BREVES PASEOS POR EL CAIRO

Poco a poco voy dejando atrás la ciudad a la que llegué hace tan solo un par de días. El Cairo.

Llevo hora y media de trayecto en un desvencijado autobús que, desafortunadamente, no provee de un asiento con respaldo estable y en el cual, desde que se inició el inquietante traqueteo de la vieja máquina no ha dejado de sonar un almuédano entonando sin pausa salmos coránicos.

No quiero engañarme. Si bien durante la primera hora, la dulce y aflamencada voz del almuédano me ha regalado un pedacito de belleza, en el sentido más místico del término, ahora mismo estoy deseando que Lucifer le regale una afonía coránica. Bien podría haberme subido a un moderno autobús de lujo y viajar cómodamente apoyado mi espalda en un respaldo que cumpliera decentemente su función, acompañado de una música, digamos, más global. Pero no, como siempre y muy a mi placer, sigo decidiendo acomodar mis miradas viajeras lejos de la aséptica esfera turística, posándola en aquellos espacios incómodos, de un difícil descifrar y que generan siempre cierta inquietud, como la que sentí al subirme a ese destartalado autobús lleno hasta la bandera de musulmanes practicantes dispuestos a no dejar de jugar con sus collares de cuentas a lo largo de las más de 7 horas de trayecto. Horas durante las que el un único sonido posible dentro de ese desvencijado espacio sonoro sería el del cantarín almuédano trasladando sin cesar los salmos que relatan las peripecias y sapiencias de Mahoma, o cualquiera de sus apóstoles. Sentado en mi sillón con respaldo roto, siendo el único occidental en todo el autobús, viendo como la ausencia de alguna persona sentada a mi lado estaba relacionada directamente con el sistema por el cual una mujer, si no era con su marido debía ir acompañada de otra mujer, me sentía completamente en mi salsa viajera, conectado completa y felizmente con esa sensación de desafío al miedo y a los perjuicios, a los estereotipos y a los abismos culturales, al viaje enlatado, al bocado de comida rápida en el que estamos convirtiendo en occidente el viejo arte de viajar. Viajar como descubrimiento, viajar como conocimiento, viajar como crecimiento personal, viajar para vivir.  Voyager pour connaitre ma geographie, como dijo algún inspirado francés.

Ya que me quedaba bastante trayecto por delante y la ventana me contaba la monótona historia de un ávido desierto que prometía continuar siéndolo hasta llegar al Sinaí, mi destino final, decidí abandonarme al relajante divertimento de echar la mirada atrás para encontrar, enseguida, las frescas imágenes de una megalópolis de la cual todavía sentía el enrarecido aliento en mi dolorida nuca. Una imagen borrosa, la silueta de una enorme ciudad de 20 millones de habitantes sumergida en una apocalíptica nube de contaminación. Desafortunadamente, dos días fueron insuficientes como para enfocar aunque tan solo fuera una instantánea aproximada de esta mastodóntica urbe. Como no pude lograr una composición de conjunto, tuve que conformarme con elaborar un collage de elementos dispersos y desconectados.

Por un lado, El Cairo me ha parecido un tremendo caos de suciedad y contaminación, de tráfico avasallador y agresivo, de estruendosa música cuando no puro y crudo ruido a infinitos decibelios, de movimiento incesante a cualquier hora y en cualquier dirección, de una inmensa masa humana que circula incansablemente por las grises y polvorientas arterias de una geografía urbana cubierta por un grueso manto de oscuro cieno. No se trata de una ciudad bonita, al menos a tenor de lo que transmite su carcasa. Asomarse al Nilo buscando un resquicio de luz, de claridad, de colorido, sería una romántica decisión si no fuera porque este río milenario, por el que han navegado faraones egipcios, conquistadores griegos, emperadores bizantinos, pachas árabes y algún que otro ortodoxo papa copto, sin olvidar las más modernas y actuales hordas de turistas, se ha teñido del mismo color gris pálido de una ciudad a la que su gruesa capa de contaminación rara vez deja ver el cielo azul. El Cairo de hoy es una ciudad de piel sucia, pálida y reseca, que difícilmente facilitará el enamoramiento a primera vista. Enamoramiento que estoy seguro es más que posible en la ciudad madre del Mundo, como la conocen en el mundo árabe. Si bien El Cairo no está actualmente en disposición de rivalizar en belleza con Estambul, si que la puede igualar e incluso superar en aspectos políticos y culturales. El Cairo es un punto de referencia crucial en el inmenso océano de la cultura árabe. Y algunos destellos de esta estrella polar cultural tuve la gran fortuna de disfrutar.

Una de sus gemas es el Museo de Antropología. Sobre todo debido a las fenomenales piezas de la antigua civilización egipcia que alberga, destacando el precioso sarcófago de Tutankamon. Pero también por el edificio en si. Es un museo que huele a museo. Fue construido a principios del siglo pasado y así se conserva. Más que un museo parece una inmensa tienda de antigüedades regentada por un anciano y desordenado anticuario que más que dedicarse a vender piezas clásicas vive inmerso en un mundo propio e intransferible del que solo emerge cuando alguien llama su atención para recordarle que su enfermiza pasión por esas piedras necesita sobrevivir a base de mundanos y desapasionados intercambios comerciales. Algunas de las piezas están expuestas al aire libre, sin protección alguna, salvo la buena educación de la gente, algo que ofrece la posibilidad de la proximidad física con el objeto histórico, experiencia que en los museos modernos que he visitado es completamente imposible debido a las asépticas y protectoras planchas de metacrilato. La mayoría de las piezas descansan el peso de los años en enormes armarios de época, envejecidas muchas, algunas incluso con claros síntomas de carcoma, decoradas con frondosas telas de araña y revestidas por un fino velo de polvo. Los colores, las texturas, los aromas, transportan a esa época cuando aristócratas aventureros sedientos de tumbas, pirámides y tesoros escondidos paseaban su olfato de aficionados arqueólogos entre el cieno del Nilo. Creo que si me hubiera cruzado en algún pasillo con el mismísimo Doctor Livingston no me hubiera sorprendido lo más mínimo. En definitiva, en este museo se respira el espíritu de una época que se desvanecerá definitivamente cuando finalmente se inaugure el nuevo y moderno museo de arqueología, ubicado esta vez al abrigo de la alargada sombra de las pirámides de Giza.

Otra perla que pude descubrir entre el pantanal de suciedad de las calles del Cairo, fueron esas pequeñas costumbres, tradiciones que se encuentran en cualquier esquina o callejón de la ciudad. Hombres sentados en sencillas mesas fumando espectaculares pipas de agua, conocidas como narguiles, jugando a cualquiera de las variaciones del omnipresente Backgamon, el universal entretenimiento del mundo árabe, o simplemente charlando a la fresca o dejando descansar su mirada en un enigmático infinito con sabor a té. Y de vez en cuando alguna improvisada fiesta en no importa que rincón de la ciudad ocurría y resultaba hermoso ver a la gente bailar mientras sonrían alegres. Y todo eso sucede a escasos centímetros de ese tráfico infernal, de ese ruido ensordecedor, de esa gran mancha de grasa que son las calles cairotas. Era ese Cairo que vive a ritmo pausado, a golpe de meditado movimiento de ficha, de larga, profunda y placentera inhalación de humo aromatizado, de miradas sin prisas, de tiempo latente, de ausencia de urgencia, el que buscaba mi mirada viajera, el que anhelaba descubrir mi sed de descubrimiento. La permanente e incesante locura a la que me exponía el ritmo demencial de esta ciudad me saturaba, me paralizaba y me bloqueaba. En esos momentos de perdida, de desasosiego, es cuando arrecia y embiste más fuerte la duda viajera en forma de cuestionamiento “¿Qué hago yo aquí?”. Es cuando, de una manera casi mística, deseas que llegue alguien en tu ayuda, que alguna persona te coja de la mano y te proponga acompañarte para encontrar eso que buscas y que tus pocas horas en una nueva ciudad, en una nueva realidad, no te permiten tan siquiera intuir. Y esa persona llegó en el momento deseado, no en forma humana, más bien en forma de libro y de alma literaria. Hoy puedo decir que en El Cairo tuve la gran fortuna de conocer a Naguib Mahfuz.

Este extraordinario escritor se convirtió en el primer Premio Nobel de Literatura del mundo árabe, hoy hace ya unas cuantas décadas. Más allá de premios y reconocimientos, para mi simple y llanamente es uno de los mejores escritores que he descubierto en los últimos tiempos. O al menos, ya que no creo poseer criterio suficiente para graduar la calidad literaria de un escritor y de sus obras, puedo afirmar sencillamente que me encandila su manera de hacer literatura. Junto con el turco Orham Pamuk y al japones Haruki Murakami, Mahfuz es el escritor que con más intensidad y profundidad me ha transportado a su universo personal, mundos tan reales como imaginarios, a su cultura y a sus costumbres, a sus calles, a sus barrios, a sus personajes y personas, a sus olores y sonidos, a sus contradicciones, a las alegrías y sinsabores de la vida en sus queridas tierras. Los tres son excelentes cronistas que dibujan en un precioso lienzo el espíritu de una época en un lugar determinado. De Estambul y Turquía Pamuk, de Japón y Tokio Murakami, de El Cairo y Egipto, Mahfuz.

Y fue el libro de este último, El Callejón de los Milagros, el que me ofreció su diligente mano durante mis días cairotas para guiarme por ese gran laberinto de incógnitas que estaba significando para mi la dura y magna ciudad de El Cairo. Con ese ritmo pausado, tan típico de la vida en el mundo árabe, me acompañaba por esas calles y callejones de principios de siglo, cuando Egipto se encontraba bajo la influencia británica pero no rendía ni un ápice de su cultura y de su dignidad al invasor inglés. Una vez en sus calles hechas de palabras, Mahfuz me presentó a sus habitantes, a los personajes y sus misterios, escondidos en los rincones de una ciudad que solo la gente local conoce, y solo la que cultiva la sensibilidad necesaria puede hacer apreciar. Mahfuz me llevó de la mano, pacientemente, con una sensibilidad exquisita a ese Callejón de los Milagros, que tal vez existió o tal vez no, que más da, y me presentó a las personas y personajes que le insuflaban cada día una tan alegre como trágica vida. Como esos dos amigos de la infancia enfrentados en su forma de ver la vida, uno atado a la tradición y a su callejón, a sus rituales diarios y a sus vecinos, y el otro deseoso de salir corriendo, de alistarse en el ejercito británico y con la paga ganada dejarse caer en los ambientes más cosmopolitas de la ciudad y embriagar su espíritu rebelde y aventurero con los aromas llegados de occidente. Igual que esa chica que casi nunca salía al callejón, reclusa voluntariamente en su habitación y que acodando su mirada en la ventana esperaba que llegara ese príncipe azul, rico, apuesto, y ya puestos a pedir, amante del lujo, que la sacara para siempre de ese apestoso callejón, al que, curiosamente, uno de sus ciudadanos más ilustres, un sabio anciano respetado por todos y todas no abandonaría si no era con los pies por delante, como se encargaba de recordar a sus amigos del callejón mientras ese tendero malhumorado, dueño del único cafetín en la empinada calle, casado con una mujer gritona y algo cruel, trabajaba sin descanso sirviendo tes a los vecinos hasta la hora que fuera necesaria, solo para no poner un pie en su casa y evitar así las animales envestidas de su compañera de vida. Y como olvidar a ese huraño ser que tan solo se dejaba entrever tras las sombras de las oscuras noches sin luna y que atendía las avergonzadas solicitudes de sus convecinos abriendo tumbas en lejanos cementerios para obtener oro de las dentaduras de los ricos muertos que servirían para hacer nuevas dentaduras para los vivos pobres. A todos estos personajes, esos olores y esos sonidos, esa atmósfera de un Cairo dibujado por la pluma del hijo pródigo, eran los que yo buscaba por los rincones de la ciudad, por sus calles infectadas de suciedad y vida. En algún momento me pareció entrever la vida de ese lejano callejón en la sonrisa socarrona de un tendero sirviendo té, en la mirada de una joven acodada en la ventana oteando el infinito, o a esos dos amigos que discutían con recargada gesticulación árabe, quien sabe si los pros y contras de seguir las tradiciones o dejarse empapar por las nuevas olas culturales llegadas de lejanas latitudes. Una vez leído el último capitulo del día, en el hotel o en cualquier café, salir a la calle en busca de esos espectros literarios de una ciudad de principios del siglo pasado tenia algo de esquizofrénico, de inquietante, lo reconozco. ¿Pero no lo es también ir a museos o sitios arqueológicos para intentar atisbar en el tiempo una realidad que hace no solo décadas, sino siglos, dejó de existir?

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Como es mi costumbre viajera, siempre que llego a un lugar pregunto donde come la gente local, mi olfato viajero me dice que allí donde se alimenta la ciudadanía del día a día encontraré dos ventajas de incalculable valor. La primera, evitar a esos viajeros que, por ridículos miedos a dejarse caer en espacios tan autóctonos, buscan cobijo bajo las faldas de otros viajeros, piden refugio en ese tan falso como pretendido espacio común del viaje seguro, pero que tan solo pretenden crear estúpidas alianzas entre extranjeros en un territorio que sienten, desde un primer momento, como  hostil. Creo que bajo la aparente ingenuidad de la pregunta ¿viajamos juntos? se esconde un intento de secuestro de la aventura del viajar. Cada vez que me encuentro a uno de estos personajes huyo como de la peste. Mis alarmas se disparan cuando empiezan a entonar esos estúpidos lamentos sobre como las personas del lugar les cobran más en los bares, en los taxis o en los hoteles, para acto seguido iniciar esa idiota comparativa entre lo bien que funcionan las cosas en su país y lo mal que lo hacen por aquellas tierras donde viajan. Creo que, a pesar de las ganas de viajar, algunas veces la decisión más sabia es quedarse en casa. Y segunda ventaja, y no menos importante, es conocer de primera mano la realidad del país de boca de las gentes que las habitan, por muy subjetiva que ésta sea. Y esa feliz coincidencia es la que, cual tesoro para pirata, encontré en un restaurante dos esquinas al sur de mi hotel. Se trataba de un restaurante musulmán, de esos donde no se sirve alcohol y no hay más menú que aquel que respeta escrupulosamente las normas de alimentación coránicas. El funcionamiento es tan sencillo como llegar, sentarte en cualquier lugar libre en largas mesas corridas, pedir el tamaño de plato que deseas, decidir tu bebida no alcohólica favorita y esperar pacientemente a que un solicito camarero sirva tu ágape. Rodeado de cairotas comiendo con esa paciencia que en el mundo árabe se eleva a categoría de arte, dejé vagar mi mirada por un espacio decorado hasta el último rincón con esos estridentes cuadros de motivos islámicos iluminados por infinidad de pequeñas e intermitentes luces de colores fosforescentes y que dan ese toque kitch a la mayoría de establecimientos de la ciudad. En pleno viaje visual, perdido entre brillantes cerámicas y cotidianos rituales de servicio, una voz llamó mi atención. El hombre que comía justo delante mio me preguntaba de donde era. En ese mismo momento salí de mi ensimismamiento observador y, como si hubiera sido fulminado por un imprevisto rayo en una tormenta inexistente, alcancé a comprender que era el único forastero en aquel restaurante. Y por supuesto, la pregunta de mi compañero de mesa no dejaba de subrayar ese hecho. Le expliqué que venia de Barcelona y que estaba viajando unos días por un Egipto.

– ‘Hoy por hoy no se ven muchos forasteros viajando por este país, la situación política asusta y la economía se está resintiendo. Más gente como usted tendría que venir y comprobar que los problemas, en Egipto, los traen los políticos y los militares y no la gente de la calle’.

Para que engañar a nadie, ese explicito reconocimiento a la pretendida valentía de mi audacia viajera al aventurarme en una tierra donde la mayoría de embajadas recomendaban no viajar, llenó de vanidoso orgullo viajero mi inquieta alma de conocedor de otras culturas, colmándolo de regocijo y, por que no decirlo, de cierta petulancia.

Entre cucharada y cucharada del pasable potaje hecho a base de garbanzos, una tostada pasta fina tipo cabello de ángel y otra más blanda tipo macarrón, íbamos hablando de todo un poco. De cómo mi torcida nariz me hacía parecer egipcio, de sus viajes como comerciante a París y Londres y de sus ganas de visitar de Barcelona, de las muchísimas similitudes y algunas diferencias entre el Mediterráneo europeo y el africano, y, como no, de la situación política en la que se encontraba su país. Me resulta curioso comprobar que, cuanto más viajo, más confirmo esa norma por la cual, el politizado conocimiento de una realidad conflictiva que aprehendes a través de los medios de comunicación antes de viajar, contrasta claramente con la opinión de la gente que, una vez aterrizado en el lugar, simple y llanamente aseguran estar hartos y hartas de que esa politización les amargue la vida. Así lo viví cuando llegué a Bosnia de voz de la mayoría de la ciudadanía de una tierra en posguerra, que arrastraba su desilusión en cada opinión sobre la clase política gobernante, después de ver como esta, tras las proclamas nacionales de una vida mejor, se olvidaban de la población para construir el país que sólo a una pequeña parte de la sociedad interesaba construir. O en Ecuador, donde conocí a colombianos y colombianas que debieron huir de su país debido a la persecución a la que eran sometidos tanto por las fuerzas paramilitares como por la guerrilla al intentar crear esas mesas de paz que llevaran al país a un fin definitivo del conflicto que ahoga a la mayor parte de la población. Y esta fue precisamente la opinión de mi improvisado amigo cairota. En Egipto la población es la que sufre los desmanes y autoritarismo tanto del movimiento de los Hermanos Musulmanes como del Ejercito que hoy gobierna el país. Mientras me explicaba con todo lujo de detalles el desasosiego de una sociedad que se sentía maltratada por su clase política y por los militares, yo lanzaba rápidas miradas a las noticias que aparecían en una enorme televisión de pantalla plana que tenia justo enfrente de mi, donde una presentadora de preciosos rasgos árabes y sensuales ojos color azabache, relataba las noticias de aquel día que, como no podía ser de otra manera, traían a la primera plana imágenes de manifestaciones, detenciones, agresiones y muertes que tanto en El Cairo como en otras ciudades del país se habían producido esa misma mañana. Con el oído puesto en las explicaciones de mi compañero de mesa y con el rabillo del ojo atendiendo a la televisión, no podía dejar de sentir ese emocionante cosquilleo en mi alma viajera que me susurraba, orgullosa, que tan solo hacia unas pocas horas estaba en mi casa de Barcelona viendo las noticias sobre Egipto y hoy estaba sentado en un restaurante popular de la ciudad del Cairo charlando con un cairota sobre esas mismas noticias. Si hay algún motivo que me impulse a viajar es precisamente poder disfrutar de estos momentos.

Una vez mi locuaz y agradable compañero de mesa se excusó para salir a atender sus negocios, despidiéndose a la vez que me deseaba una feliz estancia en su país, di buena cuenta de lo que quedaba de mi extraño potaje, pagué una cantidad irrisoria por el servicio y salí a la calle con el alma henchida de experiencia viajera, deseoso de conocer esa realidad que por muy conflictiva no dejaba de fascinarme.

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Como no podría ser de otra manera transitando estas tierras que se proyectan en un pasado remoto, también se encuentran joyas en forma de historia, y no hace falta remontarse a tiempos faraónicos para encontrarla. De hecho, el Cairo, como ciudad data del año 1000 dc. El barrio copto es un ejemplo de esta reciente historia, cuando reciente equipara siglos a días en una agenda. Fue el primer enclave copto ortodoxo de la historia y que curiosamente representó el germen cristiano que el devenir histórico, siempre caprichoso, convertiría en gran faro del mundo musulmán. Un barrio de preciosas iglesias bizantinas, de angostos conventos, lugar de culto para la minoría cristiana que hoy puebla esta ciudad. Lástima que mi llegada coincidió con uno de los muchos momentos de inestabilidad política de estas tierras, momentos que se encadenan uno tras otro hasta convertirse prácticamente en un continuo temporal al que solemos denominar conflicto en el mundo árabe. Y es que el barrio copto, junto con otros barrios de la ciudad, estaban tomados por el ejercito y la policía secreta que dejaban, con sus controles y sus cordones de seguridad, la contemplación viajera de las joyas de la ciudad en un segundo plano para dejar la seguridad, el conflicto y el riesgo en un asfixiante primer plano de la experiencia.

Estoy seguro que la ciudad depara infinitos pequeños tesoros, las profundidades de su identidad son su garante. Pero desafortunadamente no llegué en el mejor momento para disfrutarlos con la calma necesaria, ya que los recientes acontecimientos, como el golpe de estado militar que condenó al fracaso a uno de los primeros experimentos democráticos derivados de una de esas denominadas “primaveras árabes”, el encarcelamiento de su primer presidente nacido de las urnas o la declaración de la cofradía de los hermanos musulmanes como grupo terrorista, han provocado que la situación relativamente estable que se había conseguido tras las primeras elecciones democráticas de la historia del país, si la imposición de la sharia que pretendía Mursi y sus musulmanes hermanos puede considerarse base sólida para la edificación de un estado de derecho moderno, haya mutado a un frenético estado de volatilidad social de imprevisibles consecuencias. Las calles se encontraban inundadas de tanques y ametralladoras, de señores uniformados con negras gabardinas de cuero y oscuras gafas de sol, cuya cara de mala ostia subrayada por espesos bigotes daban tanto o más miedo que la de los hieráticos soldados. Las manifestaciones, los atentados y las decenas de personas muertas se han convertido en los últimos meses en una especie de macabra tradición, sobretodo los viernes, día de la oración musulmana y que se transforman después del sermón en encendidas consignas contra el ejercito y a favor de los hermanos musulmanes. Ayer, precisamente, fue viernes y la presencia de los controles militares, de los tanques y alambradas, se multiplicó enormemente, generando en mi estado de ánimo una inquietud que intenté racionalizar convenciéndome de que tan solo se trataba de mi falta de costumbre ante una situación así. Desde mis días bosnios de la posguerra balcánica, cuando trabajaba en un campo de refugiados donde eran muy normales y habituales los controles militares y policiales, no había visto una situación semejante. Tampoco durante los años vividos en Centroamérica, donde desgraciadamente la violencia es el primer plato que hay que engullir cada día, tuve una sensación tan vívida de conflicto armado a punto de estallar. A pesar de mi voluntad de mantener bajo criterios razonables esa inquietud que jugueteaba peligrosamente con el gatillo de mis miedos, al llegar por la tarde al hostal, dos calles al norte de la plaza Tahir, conocí que habían ocurrido diversas manifestaciones, arrojando como saldo 11 muertos y 200 heridos. La auto-convicción de seguridad construida laboriosamente a lo largo del día se desvaneció en un segundo como la oscuridad se desvanece bajo un rayo de sol. Y las perspectivas de mejora no eran precisamente motivadoras ya que en tres días se realizaría un juicio sumarísimo donde con toda seguridad el derrocado presidente Mursi y otros cientos de hermanos musulmanes verían confirmadas, sin derecho a más apelación, sus sentencias de muerte. La situación prometía incendiar la ciudad a base de manifestaciones, tiros, muerte y violencia.

No me quedaba otro remedio que aceptar que la situación no era la ideal para pasear mis pensamientos y mi mirada viajera por unas calles en las que, sin previo aviso y en cualquier momento, se podía encender con una leve chispa esa confrontación latente en cada centímetro de la ciudad. Y esta situación no se limitaba a la ciudad del Cairo. Réplicas de esta dialéctica entre la calma tensa y la explosión violenta se manifestaba también en urbes como Alejandria o Suez e incluso en enclaves turísticos como Luxor, Giza o Asuán. Ninguna de las personas con las que compartí esa viajera necesidad de controlar los tiempos y logística derivada del perpetuo movimiento, pudo garantizarme que, más allá de las ya precarias condiciones de seguridad, pudiera salvar los ciertos obstáculos que iba a encontrar si decidía deslizarme hacia el sur siguiendo la silueta del Nilo en dirección a sus fuentes. Lugares arqueológicos cerrados como prevención de atentados terroristas dirigidos a turistas, abiertos solo, quizá, en el caso de viajes organizados acompañados de comboyes militares, me hacían temer que la sensación de incomodidad, de inseguridad y de falta de autonomía viajera, iban a deshabilitar por completo mi modo de viajar preferido, aquel que me permite moverme libremente y sin escoltas depositando mi mirada allá donde se me antoja, sea cual sea la importancia del lugar, sea cual sea el momento del día. Parecía como si la fluida corriente del Nilo que observaba desde uno de los muchos puentes cairotas prometiera mutar a un pétreo corsé de normas de seguridad río abajo.

Finalmente, después de consultarlo con la almohada, decidí poner rumbo al Sinaí, a un trozo de tierra no tan turístico como el sempiterno valle del Nilo pero con muchas intrigas que resolver, la Peninsula del Sinaí, otro auténtico jeroglífico que resolver y al parecer hoy menos volátil y más tranquilo que el resto del país, aunque esta instantánea no sea ni mucho menos la más habitual.

Después de casi 7 horas de trayecto, con la voz del dichoso almuédano grabada en mi alma para siempre con las lágrimas de desesperación que ansían la llegada del acto final de la tortura y llegue el momento de la liberación del dolor y la agonía, ya casi puedo oler el aroma del Mar Rojo y disfrutar de la desértica y esbelta figura del rocoso Monte Sinaí.

                                                                                                                                                                                                         del 1 al 4 de Enero de 2014

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