mayor, de hermoso y largo pelo cano, navegaba absorta en lo que a mis ojos aparentaban ser la mágica reverberación de sus pensamientos. Ambas parecían ignorar mi presencia aunque algo que flotaba en el aire me hacía sentir acogido, y por nada del mundo pretendía yo romper ese mágico momento con lo que entonces se me antojaba una agresiva movilización de mis cuerdas vocales. Finalmente, la más joven, sin perder un ápice de la paz que reflejaba su rostro, decidió prestar algo de atención a esa silenciosa presencia al otro lado del mostrador en la que me había convertido. Me sonrió y continuó pacientemente el trazado de su dibujo hasta que la musa que parecía acompañar los delicados movimientos de su mano le susurró al oído que el momento de recuperar la esencia humana había llegado.

Así transcurre el tiempo en un refugio, es tiempo sin tiempo, sin metas ni objetivos, sin prisas ni agobios. Más que el paso del tiempo, en un refugio lo que se siente es su suave caricia.

Una vez la joven pintora de luz y silencios me hubo acompañado a la habitación colectiva que esa noche compartiría con un grupo de 8 caminantes más, y una vez hube colocado mis escuetas pertenencias en la vetusta estantería de madera que servía de armario, coloqué mi saco de dormir en uno de los dos espacios que quedaban libres en la cama colectiva de dos niveles. Me aseé someramente para aligerar el cansancio del día y para evitar también a mi nocturna compañía más olores corporales que los justos y necesarios, y salí del refugio a estirar las piernas. Caía la tarde y aquel escenario que solo media hora antes, con la mochila a la espalda, se me antojaba inhumano, aparecía ahora como un hermoso lugar al calor de la transparente luz del atardecer, esa luz que torna un paisaje real en un escenario casi mágico, que transita el sendero que separa el mundo de la luz y de las sombras, de lo real y de lo irreal. Estirando todo mi cuerpo en el frió y rocoso suelo, observaba el circo de montañas que formaban la frontera natural entre Andorra y Catalunya, con altas cimas entrelazadas unas con otras y gobernadas por el pico de Comapedrosa, con sus casi 2900 metros sobre el nivel del mar. Desde su cumbre, la más alta del pirineo andorrano, lanzándome a un vertiginoso descenso visual, mi mirada descansaba de inmediato en una pequeña planicie que nacía en las faldas de los imponentes picos. Un pequeño río nacido de sus entrañas rocosas caía amablemente mientras pasaba con su leve y cristalino crepitar acariciando una pequeña y básica construcción de piedra, que sirve de albergue para los pastores transhumantes durante las frías noches pirenaicas. Solo unos metros más adelante, cuando parecía que el río podía desaparecer en su propio fluir, su pulso se aceleró al ritmo de una incipiente brecha en la marmórea roca que convierte su esponjosa horizontalidad en una ferviente vertical, que se precipita unos metros más abajo y que transforma ese pacifico río en una potente cascada de agua. A pesar del vertiginoso descenso del río entre las dos ciclópeas paredes que formaban el estrecho y sombrío cauce allí donde la cascada volvía a transformarse en río, esta vez vigoroso e implacable, todavía podía otear en las profundidades de un lejano bosque las tenues luces de la humanidad más cercana.

Contemplando ese sobrehumano escenario transcurrieron los últimos instantes de la tarde, hasta que puntualmente fuimos convocados a la cena, que consistía en una calentita y apetecible sopa de verduras, un nutritivo segundo plato compuesto por una butifarra, una montaña de arroz y una generosa laguna de sanfaina (pisto) aderezadas como postre de ciruelas confitadas. El azar me llevó a sentarme enfrente de una mujer que más o menos, como yo, debía rondar los 40 años. La conversación no tardó en brotar. Resultó ser alemana y que, sorprendentemente, hablaba un estupendo catalán, idioma que había aprendido durante transitando caminos del pirineo. Al calor de una cordial conversación en catalán, regada con una copa de vino que para las altitudes en las que nos encontrábamos no resultaba tan peleón como cabría esperar, pasamos el rato hablando de las cumbres, los valles y las crestas que más nos habían impresionado en nuestro caminar montañero. De esta manera descubrimos que en ese espartano refugio cruzábamos nuestros pasos ya que caminábamos la misma senda pero en sentidos opuestos. Así pasaron los últimos instantes de ese día, que había comenzado temprano más de mil metros de desnivel abajo. Hasta que las dos hadas guardianas del refugio, tocadas las 9.30, sacaron su incontestable varita mágica y nos invitaron a la rústica y comunitaria cama. En breve se apagarían las luces, así que después de lavarnos los dientes, nos deseamos buenas noches y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones, solo unos momentos antes de que la oscuridad y el silencio comenzaran su breve pero inevitable reinado.

********************************************

El despertar del nuevo día resultó sorprendentemente enérgico, me sentía vital y vigoroso, fuerte, con muchas ganas de emprender la ruta pirenaica. Ni rastro de la fatiga acumulada la jornada anterior. Después de preparar mi mochila y de devorar el desayuno que las guardas de las montañas nos habían preparado, aspiré una gran bocanada del puro y fresco aire del alba y emprendí la marcha.

Aquella subida al Coll de Baiau, que el día anterior me pareció el mismísimo Everest, bajo la luz de esa mañana llena de fuerzas tenía la apariencia de una intensa y bella ascensión despojada de cualquier tipo de complicación técnica y física. Tanto era el ardor que mis renovadas fuerzas imprimían a mi voluntad que, aproximadamente una hora después de iniciada la marcha, cuándo ya el refugio de Comapedrosa empezaba a ser poco más que un pequeño montículo de piedras en el horizonte, me di cuenta de que, allí donde el camino queda sepultado bajo las enormes rocas de antiguos desprendimientos geológicos, había perdido la blanca y roja marca que señala la ruta GR11 . Después de mirar con detenimiento el mapa y de preguntar a un caminante de las montañas, caí en la cuenta de que estaba subiendo por el camino que llevaba a la cima del pico de Comapedrosa. No sé que demonios pusieron las dos guardas del refugio en la butifarra, sólo sé que sin pensármelo dos veces y confiando en unas fuerzas que prometían ser inagotables, ajusté lo mejor posible la mochila y empecé con paso firme la ascensión al Comapedrosa. Realizando una Gran Ruta de varias etapas, cargando tanto peso como el que alojaba en mi mochila, no es recomendable realizar sobreesfuerzos que, potencialmente, puedan dejarte fuera de juego. El cuerpo tiene sus límites, y el mio, ya cuarentón, ni se  atreve a ponerlo en duda. Pero a veces la vida es caprichosa y tus decisiones no lo pueden ser menos, así que en poco más de una hora me encontraba en la cumbre del Pirineo andorrano, contemplando las espectaculares, magníficas panorámicas de la cordillera y su miríada de picos que se alzaban ante mi. Pocos momentos me sobrecogen tanto como, después de realizar un arduo esfuerzo para alcanzar una cumbre, observar desde el punto más alto, el mundo desde arriba. Me sobrecoge a la vez que inunda mi ser de una sensación cuasi mística y que por un breve instante me hace sentir parte de este mundo de una manera especial e irrepetible, una especie de epifanía hecha de naturaleza. Es una sensación parecida a la que personas que profesan una religión deben experimentar después de horas de oraciones e introspección. Sea como sea, aunque nunca en mi vida he tenido orientación religiosa alguna, en ese momento, mientras disfrutaba de una visión de 360º sobre el universo montañoso que se abría ante mi, me sentí cerca de Dios, cuando el único Dios posible para mi es la Naturaleza.

Apenado por tener que abandonar ese momento, recogí mi mochila y, después de pedirle a un compañero de botas y andanzas una foto que inmortalizara el momento, me lancé con las energías todavía intactas al descenso de la collada de Baiau, unos cientos de metros de desnivel más abajo, y que servía de paso natural entre Andorra y Catalunya. A partir de ese momento me esperaba un delicioso descenso hasta Àreu, pequeño pueblo y final de etapa, a lo largo del cual dormiría una reparadora siesta a orillas de un gélido lago, avistaría manadas de cabras salvajes en preciosas planicies, hermosamente surcadas por pequeños ríos donde abrevaban caballos y vacas en una paz y armonía difíciles de describir pero muy fáciles de sentir y de disfrutar.

************************

El resto de las jornadas transcurrieron entre nuevas ascensiones y sus inseparables descensos, a la orilla de otros ríos y valle. Nuevos bosques y collados dibujaban otros paisajes moteados por pequeñas aldeas, casi siempre deshabitadas, por pequeños pueblos adornados con pequeñas iglesias románicas, como Tavascan O Estaón. Nuevos descansos a la sombra de pinos y abetos contemplando las majestuosas panorámicas de esos magníficos días en los Pirineos. Y como no, también nuevos sufrimientos y fatigas, otros dolores de musculares y de articulaciones. No en vano, la pendiente positiva acomulada durante todas las jornadas de camino superaban los 8.000 metros, igual que la pendiente negativa. Sin tener en cuenta la infinidad de factores que estas cifras no recogen, como el frío, la nieve, las dificultades técnicas, las paredes de hielo, la falta de oxígeno, en menos de unas semana subí y bajé el Everest.

Hoy sentado en la tupida hierva de mi último lugar de acampada, en la Guingueta d’Áneu, viendo el sol caer detrás de la última montaña superada en el camino, siento que estos esfuerzos y fatigas son un precio muy pequeño que pagar por unos días inolvidables en el corazón de las montañas.

Verano de 2014.

 

Anuncios