CAMINANTE NO HAY CAMINO: MENORCA O EL DELICADO PERFUME MEDITERRÁNEO

por Sergio Torres

Tiempo hacía ya desde mi última visita a las Islas Baleares. Si mal no recuerdo fue hace diez años cuando visité Ibiza y Formentera, aprovechando que una amiga profesora había sido destinada allí para ejercer su honrosa profesión. Antes había recorrido Mallorca con mi compañera de entonces, cuando ese entonces ni siquiera pertenece a este nuevo milenio. Pero aun me quedaba una isla por visitar, Menorca.

Mallorca tiene fama de complejo hotelero estival para ingleses y alemanes con marcada tendencia a la borrachera, al desfase y a saltarse cualquiera de las normas de civismo que en su propio país es ley escrita en piedra. Ibiza, al menos una parte importante de ella, ha proyectado su imagen internacional como una discoteca flotante donde desfasar al estilo rave. Menos alcohol y más drogas de diseño, menos camisetas con la bandera inglesa sobre cuerpos bañados en cerveza y vómito pero más modernos cuerpos esculturales con la mandíbula desencajada y eternas gafas de sol. Formentera en cambio, en el imaginario colectivo, es un lugar pequeño y que conserva sus pocas construcciones humanas aunque el ambiente hippy que atesoraba en sus inicios como destino turístico está derivando en ese incipiente pero imparable turismo alternativo de alto poder adquisitivo. Menorca en cambio, ha sido considerada siempre como la del turismo familliar y, más recientemente, ecológico. Se mantiene alejada de las bárbaras hordas turísticas de sol y playa, disco y anfetamina o de la más burguesa invasión de harapos de diseño.

Así que este verano decidí que había llegado el momento de saldar esa cuenta pendiente y decidí pasar una semanita en un casa rural cerquita de un pueblo en las suaves colinas de la isla. Y por supuesto, desde allí moverme, descubrir, caminar rumbo a todos los lugares que me apeteciera. Y hoy sentado a la sombra de una florida parra, observando como un hombre de rostro curtido por la edad y la vida, el sol y el salitre, lava a mano, una a una, las naranjas que esa misma mañana ha recogido, borrando cualquier rastro de aquello que el comprador pueda considerar poco atractivo, consiguiendo una fruta limpia y llena de brillo, agradable a la vista. Seguro que hará la boca agua de las personas que se crucen con ellas en el mercado. Siento que he estado en uno de los Mediterráneos más puros en los que he estado en mi vida. Menorca te embriaga el alma con el espíritu y el carácter mediterráneo. Son muy pocas las construcciones destinadas al turismo masificado, esas edificaciones que tanto afean otras partes del Mediterráneo ibérico. Muy al contrario, Menorca es naturaleza, transmite un purísimo aroma mediterráneo. Caminando por sus pequeños senderos llegan a tus sentidos la sensualidad del aroma del pino y el bajo monte, el de los algarrobos y los olivos, el de los dátiles de sus palmeras, el de sus rosas y jazmines, el de sus parras y su sabrosas uvas, el de sus casa encaladas en un blanco que reverbera bajo la intensa luz, de su cielo casi eternamente azul, al de sus calas de aguas cristalinas. Es una auténtica y pura emoción cerrar los ojos y esperar que la brisa marina mezcle todos estos ingredientes y traiga a tus sentidos todos los aromas, creando uno de los perfumes más embriagadores de los que haya podido disfrutar en mi vida. El aroma del Mediterráneo.

Agosto 2014

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