EL SINDROME DEL VIAJERO ETERNO

Categoría: Europa

CAMINANTE NO HAY CAMINO: MENORCA O EL DELICADO PERFUME MEDITERRÁNEO

Tiempo hacía ya desde mi última visita a las Islas Baleares. Si mal no recuerdo fue hace diez años cuando visité Ibiza y Formentera, aprovechando que una amiga profesora había sido destinada allí para ejercer su honrosa profesión. Antes había recorrido Mallorca con mi compañera de entonces, cuando ese entonces ni siquiera pertenece a este nuevo milenio. Pero aun me quedaba una isla por visitar, Menorca.

Mallorca tiene fama de complejo hotelero estival para ingleses y alemanes con marcada tendencia a la borrachera, al desfase y a saltarse cualquiera de las normas de civismo que en su propio país es ley escrita en piedra. Ibiza, al menos una parte importante de ella, ha proyectado su imagen internacional como una discoteca flotante donde desfasar al estilo rave. Menos alcohol y más drogas de diseño, menos camisetas con la bandera inglesa sobre cuerpos bañados en cerveza y vómito pero más modernos cuerpos esculturales con la mandíbula desencajada y eternas gafas de sol. Formentera en cambio, en el imaginario colectivo, es un lugar pequeño y que conserva sus pocas construcciones humanas aunque el ambiente hippy que atesoraba en sus inicios como destino turístico está derivando en ese incipiente pero imparable turismo alternativo de alto poder adquisitivo. Menorca en cambio, ha sido considerada siempre como la del turismo familliar y, más recientemente, ecológico. Se mantiene alejada de las bárbaras hordas turísticas de sol y playa, disco y anfetamina o de la más burguesa invasión de harapos de diseño.

Así que este verano decidí que había llegado el momento de saldar esa cuenta pendiente y decidí pasar una semanita en un casa rural cerquita de un pueblo en las suaves colinas de la isla. Y por supuesto, desde allí moverme, descubrir, caminar rumbo a todos los lugares que me apeteciera. Y hoy sentado a la sombra de una florida parra, observando como un hombre de rostro curtido por la edad y la vida, el sol y el salitre, lava a mano, una a una, las naranjas que esa misma mañana ha recogido, borrando cualquier rastro de aquello que el comprador pueda considerar poco atractivo, consiguiendo una fruta limpia y llena de brillo, agradable a la vista. Seguro que hará la boca agua de las personas que se crucen con ellas en el mercado. Siento que he estado en uno de los Mediterráneos más puros en los que he estado en mi vida. Menorca te embriaga el alma con el espíritu y el carácter mediterráneo. Son muy pocas las construcciones destinadas al turismo masificado, esas edificaciones que tanto afean otras partes del Mediterráneo ibérico. Muy al contrario, Menorca es naturaleza, transmite un purísimo aroma mediterráneo. Caminando por sus pequeños senderos llegan a tus sentidos la sensualidad del aroma del pino y el bajo monte, el de los algarrobos y los olivos, el de los dátiles de sus palmeras, el de sus rosas y jazmines, el de sus parras y su sabrosas uvas, el de sus casa encaladas en un blanco que reverbera bajo la intensa luz, de su cielo casi eternamente azul, al de sus calas de aguas cristalinas. Es una auténtica y pura emoción cerrar los ojos y esperar que la brisa marina mezcle todos estos ingredientes y traiga a tus sentidos todos los aromas, creando uno de los perfumes más embriagadores de los que haya podido disfrutar en mi vida. El aroma del Mediterráneo.

Agosto 2014

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CAMINANTE NO HAY CAMINO: PIRINEOS O EL GRAN RETO 11

Una vez más enfilaba el camino tantas veces recorrido, un camino que lleva del luminoso azul mediterráneo al profundo verde de los Pirineos.

Pero esta vez mis pasos dejaban su huella en un desafío montañero con nombre y apellido, el Gran Recorrido Pirenaico 11. El también conocido como GR11 atraviesa la espina dorsal de los Pirineos de este a oeste (o de oeste a este, dependiendo de la dirección de tus pasos), de las orillas del Cantábrico a la Orilla del Mediterráneo, de Cabo Higuer en Donosti a Cap de Creus en Girona, a lo largo de un incesante sube y baja de 750 kilómetros. Bosques, lagos, valles, ríos, glaciares, rocas, imponentes collados, idílicos valles atravesados por gentiles arrollos, impactantes caídas de agua que golpean la eterna roca sin piedad, refugios montañeros de cuento de hadas, agónicos momentos de sufrimiento que ruegan una misericordiosa rendición, intensas experiencias de comunión orgánica con esa grandísima obra sobrehumana a la que llamamos Naturaleza, en fin, fugaces pinceladas que tan solo aciertan a perfilar en este blanco lienzo la mastodóntica figura del Gran Recorrido 11. Voluntades de hierro afrontan el reto de realizar esta travesía pirenaica en un único intento, caminar las 44 etapas en un solo esfuerzo, de punta a punta, de mar a mar. Voluntades menos dadas a estas titánicas orgías, como sin duda es la mía, se conforman con caminarla pausadamente, tranquilamente, etapa a etapa, sin superar los excesos físicos que al alba no se puedan pagar, sin voluntad de retar a una montaña que en todo momento te recuerda la pequeñez y la fragilidad del microscópico ser que eres y que camina sobre su piel sin apenas ser advertido, sin que esa gran mole de gigantes de eterna roca note tu presencia. Año tras año recorro un puñado de etapas, me dedico durante algunos días a seguir la guía que ofrecen dos franjas, una de color rojo y otra de color blanco, marcas del camino a seguir allá donde la civilización afortunadamente no alcanza a contaminar con su progreso y su desarrollo. Tramo a tramo, etapa a etapa, esfuerzo a esfuerzo, voy caminando el camino 11, la Gran Ruta Pirenaica, un viaje diferente, un reto seductor, una experiencia inolvidable.

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Esta vez el trayecto comenzaba en Encamp, Andorra, donde como primer plato andarín me esperaba una de las subidas más extenuantes de todo el recorrido, la que lleva al Coll d’Ordino y que tiene unas rampas de un desnivel inmisericorde. Esa imponente primera rampa medía yo con mi mirada mientras ajustaba mi nueva mochila cargada con más de 10 kilos de material montañero (tienda, saco, colchoneta, hornillo, …). Una vez todo estuvo comprobado, el peso bien distribuido, inicié el trayecto que me debía llevar a través de decenas de kilómetros por las cotas más altas de los pirineos catalanes y andorranos. Seis días con sus seis noches caminando, descansando, sufriendo temibles pendientes, disfrutando de los más hermosos y a la vez siniestros parajes pirenaicos. Y la subida al Coll d’Ordino ofrecía lo que prometía, 3 horas de ascenso prácticamente sin descansos que supusieron un auténtico martirio para mis frías y desacostumbradas piernas al esfuerzo montañero. En estas circunstancias, la experiencia del caminante de alta montaña recomienda fijar la mirada en el camino, tímida, temerosa, evitando mirar directamente a la aplastante superioridad de la montaña, marcando un paso firme y regular que permita mantener el esfuerzo continuado sin nunca llegar a superar la potencia que no seas capaz de mantener.

Con un tiempo excelente y marcando el paso con la cadencia adecuada llegué al punto culminante del collado, situado a unos pocos metros por debajo de los 2000. Descansando y recuperando fuerzas con algunas piezas de fruta, disfrutaba de las primeras vistas de pájaro que ya no me abandonarían hasta el final del recorrido, panorámicas de la tierra, pueblos y pequeñas ciudades, desde las alturas de tierras sin civilizar, salvajes, donde la vida es difícil cuando no imposible. Con el paso de los días te acostumbras a mirar el mundo desde las alturas, como si fueras un ave o una deidad olímpica que se permite el lujo de contemplar el hormiguero de la humanidad desde un terrenal Olimpo.

Fue dando las últimas dentelladas a una rica manzana, de una jugosidad infinita, a bien seguro sobredimensionada por la magnitud del paisaje observado y del esfuerzo realizado, apareció el primero de los personajes con los que me cruzaría mis pasos durante los 6 días de caminata. Se trataba de un montañero vasco, jóven pero con la fatiga del caminante grabada en su rostro, que estaba realizando la totalidad del recorrido de la GR11, habiendo salido de orillas del Atlántico, a orillas de Cabo Higuer, y aspirando a cumplir el reto de llegar al otro extremo, a las antípodas de los pirineos, a Cap de Creus, en Catalunya. Más de cuarenta jornadas caminando, de mar a mar, cruzando los pirineos de punta a punta por rutas de alta montaña, de los que ya había recorrido unos 30. La inevitable conversación supuso un paso más allá en la profundidad de la experiencia ya que éste cobra una nueva dimensión, más real, más brillante, cuando puedes compartir algo tan particular, extraordinario y necesariamente solitario como es caminar por la alta montaña con alguien a quien no tienes que explicar las razones por las que disfrutas de ello. Después de la despedida llegó inevitablemente el momento de recolocar la mochila en la espalda y como inviolable ley natural cumplir esa norma por la que todo lo que sube tiene que bajar. Y el descenso de esa tarde de agosto apuntaba a Ordino, otra de las pequeñas ciudades con espíritu de pueblo montañero que jalonan el territorio andorrano. Al igual que Encamp fue empequeñeciendo bajo mi mirada a medida que ascendía, Ordino fue ganando entidad a medida que descendía por una empinada ladera que proporcionaba regularmente algún susto en forma de resbalón y un sostenido dolor de articulaciones, sobre todo centrado en tobillos y rodillas, que son las partes del cuerpo que más sufren la fuerza del impacto de la pisada en el descenso.

Al atardecer, ya llegando al final de esta primera etapa del camino, tocaba buscar lugar donde pasar la noche, un lugar recogido e idealmente llano, para plantar mi tienda de campaña ultraligera y dejar descansar mis doloridas piernas. Y con este preciado lugar topé tras una breve búsqueda, un terreno sin cerrar, cerca del río y del pueblecito de La Cortinada, que en su parte superior ofrecía un pequeño espacio sin excesivas irregularidades, al cobijo de dos frondosos árboles. Dado que mejor oferta no iba a obtener y que la noche estaba a punto de bajar definitivamente el telón del día, no dudé en montar la tienda y en menos de un cuarto de hora, bien abrigado para sobrellevar mejor la fría noche pirenaica, encendí mi pequeño hornillo para cocinarme una sopa de fideos que regalara a mi cuerpecito un poquito de calor y unas cuantas calorías para el esfuerzo de mañana. Al poco de haber dado buena cuenta de mi sopa y algunas barritas energéticas, y después de observar como los pueblos que contemplaba desde mi improvisada atalaya quedaban sumergidas en la profunda oscuridad de una noche sin luna, oscuridad solo rota por los destellos de lejanas farolas, acompañé a mi dolorido y fatigado cuerpo al interior del escueto dormitorio portátil. En cuestión de minutos, mientras perdía mis pensamientos en los deliciosos sonidos de la noche en la montaña, caí rendido en brazos de Morfeo.

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Desperté con alba y el canto de los pajaritos anunciando la nueva luz del día. Con las piernas aun doloridas por el esfuerzo del día anterior pero también agradecidas del descanso y la cena, salí de mi pequeño cubículo para descubrir la postal pirenaica que me ofrecía ese nuevo sol. Los pequeños pueblos engullidos la noche anterior por la oscuridad de una noche sin luna, renacían ahora con vigor bajo un cielo azul que prometía las mejores condiciones meteorológicas para la aventura montañera. Estiré un poco piernas y espalda, respiré aire puro, saboreé cada uno de los detalles de ese precioso escenario, desayuné un buen bocadillo para empezar a generar las energías necesarias para afrontar el esfuerzo del día. Una vez cuerpo y mente se alinearon con el perfil de la etapa del día, recogí mi pequeño campamento, coloqué en mi espalda la pesada mochila y dí los primeros y madrugadores pasos que debían guiarme hacia los casi 2800 metros de altitud del más alto collado que tendría que superar los próximos días.

Prometía ser una jornada larga pero el tempranero inicio de la marcha me permitía ser optimista en cuanto a la consecución de mi objetivo, es decir, llegar antes del anochecer al refugio no guardado de Baiau, a 2700 metros de altitud. Pero antes tenía un reto más inmediato y real, el ascenso al collado de Arcalís. Los primeros cientos de metros de progresión sirvieron para entrar en calor y constatar que la recuperación nocturna había sido un éxito. Mediado el día, y después de superar sin mayor dificultad el collado de Arcalis y descender a la ciudad del mismo nombre, donde aproveché para comprar un poco de comida para las siguientes jornadas, inicié el ascenso más largo de los que me esperaban en esos días de caminata. Por delante, más de 1500 metros de desnivel hasta el collado de Baiau. El ritmo de la caminata no era malo y el camino transcurría entre un frondoso bosque que me protegía de las inclemencias de un potente sol que reinaba allá arriba en el cielo azul, cuando de repente, sin aviso previo, me sorprendió la primera pájara de la ruta. Las fuerzas de mis piernas comenzaron a desvanecerse hasta rápidamente desaparecer. Los 20 kilos de la mochila se transformaron en la misma cantidad de toneladas, como si en vez de transportar material de travesía ultraligero transportara enormes rocas de cantera. En esta condiciones la subida más amable se convierte en un muro infranqueable. La experiencia es un grado y la mía me aconsejaba buscar un lugar sombreado a la vera de un pequeño pero coqueto río que corría vigoroso unos metros más bajo para comer, descansar y reponer fuerzas. Y así lo hice.

Después de darle a mi cuerpo todo el alimento que mi apetito reclamaba, busqué la posición idónea bajo la sombra de un antiguo abeto, cayendo sin remedio en un profundo sueño. La campechaña siesta duró no menos de una hora, pero me llevó a los límites de la inconsciencia total. Tanto es así que al abrir los ojos contemplé el hermoso paisaje de montaña que me rodeaba como si me hubieran dejado caer allí por sorpresa. La luz intensa del sol en su zenit iluminaba las altas copas de los abetos, mientras la fresca agua del río seguía su curso regalándome ese sonido que tanta paz y serenidad transmite a mi ser. Mi esqueleto y musculatura rogaban un instante más de descanso y mi alma exigía disfrutar un rato más de ese bello escenario. Algunas personas me preguntan porqué cargo a la espalda una pesada mochila y camino días enteros salvando importantes desniveles, sabiendo de antemano que no serán pocos los momentos de sufrimiento durante el recorrido. Mi respuesta es tan simple como dibujar este momento de descanso bajo la sombra de un abeto a orillas de un pequeño y travieso riachuelo. O ese otro momento de respiro en un dura ascensión mientras observo el espectacular perfil de las montañas más altas de los Pirineos. O ese otro cuando cruzo mis pasos con una manada de animales libres, ya sean cabras montesas, nutrias, águilas, vacas o caballos. Cada día en la montaña me ofrece un ramillete de oportunidades de ser feliz, de disfrutar de la vida al aire libre, como un ser más en el mismísimo centro del misticismo que brota de una naturaleza no sometida a las leyes de la civilización. Afortunada o desafortunadamente nunca he creído en dioses ni he profesado religión alguna. No obstante, siempre he sentido una dimensión transcendente de mi ser que busca la comunión con algo superior. Y para mi ese algo superior, el principio y el fin, el motor último de la vida, es la naturaleza. Transitar valles, subir y bajar colinas, superar las empinadas vertientes y crestas de las altas montañas, descansar a las sombra de un árbol a orillas de un tranquilo río rodeado de animales en libertad, es como comunicarse con ese ser superior que me permite comulgar, aunque sea fugazme nte, con su infinita sabiduría, su equilibrio y su fuerza.

Tan absorto estaba en mis pensamientos mientras decidía ponerme en marcha o regalarme 5 minutos más de esa maravilla de momento de compenetración con la naturaleza, que, de pronto, me dí cuenta de que había cruzado el prudente límite montañero que marca la cercanía del atardecer. El cambio de tercio se hacia inevitable y sin más remedio sonaron las trompetas para indicarme que debía ajustar de nuevo la mochila a mi espalda y reemprender sin mayores dilaciones el ascenso que ese agotamiento fulminante unas horas atrás había interrumpido. Seguí remontando el río siguiendo el camino que marcaba una fuerte pendiente, intentando marcar un ritmo que me garantizara llegar antes de la noche al refugio de Baiau. A pesar de que ya me encontraba a más de 2000 metros de altitud sobre el nivel del mar y que el fuerte sol pesaba como un demonio marmóleo, logré, con algún problema que otro, mantener una buena cadencia de paso mientras ascendía por un agreste paisaje. Pero la dicha no duro mucho, y, de nuevo, sin previo aviso, el agotamiento inundó mi ser. Hay días en la montaña cuando las fuerzas no acompañan a la voluntad, transitan caminos opuestos, y parecía que ese día iba a ser uno de ellos. De nuevo descargando la mochila al abrigo de una sombra, consulté el mapa y sin necesidad de mucho reflexionar sobre tiempos y distancias, llegué a la conclusión que aquel día no iba a conseguir llegar al soñado refugio de Baiau. Las alternativas eran dos. La primera era acampar en una pequeña llanura por donde corría un escuálido pero suficiente riachuelo que garantizaba el necesario suministro de agua. Pero se encontraba a 2300 metros de altitud, circunstancia que aconsejaba repensar la opción con el debido respeto. A esa altitud, en la montaña, en cualquier momento puede cambiar el tiempo y formarse una furiosa y temible tempestad, y la posibilidad, por muy remota que fuera, me encontraría solo y con la débil protección de una tienda de campaña superligera, sí, pero también resistente como el papel de fumar. Sin cobertura en el teléfono y a gran distancia de cualquier lugar habitado, la bucólica pero arriesgada posibilidad de acampar como la noche anterior no me hacía mucha gracia. Así que sin dudarlo demasiado tomé la segunda opción, llegar al refugio guardado de Comapedrosa, que se encontraba a unos 200 metros de desnivel montaña arriba.

Era una distancia salvable y, no sin esfuerzo y necesitando algunas paradas para recuperar el aliento, superé las últimas rampas que me separaban de mi hospedaje, al que llegué apuntándose en el horizonte la luz del atardecer.

Los refugios de montaña son lugares donde el tiempo pasa de manera silenciosa, transcurre casi de puntillas, sin hacerse notar. Los relojes pierden allí su sentido, dividir el tiempo en unidades horarias es en ese escenario una cuestión banal. La auténtica referencia temporal es la posición del sol. En cambio, resulta un espacio trufado de normas y organización. Nada de botas dentro del espartano edificio, ningún objeto puede estar fuera de la taquilla asignada, a las 7 en punto se sirve la cena de menú único y sin discusión, a las 9.30 se cierran las luces y el desayuno se sirve entre 7 y 8 de la mañana. De entrada y ante la mirada primeriza, un refugio de alta montaña podría parecer un cuartel militar en miniatura. Los servicios son básicos, como no puede ser de otra manera en una construcción humana a distancias siderales de cualquier núcleo urbano. El trato que dispensan las personas que guardan diariamente el edificio suele ser amable aunque está envuelto en un velo marcial, algo comprensible para gente que que vive temporadas enteras colgadas de las montañas, sin acercarse apenas a la civilización. En ellos y ellas he comprendido que reside el austero pero generoso espiritu montañero. La organización de tanta gente en un espacio tan reducido y básico necesita regirse por esas estrictas normas y los espíritus montañeros bregados en la alta montaña las acatan como propias, sin discusión y con el rigor que se merecen. Un refugio de montaña es lo que es, ni más ni menos, un espacio habitable disponible para que las almas que transitan caminos desolados puedan refugiarse durante la noche. No es una pensión o un hotel.

Una vez recuperado el aliento en la entrada del refugio de Comapedrosa, después de haber liberado mis doloridos pies de sus opresoras botas y de haberme calzado unas obligatorias botas de agua de caña baja para moverse dentro del espacio y mantenerlo así libre de las suciedades y barros que vamos arrastrado en la ruta diaria, entré en el edificio construido en pizarra y madera. La paz y la tranquilidad que transmiten los refugios a la luz de un temprano atardecer, antes de que los montañeros bajen de las cumbres alcanzadas durante la jornada, es indescriptible. El silencio que envuelve el diáfano espacio raya la perfección y la luz del atardecer penetra por los estrechos ventanales inundando el espacio con una suave claridad, casi audible. Apoyado en el mostrador observaba la silueta de dos mujeres que parecían levitar al fondo de la estancia, concentradas de una manera casi vaporosa. Se trataba de las dos guardas del edificio, aunque por un momento sospeché que se trataba de espíritus de las montañas. La más joven pintaba con acuarela un blanco lienzo que descansaba suavemente en una mesa de robusta madera. La mayor, de hermoso y largo pelo cano, navegaba absorta en lo que a mis ojos aparentaban ser la mágica reverberación de sus pensamientos. Ambas parecían ignorar mi presencia aunque algo que flotaba en el aire me hacía sentir acogido, y por nada del mundo pretendía yo romper ese mágico momento con lo que entonces se me antojaba una agresiva movilización de mis cuerdas vocales. Finalmente, la más joven, sin perder un ápice de la paz que reflejaba su rostro, decidió prestar algo de atención a esa silenciosa presencia al otro lado del mostrador en la que me había convertido. Me sonrió y continuó pacientemente el trazado de su dibujo hasta que la musa que parecía acompañar los delicados movimientos de su mano le susurró al oído que el momento de recuperar la esencia humana había llegado.

Así transcurre el tiempo en un refugio, es tiempo sin tiempo, sin metas ni objetivos, sin prisas ni agobios. Más que el paso del tiempo, en un refugio lo que se siente es su suave caricia.

Una vez la joven pintora de luz y silencios me hubo acompañado a la habitación colectiva que esa noche compartiría con un grupo de 8 caminantes más, y una vez hube colocado mis escuetas pertenencias en la vetusta estantería de madera que servía de armario, coloqué mi saco de dormir en uno de los dos espacios que quedaban libres en la cama colectiva de dos niveles. Me aseé someramente para aligerar el cansancio del día y para evitar también a mi nocturna compañía más olores corporales que los justos y necesarios, y salí del refugio a estirar las piernas. Caía la tarde y aquel escenario que solo media hora antes, con la mochila a la espalda, se me antojaba inhumano, aparecía ahora como un hermoso lugar al calor de la transparente luz del atardecer, esa luz que torna un paisaje real en un escenario casi mágico, que transita el sendero que separa el mundo de la luz y de las sombras, de lo real y de lo irreal. Estirando todo mi cuerpo en el frió y rocoso suelo, observaba el circo de montañas que formaban la frontera natural entre Andorra y Catalunya, con altas cimas entrelazadas unas con otras y gobernadas por el pico de Comapedrosa, con sus casi 2900 metros sobre el nivel del mar. Desde su cumbre, la más alta del pirineo andorrano, lanzándome a un vertiginoso descenso visual, mi mirada descansaba de inmediato en una pequeña planicie que nacía en las faldas de los imponentes picos. Un pequeño río nacido de sus entrañas rocosas caía amablemente mientras pasaba con su leve y cristalino crepitar acariciando una pequeña y básica construcción de piedra, que sirve de albergue para los pastores transhumantes durante las frías noches pirenaicas. Solo unos metros más adelante, cuando parecía que el río podía desaparecer en su propio fluir, su pulso se aceleró al ritmo de una incipiente brecha en la marmórea roca que convierte su esponjosa horizontalidad en una ferviente vertical, que se precipita unos metros más abajo y que transforma ese pacifico río en una potente cascada de agua. A pesar del vertiginoso descenso del río entre las dos ciclópeas paredes que formaban el estrecho y sombrío cauce allí donde la cascada volvía a transformarse en río, esta vez vigoroso e implacable, todavía podía otear en las profundidades de un lejano bosque las tenues luces de la humanidad más cercana.

Contemplando ese sobrehumano escenario transcurrieron los últimos instantes de la tarde, hasta que puntualmente fuimos convocados a la cena, que consistía en una calentita y apetecible sopa de verduras, un nutritivo segundo plato compuesto por una butifarra, una montaña de arroz y una generosa laguna de sanfaina (pisto) aderezadas como postre de ciruelas confitadas. El azar me llevó a sentarme enfrente de una mujer que más o menos, como yo, debía rondar los 40 años. La conversación no tardó en brotar. Resultó ser alemana y que, sorprendentemente, hablaba un estupendo catalán, idioma que había aprendido durante transitando caminos del pirineo. Al calor de una cordial conversación en catalán, regada con una copa de vino que para las altitudes en las que nos encontrábamos no resultaba tan peleón como cabría esperar, pasamos el rato hablando de las cumbres, los valles y las crestas que más nos habían impresionado en nuestro caminar montañero. De esta manera descubrimos que en ese espartano refugio cruzábamos nuestros pasos ya que caminábamos la misma senda pero en sentidos opuestos. Así pasaron los últimos instantes de ese día, que había comenzado temprano más de mil metros de desnivel abajo. Hasta que las dos hadas guardianas del refugio, tocadas las 9.30, sacaron su incontestable varita mágica y nos invitaron a la rústica y comunitaria cama. En breve se apagarían las luces, así que después de lavarnos los dientes, nos deseamos buenas noches y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones, solo unos momentos antes de que la oscuridad y el silencio comenzaran su breve pero inevitable reinado.

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El despertar del nuevo día resultó sorprendentemente enérgico, me sentía vital y vigoroso, fuerte, con muchas ganas de emprender la ruta pirenaica. Ni rastro de la fatiga acumulada la jornada anterior. Después de preparar mi mochila y de devorar el desayuno que las guardas de las montañas nos habían preparado, aspiré una gran bocanada del puro y fresco aire del alba y emprendí la marcha.

Aquella subida al Coll de Baiau, que el día anterior me pareció el mismísimo Everest, bajo la luz de esa mañana llena de fuerzas tenía la apariencia de una intensa y bella ascensión despojada de cualquier tipo de complicación técnica y física. Tanto era el ardor que mis renovadas fuerzas imprimían a mi voluntad que, aproximadamente una hora después de iniciada la marcha, cuándo ya el refugio de Comapedrosa empezaba a ser poco más que un pequeño montículo de piedras en el horizonte, me di cuenta de que, allí donde el camino queda sepultado bajo las enormes rocas de antiguos desprendimientos geológicos, había perdido la blanca y roja marca que señala la ruta GR11 . Después de mirar con detenimiento el mapa y de preguntar a un caminante de las montañas, caí en la cuenta de que estaba subiendo por el camino que llevaba a la cima del pico de Comapedrosa. No sé que demonios pusieron las dos guardas del refugio en la butifarra, sólo sé que sin pensármelo dos veces y confiando en unas fuerzas que prometían ser inagotables, ajusté lo mejor posible la mochila y empecé con paso firme la ascensión al Comapedrosa. Realizando una Gran Ruta de varias etapas, cargando tanto peso como el que alojaba en mi mochila, no es recomendable realizar sobreesfuerzos que, potencialmente, puedan dejarte fuera de juego. El cuerpo tiene sus límites, y el mio, ya cuarentón, ni se  atreve a ponerlo en duda. Pero a veces la vida es caprichosa y tus decisiones no lo pueden ser menos, así que en poco más de una hora me encontraba en la cumbre del Pirineo andorrano, contemplando las espectaculares, magníficas panorámicas de la cordillera y su miríada de picos que se alzaban ante mi. Pocos momentos me sobrecogen tanto como, después de realizar un arduo esfuerzo para alcanzar una cumbre, observar desde el punto más alto, el mundo desde arriba. Me sobrecoge a la vez que inunda mi ser de una sensación cuasi mística y que por un breve instante me hace sentir parte de este mundo de una manera especial e irrepetible, una especie de epifanía hecha de naturaleza. Es una sensación parecida a la que personas que profesan una religión deben experimentar después de horas de oraciones e introspección. Sea como sea, aunque nunca en mi vida he tenido orientación religiosa alguna, en ese momento, mientras disfrutaba de una visión de 360º sobre el universo montañoso que se abría ante mi, me sentí cerca de Dios, cuando el único Dios posible para mi es la Naturaleza.

Apenado por tener que abandonar ese momento, recogí mi mochila y, después de pedirle a un compañero de botas y andanzas una foto que inmortalizara el momento, me lancé con las energías todavía intactas al descenso de la collada de Baiau, unos cientos de metros de desnivel más abajo, y que servía de paso natural entre Andorra y Catalunya. A partir de ese momento me esperaba un delicioso descenso hasta Àreu, pequeño pueblo y final de etapa, a lo largo del cual dormiría una reparadora siesta a orillas de un gélido lago, avistaría manadas de cabras salvajes en preciosas planicies, hermosamente surcadas por pequeños ríos donde abrevaban caballos y vacas en una paz y armonía difíciles de describir pero muy fáciles de sentir y de disfrutar.

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El resto de las jornadas transcurrieron entre nuevas ascensiones y sus inseparables descensos, a la orilla de otros ríos y valle. Nuevos bosques y collados dibujaban otros paisajes moteados por pequeñas aldeas, casi siempre deshabitadas, por pequeños pueblos adornados con pequeñas iglesias románicas, como Tavascan O Estaón. Nuevos descansos a la sombra de pinos y abetos contemplando las majestuosas panorámicas de esos magníficos días en los Pirineos. Y como no, también nuevos sufrimientos y fatigas, otros dolores de musculares y de articulaciones. No en vano, la pendiente positiva acomulada durante todas las jornadas de camino superaban los 8.000 metros, igual que la pendiente negativa. Sin tener en cuenta la infinidad de factores que estas cifras no recogen, como el frío, la nieve, las dificultades técnicas, las paredes de hielo, la falta de oxígeno, en menos de unas semana subí y bajé el Everest.

Hoy sentado en la tupida hierva de mi último lugar de acampada, en la Guingueta d’Áneu, viendo el sol caer detrás de la última montaña superada en el camino, siento que estos esfuerzos y fatigas son un precio muy pequeño que pagar por unos días inolvidables en el corazón de las montañas.

Verano de 2014.

 

QUIZÁ PORQUE MI NIÑEZ SIGUE JUGANDO EN TU PLAYA (EUROPA EN LA DISTANCIA)

Durante los mágicos e intensos años en lo que me ausenté de su presencia, Europa pareció diluirse en un pozo de tiempos lejanos.

Los años vividos en América empequeñecieron el viejo continente en mi memoria. La magnitud y dimensiones de las tierras y culturas que encontré al aterrizar al otro lado del Atlántico dejaron en un fulgurante segundo plano mi vivencia de Europa. Nací, crecí, me eduqué, trabajé, me divertí, viajé por primera vez en su piel, que durante tanto tiempo fue también la mía, la única. Los primeros viajes a tierras lejanas empezaron a transformar esa piel única en una piel diversa, en una piel camaleónica donde ya no solo se dibujaban los símbolos propios de la cultura europea, y muy particularmente, de la Europa Mediterránea, sino que una nueva simbología tomaba relieve. La decisión de trasladarme a un nuevo continente hizo que el eje vertebrador de mi identidad cultural perdiera su centro para pasar a ser sólo una más de las diversas dimensiones culturales que me definen. Si la experiencia del viaje a menudo tiene la mágica capacidad de permitir el replanteamiento sobre quienes somos y quienes son los demás, trasladar residencia, vida, ser a tierras que no son las que te vieron nacer, hace que tu yo, aquel quien eres, cambie para siempre jamas, irremediablemente, como si de un viaje si retorno se tratara. Mientras avanzaba mi devenir en América, sentía como, poco a poco, esas referencias culturales que habían orientado mi comportamiento y me habían ayudado a entender el mundo de una determinada manera entraban en crisis. A medida que iba incorporando nuevas formas de entender el mundo, los perfiles antes bien definidos del viejo pensar europeo iban degradándose como si de una nube pasajera se tratara. Poco a poco, ese viejo, pequeño y descascarillado continente, cuna de ilustradas razones y oscuras luchas fraticidas, se alejaba en mi horizonte, se desvanecía con el paso del tiempo hasta casi no reconocerme en ese yo que durante su infancia, adolescencia y juventud habitó sus tierras.

No obstante, a pesar del embrujo que sobre todos mis sentidos ejercía el descubrimiento de la nueva tierra, nuevas gentes, nueva naturaleza e inevitablemente un nuevo yo, no eran pocas las veces que una extraña y repentina sensación de añoranza me despertaba del conjuro americano. Llegaba muchas veces en forma de inquietud, de sensación de hormigueo en el estomago, como si de un presentimiento se tratara. Poco a poco iba aumentando su columen y su potencia, a cada momento reclamaba más protagonismo en mi pensar.  No se trataba de esa frecuente nostalgia, ese periódico echar de menos, sobretodo de mi gente, familia y amigos, a los que dije ‘hasta luego, algún día regresaré … quizá …. quien sabe?‘. Apenas cosquilleos del alma, malestares leves de la vida del expatriado que podía solucionar con una llamada de teléfono o una sesión de videochat. Se trataba más de un reclamo visceral que agarraba mis entrañas apretándolas con la palma de una mano, que no era otra que la mía propia pero que pertenecía a un yo de tiempos pasados. Mi intuición me decía que era ese ser que nació a orillas del mediterráneo catalán, ese ser al que estaba dejando atrás, al que ya apenas prestaba atención, y que quería seguir siendo y estando, que me pedía que no lo olvidara. Mucho tiempo pasé intentando encontrar una palabra, una frase, cualquier expresión que ayudara a cobrar vida propia a ese sentimiento para así poder entenderlo. Todos los intentos fueron en vano.

Hasta que una noche de marzo, en el Palacio de Congresos de la ciudad de San Salvador, mientras es animalillo travieso mordisqueaba mi fibra sensible y mi mente buscaba los porqués, Joan Manel Serrat, uno de los pocos artistas que aun conserva ese buen hacer humano de dejarse caer por tierras que un día le regalaron su cariño, por poco rentables que estas sean y por poco que vistan sus escenarios, preparaba la respuesta definitiva entonandado los primeros acordes de la entrañable ‘Mediterráneo’ . Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa cantó, como seguía cantando desde que yo era solo un pequeñajo en la Barcelona de la transición y  jugaba en el salón de la casa familiar a conquistar nuevos territorios ayudado de un invencible ejercito de muñequitos, mientras mi madre acompañaba a Serrat haciendo de improvisado coro.  Como si de un mágico elixir se tratara, esa frase actuó como antídoto de mis inquietudes, fue la llave que abrió el baúl de sabiduría. Quizá porque mi niñez sigue jugando en sus playas, esas playas de colores y aromas mediterráneos, mi ser añoraba de una forma casi irracional esos tiempos y esos paisajes. Y quizá porque sumido en mi hechizo americano había abandonado en una fría habitación de olvido a ese niño que fui a orillas del mar de Ulises. Mi yo de ese tiempo reclamaba su merecida atención y cuidado.

Y fue a partir de ese momento que, despertando de vez en cuando del sueño americano, dedicaba tiempo a recordar, a volver a sentir aquellas emociones tan particulares y únicas. Comprendí que no solo se trataba de hablar regularmente con mis gentes, de seguir las noticias acaecidas allá en mi tierra, de reunirme de vez en cuando con personas expatriadas como yo para compartir los desasosiegos del destierro voluntario. Se trataba también de no olvidar a ese niño que jugó abrigado por un eterno cielo azul y la mágica luz mediterránea, a ese adolescente que se lanzó a las primeras incursiones en tierras bárbaras del continente europeo, a ese joven que un día subió a un avión con destino a los Balcanes de la postguerra para descubrirse viviendo en una Europa insospechada, un pedazo de continente que contradecía abiertamente la idea de una Europa única, monocroma, occidental. Demasiados recuerdos, demasiadas huellas en mi memoria asociadas a Europa y al Mediterráneo como para no dedicarles tiempo de calidad. A veces, sentado a orillas del belicoso Pacífico o del más sutil Mar Caribe, lanzaba mi mirada a través del vasto Atlántico mirando en dirección al lugar de donde esas memorias llegaban, esperando con ilusa paciencia que un caprichoso movimiento de tierra acercara ambos mundos y que, con la simple ayuda de un pequeño salto, pudiera estar allí de nuevo, solo un instante, un breve momento, pero estar allí, completamente.

Siempre que regresé de vacaciones a Barcelona, después de haber proporcionado a mi alma la esperada y necesaria satisfacción del reencuentro con mis gentes y mis lugares, reservé aunque fueran solo tres o cuatro días para darme un pequeño pero placentero paseo por el viejo continente. Ya fuera en el salvaje y autentico Mediterráneo almeriense, en el inmenso museo al aire libre de Roma y Nápoles, en el no menos impresionante marco de la Grecia Clásica ateniense, en las antiguas y agrestes islas griegas bañadas en la eterna luz mediterránea, en las nostálgicas callejuelas de Oporto, en las elegantes y evocadoras calles de París o en la vital y cosmopolita Londres. Fuera donde fuera, mi alma viajera buscaba tomar una profunda bocanada de aromas europeos que llevarse de vuelta a la residencia americana, conservándola como un precioso perfume que poder disfrutar en momentos de nostalgia. Uno en particular endulzaba los escasos pero amargos tragos del desarraigo, el aroma de ese mar en cuyas playas mi niñez sigue jugando.

 

Varios viajes por Europa, 2008-2012

 

LOS VIAJES SILENCIADOS (II): LAS INCURSIONES EN EL ESTE

La última víctima de tan deleznable estado del espíritu escritor fue un paseo realizado en reciente fecha (Septiembre 2010), desde Berlín a Crakovia, pasando por algunas bonitas ciudades polacas.

El perezoso que teclea estas lineas más de una año después de haber realizado el viaje, recuerda el accidentado

Lübeck

aterrizaje en un pequeñísimo aeropuerto cercano a la pintoresca ciudad alemana de Lübeck. Como no podía ser de otra manera la bienvenida a estas tierras nórdicas estuvo pasada por agua, tanta que el avión tuvo que hacer unas maniobras ‘especiales’ que pusieron a prueba mis estrategias para afrontar el miedo a volar. No obstante el anticiclón no acompañó mi llegada por mucho tiempo y el cielo despejado dejó abierto un paisaje urbano digno del cuento de Hansel y Gretel. En los paseos por la ciudad, acompañado por Bernat y Arantxa, encontramos edificios de fantasía, con un aspecto irreal, fantasmagórico, de los que no nos hubiera resultado extraño que salieran personajes de cuento en forma de brujas con su inseparable verruga en la nariz cabalgando a lomos de una escoba o ese grandullón deforme que oculta su joroba bajo una gruesa capa negra. Pero, a pesar de las bondades estéticas de la postal, la poca vitalidad que transmitía este enclave germano con su cansino ritmo provinciano nos empujó a darnos un paseo por los

Berlín

alrededores, dirección Travemünden, un puerto nórdico desde donde salen inmensos barcos dirección Suecia y Dinamarca. Es también un lugar de veraneo para la gente del lugar, pero un veraneo climático indecente, frío y hostil, en pleno mes de septiembre temperaturas de diciembre. Una visita curiosa pero rápida que me dejó el cuerpo descolocado y la mente puesta en la próxima parada, Berlín.

Berlín me gusto mucho, sin más, a veces la simpleza es el mejor camino para llegar a la verdad. Mi verdad, claro, la que vió la mundana luz  tras algunos días pateando asfalto berlinés. Resultó ser la postal de una ciudad tranquila, bien organizada, limpia, segura, tal vez un pelín fría (no solo por el frío, conocemos bien el carácter norteño europeo), multicultural, sostenible, respetuosa, una ciudad que vive abiertamente y sin complejos los truculentos pasajes de su historia reciente. Exposiciones siempre gratuitas y abiertas a cualquier tipo de público hablan sin cortapisas del holocausto judio (Museo del Holocausto), del

Cruzando el muro

genocidio planificado y perfectamente programado como solo estas mentes nórdicas saben programar y planificar (en este caso para desgracia de una parte importante de la humanidad). O el Museo de la Stasi o de las postrera división de la ciudad por el telón de acero con especial énfasis en los desmanes dictatoriales de la ocupación sovietica. Curioso resultó el vacio de memoría alrededor de los acontecimientos ocurridos en la parte ocupada por el bloque capitalista, sesgo informativo voluntario o involuntario, quien sabe. Y que decir de la vida cultural que existe en cada rincón de la ciudad, desde la más actual y ‘trendy’ de la orilla occidental del muro a la más ‘underground’ y alternativa de la oriental, que para mi gusto era más seductora por lo provovativa y diferente, pero para gustos, colores. Mención especial al Museo de Pérgamo, posiblemente el museo más espectacular que haya visitado en mi vida y que no reúne ni una sola pieza que hable lo más mínimo de la cultura germana. Museo del Expolio sería un nombre más adecuado y que le sentaría de autentica y honesta maravilla. Allí se amontonan armoniosamente ciudades enteras griegas, como la de Pérgamo, romanas, babilónicas, árabes. De cualquier antigua cultura puedes encontrar en este museo villas enteras, ancianas construcciones que fueron desmontadas y montadas de nuevo con exquisita precisión germánica. Ciertamente, la visita a este museo despertó en mi un sentimiento ambivalente que se debatía entre el ‘guauuu …. que

Berlín Este

pasada … la Historia ante mi ¡¡¡¡ ‘ y el ‘joder, pero como pedes robar una cultura entera y tener el morro de exponerlo al público sin ningún tipo de tapujo?¡¡¡¡’”. Una vez más, para gustos, colores.

Todavía con la impresión bien fresca de Berlín en mi retina (meses después permanece casi intacta) me adentré en las entrañas del lado rojo del ex-telón de acero, cuna del Pacto de Varsovia, la vieja Polonia, lugar de nacimiento de uno de mis escritores predilectos, el periodista y viajero Ryszard Kapucinsky. Más allá de las bellezas de las ciudades polacas (mención especial y honorífica a la belleza de sus mujeres), el viaje se convirtió en un seguir la pista involuntario de los acontecimientos acaecidos antes, durante y después de la II Guerra Mundial.

Calle principal de Turun

Primera parada Turún, una bellísima y provinciana ciudad que como atractivo supremo e indiscutible ofrece el paseo por sus calles de ensueño y la visita al museo del hijo pródigo, Copérnico, quien aseguró y demostró que la tierra giraba alrededor del Sol y no el universo sobre Ella. Pedazo de parto ese, lástima que como siempre la funesta iglesia católica estuviera amagada preparando la cerilla para quemar la inteligencia y seguir sometiendo al ser humano a la condena de la ignorancia.

Siguiente movimiento en el tablero polaco, viaje en tren a Varsovia para confirmar que si en algún lugar del mundo viajar en ferrocarril tiene encanto es en Europa y en especial en su Este. La capital de Polonia es un entramado del mejor arte mediaval plasmado en su excelso y encantador centro histórico (hermosa la pequeña plaza del Mercado), de magnificiente realismo soviético reflejado en su edificio estandarte, el stalinista palacio de la cultura y la ciencia, y finalmente, de la soñadora y mucho más reciente promesa capitalista incrustada en la ciudad a base de rescacielos y oficinas import-export. Se terció una imersión también en el museo Frederic Chopin, hijo predilecto de la

Plaza del mercado (Varsovia)

ciudad, un bonito recinto interactivo que te permite un paseo por la vida del gran compositor. Pero si a alguna conclusión había llegado a estas alturas de mi visita a la capital polaca es que si hay un sentimiento vívido y palpable en el ambiente ese es el sentimiento católico. Realmente el fervor religioso se respira por todos los rincones y a casi todas horas, casi siempre personificado en el hijo pródigo por excelencia de esta tierra, Juan Pablo II. Me sorprendió la gran cantidad de jóvenes que asiste a las misas, aquí sí parece que hay relevo generacional para los Escuadrones de Cristo Rey, ojú que miedo.

Pero no sólo en tonos católicos está escrita la historia reciente de Polonia, también con texturas nazis y soviéticas.

El impacto de la barbarie nazi es tan innegable como visible y palpable, para muestra el campo de exterminio de Auswitch, reconvertido en un museo tan educativo como macabro. No es el único campo de la zona pero sí fue la mejor

Última estación 'Auswitch'

versión que los nazis lograron diseñar en su demencial intento de borrar del mapa a los no arios. Toda Polonia, como Alemania y otros países están salpicados por estos lugares incalificables que dibujan de una manera siniestra la evolución de esa locura llamada limpieza étnica, desde los primeros campos de concentración burdos y sin objetivo aparente hasta los más sofisticados y científicos centros de exterminio. De estos últimos, Auswitch representa el más alto peldaño, la punta de la pirámide, la herramienta que haría de tan demencial sueño una realidad. Describir lo que se siente visitando un lugar donde han ocurrido cosas tan terribles se me hace enteramente difícil, es una experiencia íntima y personal que difícilmente se puede compartir en toda su intensidad. Auswitch es un viaje al interior al ser humano, a sus rincones más oscuros, retorcidos y demenciales, es una continua inmersión en las entrañas de una mente colectiva retorcida y enfermiza que en un momento de la historia, como en muchos otros, encontró la tolerancia y la bendición de toda una sociedad. Algo que visto en un cine no pasaría de ser algo meramente increíble se hace realidad, y la realidad, en Auswitch más que en ningún otro lugar donde haya

Barracón en Auswitch

estado, supera cualquier atisbo de ficción, es una cruda y macabra realidad ante tus ojos y sólo tú puedes decidir que haces con ella, como te relacionas con algo que han hecho seres humanos como tu misma sangre, con tu mismo cerebro, con tus mismas manos, con tu misma voluntad. Si antes de tomar la decisión de visitar Auswitch me debatía en dudas ético-morales de si estaba bien pisar un lugar con la historia de este campo de exterminio, después de la visita luchaba por no condenar al más hondo de los infiernos a la raza humana, al ser humano, por que si algo me quedó claro es que de algo tan demencial solo somo capaces nosotros, los humanos, de todos los seres que habitamos el Planeta Tierra.

En fin, de lo que se siente en Auswitch podría seguir hablando largo y tendido, pero mejor nos desplazamos al momento de la liberación cuando el ejercito ruso logró alcanzar el amasijo de campos desperdigados por las amplias llanuras polacas e hizo de sus habitantes personas libres, a las pocas que los nazis dejaron a sus espaldas durante su huida. Ese sentimiento de liberación no duró tanto como se podría pensar ya que, si hay otro sentimiento comparable a la repugnancia hacia los crímenes cometidos por los nazis es el resentimiento hacía todos los años de ocupación soviética que heredaron estas tierras como herencia del reparto geopolítico entre los aliados. Si en Berlín se siente esa linea divisoria entre los dos mundos que nacieron a ambos lados del telón de acero, aquí te sientes habitando en las entrañas de uno de ellos, el soviético. La dictadura Stalinista, el sistema de partido único, el castigo implacable a la disidencia política, la represión a lo diferente, el sentimiento de ahogo de un pueblo ocupado por una superpotencia en plena y cruel guerra fría (hoy, viviendo en Centroamerica, vivo y siento los efectos de los desmanes, de la violencia, del inhumano sistema capitalista representado por esa pseudodemocracia norteamericana, el otro lado del mismo desastre). Me sorprendió sobremanera el rechazo casi generalizado del pueblo polaco a todo lo comunista, sentí que una de las fuerzas que impulsan a este pueblo es el de alejarse de los fantasmas que dejó un sistema que pretendía ser del pueblo y para el pueblo y que acabó reprimiéndolo como el más tirano entre los tiranos. Creo que la integración en la Unión Europea, con todas las críticas que se le puedan hacer, ha supuesto para estas tierras marcar una brecha insalvable con ese pasado nazi y stalisnista, con los fantasmas de su historia más reciente.

Crakovia 'la nuit'

Estas eran las reflexiones que apuntaban en Crakovia mis limitadas entendederas y mi voluntad de conocer, penúltima parada antes de emprenden viaje de regreso a Barcelona. Crakovia es una ciudad bonita y dinámica pero que ofrece poco más que conocer al viajero que viene de otros lugares de Polonia. Admitiendo su belleza, para mi, esta ciudad tuvo más bonita postal aséptica que de lugar interesante. Pero hay que reconocer que todo viaje tienes estas giros dramáticos y que lo que esperabas fuera el encuentro con un lugar especial se convierte en algo anodino, así como esos lugares de paso donde solo esperas estar el momento indispensable te atrapan por días enteros. Estos giros son lo que le dan a un viaje toda la emoción y incertidumbre, esta es su salsa más preciada y sabrosa. Y por supuesto este viaje no podía terminar sin uno de estos giros y, aunque la certeza del fin del viaje que te da la partida del avión no permitía invertir más días , Wroclaw, última parada de este viaje, se convirtió en ese lugar donde esperas pasar los últimos momentos del viaje tomando un café en la terraza de un agradable bar pero que acaparó mi atención hasta el último segundo, no por su arquitectura o su estética, ésta no dejaba de ser el calco exacto de las anteriores

Wroclaw 'la nuit'

ciudades polacas que había visitado, sino por su dinámica, su vida, su ritmo joven y universitario, ese ir y venir de gentes por los parques, sus jardines y sus lagos, por su cosmopolitismo pero sobretodo por el buen rollo que trasmitía. Si pudiera hacer realidad uno de los sueños que nunca pude hacer, disfrutar de una beca Erasmus en alguna universidad europea, la de Wroclaw habría estado entre las candidatas sin duda alguna. Sueño que quedará como lo que fue, un sueño de adolescente que en el adulto de hoy ya no tiene mucho sentido, pero bueno, quien le iba a decir a ese adolescente que el adulto que le precedería se despediría un día de un viaje por tierras polacas allí donde ni siquiera pensaba que pudiera hacer realizar un sueño.

Y hasta aquí la retransmisión de un viaje por tierras del Este de Europa realizado en Septiembre de 2010 y escrito en Septiembre de 2011, justo un año después.

Abrazos.

LOS VIAJES SILENCIADOS (I) PEDAZOS DE CENTROAMERICA

Tiempo ha pasado desde al última nota en este cuaderno de viajes.

Parque Central de Granada (Nicaragua)

La última mirada fue proyectada sobre una bonita isla Mediterranea y las palabras que aquí hoy se depositan están escritas sobre un blanco cuaderno, sobre una verde mesa de madera en un barcito ubicado en una esquina del parque central de Granada (Nicaragua). La noche es cálida y húmeda tal y como mandan los cánones del trópico. La plaza es un hervidero de gente que, como allende los mares en las cálidas noches del verano mediterráneo, se sientan al preciado y escaso fresco anhelando disfrutar de la gentil y necesaria tregua que ofrece el poderoso sol en estas latitudes. La música típica de estos lares, la salsa, la bachata, la cumbia y los great hits universales de todos los tiempos es lanzada de manera casi ritual al espacio sonoro desde poderosos altavoces. Es prácticamente inevitable, si es que circula un hilo de sangre caliente por tus venas, no seguir el ritmo con el pie, con las manos o incluso con las orejas. La erupción rítmica es tal que difícilmente puedes imaginar que no entraste, sin saberlo, a una discoteca al aire libre. También las bonitas mujeres que pasean con sus parejas, hijos, amigas embellecen el escenario de la plaza.

Estas son las coordenadas desde donde algunas palabras, perezosas y algo desganadas, vuelven a brotar

Iglesia en tonos pastel (Granada)

del manantial viajero para devolver aunque sea un leve soplo de vida a este casi olvidado blog. Quizás han sido más poderosas los impulsos externos que los motivos propios para dedicarle un tiempo a este viejo amigo al que la falta de tiempo y motivación condenó al silencio dejando mudos algunos viajes que, honestamente, deberían haber sido escritos.

Empezando por un bonito e interesante paseo por Guatemala, Belice y los Estados del sur mexicano, en compañía de mi hermano y que quedó olvidado en ese poblado cajón etiquetado como ‘el de las cosas que nunca se hicieron por falta de ganas’. Una verdadera lástima puesto que esta danza del viajero ofreció múltiples tesoros en forma de antiguas ciudades mayas sumergidas en impresionantes selvas soberbiamente nutridas de palpitante vida animal y vegetal. No menos elogios merecen los cayos de la costa beliceña y una matrícula de honor sus fondos marinos. Y para poner el punto y final a esta enumeración de miradas nunca transcritas, bonitas ciudades coloniales en la mexicana península del Yucatán. Si bien estas miradas pertenecen a un momento y un lugar distinto al que hoy ocupamos (recordemos que estamos en un parquecito de la Granada nicaragüense) y que dificilmente podría ser revivido tal y como se vivió, es justo que, por el solo hecho de haber existido, le dedique este breve pero sentido ‘In memoriam’. Descanse en paz en su nueva ubicación, a saber, cajón de ‘esas bonitas cosas que nunca fueron explicadas’. Eso si, algunas fotos nos pueden ayudar a levantar una especie de memorial, así que aquí van:

De vuelta a Nicaragua, el ataque de los dichosos mosquitos, reyes absolutos en el mundo de los insectos detestables de estas tierras, me ha obligado a cruzar el parque y ubicar mi cuaderno sobre una mesa. Ésta conserva su color natural realzado por una capa de impermeable barniz, que descansa placidamente bajo un porche de estilo colonial con sus columnas sosteniendo los castellanos tejados de teja arcillosa. En este barcito la selección musical es mucho más clásica, ahora mismo suena el hito sesentero ‘y con mis manos en tu cintura ….’ que transporta a no tan lejanas y represivas épocas cuando un tirano hijo de puta sometía con su rancio espíritu la libertad de todo un pueblo (incluso de los que pensaban que con él se vivía mejor). El rigor narrativo, si es que algo así existe, se ausentó en algún momento de esta tropical noche centroamericana.

Que hoy escriba desde aquí no dejaría de ser una anécdota si no fuera porque hace meses que vuelvo a habitar este istmo, larga y deforme lengua de tierra que conecta y da sentido a las Américas, las del Norte y las del Sur. De nuevo, y nuevamente de mano de la cooperación, vuelvo a transitar estos ya más que familiares paisajes y paisanajes. Cuarta incursión americana, segunda aventura centroamericana, campo base San Salvador. Quien haya seguido este blog sabrá que no es la primera vez que visito esta tierra de volcanes y hamacas, de pupusas y revoluciones. La novedad hoy es que es aquí precisamente donde vivo y donde trabajo. Pero dejemos los detalles para otro momento, los habrá mejores para manosear torpemente algún teclado e intentar explicar lo que esta mirada discreta percibe en su día a día salvadoreño. También dejaremos para otro instante el garabatear algunas silabas acordes con lo que mi contemplar estas tierras nicaragüenses del aquí y el ahora topan.

Este es un momento dedicado a tender un puente entre el momento en el que esta mirada viajera cerró sus cansados párpados y el actual, donde, a pesar del triunfal ataque mosquitero, cuando esos mismo párpados tratarn de vencer el megalítico peso de la inactividad y la apatía.

Enero de 2011 (Granada, Nicaragua)

LA SICILIA (el escenario)

Pero no solo del cine y de recuerdos de niñez vivimos, y, como no podía ser de otra forma, Sicilia tiene mucho más que ofrecer. Por supuesto sus playas y su gastronomía son un placer para los sentidos, así como su clima, sobretodo si tienes cerquita la sombra de un olivo bajo la cual refugiarte cuando el sol siciliano cae del cielo como fuego escupido por boca de los mismísimos Dioses.

El elefante, símbolo de la ciudad de Catania

Dioses paganos, griegos y romanos, católicos, pueblan estas tierras desde los albores de la civilización, y es que no podemos olvidar que estamos en Italia, tierra de historia clásica, de Grecia y Roma, y de todas las culturas que vinieron después.  Supongo que viviendo en Barcelona toda la parte gótica que se puede admirar en una ciudad como Catania no sorprende tanto, simple resultado de la costumbre, del hábito, pero el pasear por sus calles y encontrar vestigios de teatros griegos datados incluso en siete siglos a.c es simplemente espectacular. Las ruinas, los museos, los jarrones de terracota decorados con escenas de batallas entre Atenas y Siracusa, las impresionantes catedrales y conventos góticos, en definitiva, un sinfín de atracciones históricas que a buen seguro acabaran destrozando los pies de quien quiera abarcarlas en su totalidad.

Mi campo base en este asalto viajero a la hermosa Sicilia fue la no menos bella Catania, una ciudad joven, activa,

Más Catania

inquieta, o como la definen algunos de sus habitantes ‘una cittá molto vivacce‘. Y a huevos que dan en el clavo ya que si hay un adjetivo que la define a la perfección es ‘vivaz’. Vida en la calle, tráfico caótico, museos, teatros, catedrales, vida cultural, bares y terrazas, música en directo, restos de cualquier civilización imaginable y de telón de fondo, visible a simple vista, nevado y siempre activo, volcán Etna.

Sinceramente, hace muy poco que regresé de Centroamerica, de vivir rodeado de imponentes volcanes en plena actividad, como para sorprenderme con la magnitud, digamos leve, que en comparación posee el Etna. Pero para el estándar europeo, el simple hecho de que haya un volcán y que esté en activo es motivo de admiración y de asombro. Desgraciadamente no tiene la bonita forma cónica casi perfecta de sus primos americanos, pero si se pueden detectar múltiples cráteres por los

El Etna

que en diferentes etapas de su convulsa vida ha ido expulsando la roja lava, que siglo tras siglo, unida a los múltiples terremotos, ha destrozado una y otra vez los pueblos y ciudades que resisten tozudamente a sus temibles embites, contando como reconstruyeron su casa o su iglesia con lava seca de tal o cual erupción.

Obviamente Catania, la gran ciudad en la falda del volcán cuyo primer enclave data del siglo VII a.c., ha sufrido una y otra vez las consecuencias de los movimientos sísmicos y los pepinazos del Etna, pero no es la única.

Taormina es otra ciudad bajo el área de influencia del volcán, ciudad que merece una visita. Recorrer sus estrechas calles al más puro estilo barroco sería un grato placer si no fuera por las hordas de turistas que afean su espíritu, su magnifica estampa. Posiblemente pueblos en los alrededores no sea tan espectaculares pero seguro serán mucho más auténticos. Pero, a pesar de todo, Taormina tiene uno de los antiguos teatros griegos más bonitos que se puedan visitar y ésta es escusa suficiente como para sufrir en silencio a las dichosas manadas de turistas en viaje organizado. Situado en una

Taormina desde el teatro Griego

colina con espectaculares vistas del Etna y el Mediterráneo, es una auténtica delicia sentarse en sus ancianas gradas y permitir a la imaginación volar a esa época cuando la aristocracia vestida con blancas túnicas asistía a las representaciones dramatizadas de las obras de sus más insignes coetáneos. Si la puesta en escena tenía la misma magia que el enclave elegido para construir el teatro, a buen seguro que resultaban espectaculares, y es que estos griegos mal gusto no tenían y fijo que poseían una especial sensibilidad para captar la belleza.

Un poquito más al sur, protegida de la acción del Etna, aunque no de los terremotos, está Siracusa, el enclave más antiguo de la isla, datada en un porrón de siglos a.c. Pasear por sus calles y visitar sus parques arqueológicos es igual de delicioso que lo anteriormente descrito, pero destacaría por encima de todo, a parte del mágico enclave a orillas del Mediterráneo, la catedral, antiguo templo griego sobre el que, durante la época de la evangelización, se construyó el templo católico. Se

Catedral de Siracusa

conservan todavía la mayor parte de las columnas del templo griego que constituyeron la estructura básica de la construcción, lo que le otorga la naturaleza de un espacio amplio y simple, que contrasta con las partes barrocas y recargadas añadidas para conseguir ese toque de culto cristiano. Es realmente espectacular la sensación que puedes disfrutar si te tomas el tiempo necesario para navegar entre los susurros de dioses paganos y iconos cristianos.

Y llegados a este punto, tengo que destacar de nuevo, como sucedió en Malta, un nuevo cuadro de Caravaggio, expuesto en una pequeña y elegante iglesia accesoria de la catedral. Esta vez se trata del ‘entierro de Santa Lucia’, otra escena que, al igual que la ‘decapitación de San Juan Bautista’, me fascinó y me tuvo hipnotizado un instante completamente vacío de tiempo inmerso en una escena que sentía estaba sucediendo ante mi en ese preciso momento.  Vuelvo a confirmar mis limitaciones para disfrutar del arte, pero si en futuro mi mirada, ya más madura, puede entrar en ese mundo, estoy seguro que será de la mano d’Il Caravaggio, como le llaman sus compatriotas. Fascinación sería la palabra para describir la sensación que me invade ante la contemplación de una de sus obras.

Sicilia

Como podéis comprobar Sicilia da para mucho, aromas de cine de postguerra, historia clásica y moderna, espíritu mediterráneo conservado en sus mejores condiciones, carácter abierto y ‘vivacce’, estas son solo algunas de las múltiples etiquetas que podría poner a mi viaje por una pequeña parte de esta bellísima isla. Imaginad lo que queda por disfrutar. Pero eso tendrá que ser en futuros viajes, ahora solo queda envolverse con el aun tierno recuerdo.

LA SICILIA (la película)

En ninguna parte del mapamundi que voy recorriendo al ritmo de mis ilusiones y posibilidades, había topado con una coincidencia tan estrecha entre el cine y la realidad.

Hace ya largo tiempo que el cine, el buen cine, no me apasiona como lo hacía años atrás, cuando podía disfrutar intensamente unas cuantas películas a la semana, casi sin pestañear. Incluso era un asiduo de la Filmoteca y sus ciclos de cine clásico. Si de estos días de celuloide tuviera que escoger un tipo de cine como el que más me hacía disfrutar, mi elección, poco fundamentada pero muy sentida, sería el neorealismo italiano. Desde El Ladrón de Bicicletas pasando por esos grandes duelos interpretativos entre Sofia Loren y Marcello Mastroiani en Una Jornada

Una Giornata Particolare

Particular o Matrimonio a la Italiana, entre muchas otras que en su momento formaron parte de un universo comprensible  y que hoy, la distancia y el poco tiempo, han convertido en pequeñas estrellas brillantes en un universo sin orden ni voluntad de tenerlo. Todas ellas han compuesto el lugar cinéfilo que más me transportó, que más me permitió viajar como solo el mejor cine es capaz de hacer. Incluso el cine gringo que más he tolerado ha sido el que algo tenía que ver con Italia, la trilogía del Padrino, aunque muy trillada y siempre socorrida solución para demostrar que ‘sabes’ de cine, estaba teñida de sabor azzurri.

Había intentado en visitas anteriores a Italia disfrutar de esos aromas costumbristas que la gran pantalla, aunque con mucho arte, solo podía reproducir artificialmente. Pero ni Venecia, ni Turin, ni Florencia los atesoraban. Al menos mi olfato no fue capaz de detectarlos. Por supuesto que forman parte de la más bella de las Italias, cómo negarlo, pero no formaban parte de esas películas, no en su carácter, no en sus escenarios.

Hasta que puse un pie en Sicilia.

Poco después de desembarcar en el pequeño puerto de Pozzallo, recién llegado de la siempre ensimismada y medio

La Dolce Vita

autista Malta, apuntando dirección Catania, me topé con la intensa vida en la calle, el efervescente río de interacciones y conversaciones en un italiano cantado cual tarantela, una fuente inagotable de gestos con cualquier parte visible del cuerpo donde las manos son las reinas de un lenguaje único y que cualquiera podría entender aunque tuviera el yunque y el caracol desenchufados. El caótico tráfico, las aceras atestadas de lugareños sentados en esas características sillas mediterraneas hechas de madera y esparto entrelazado, niños y niñas jugando a la pelota en plazas, rodeados por abueletes vestidos a la manera tradicional que sentados a la sombra de un árbol, en ocasiones esquivan y otras sufren los pelotazos que los jugadores más osados lanzan triunfalmente sin pensar en sus posibles consecuencias. Una escena tremendamente alejada del civismo y la convivencia nórdica, tan de moda en nuestros días en algunas ciudades que hasta hace poco se podían definir como mediterráneas, no solo por su ubicación sino por su carácter, por su estilo de vida, y que hoy languidecen entre normativas cada vez más estrictas y asfixiantes y que cercenan la yugular de un espíritu, de un modo de vida ancestral, inimitable e inconfundible, el mismo que atesoran esos abueletes tolerando los pelotazos de los más pequeños solo por el placer de verlos jugar en la calle, de disfrutar de su jovialidad y de la ilusión que tras cada pelota pateada se halle el regalo de llegar a ser un gran futbolista.

Para acabar de decorar esta escena no puedo olvidar a la mamma llamando al niño

Mercado

desde la ventana, a pleno pulmón, para que suba a por la merienda mientras el padre discute a grito pelao en la esquina si el empate del Inter en Catania fue justo o no. El sonido ambiente de esta escena sería la música que sale de algunas de las ventanas abiertas de par en par en busca de esa ansiada brisa marina que refresque, aunque solo sea un poquito, el interior de sus casas, que, a tenor de la cantidad de gente que habita la calle, deben estar prácticamente vacías. Y si con esta escena no es suficiente para evocar la vida mediterránea a la Siciliana solo tienes que dejarte caer en uno de los caóticos y animadísimos mercados a cielo abierto, repletitos de verduritas, pescadito, quesos, frutas típicas de este antiguo Mar, todo promocionado con bonitos carteles hechos con mucho arte y a mano, cantados cual soprano por los vendedores locales que negocian los precios con las clientas al más puro estilo Pavarotti, un hermoso y vital caos.

Si hubiera podido seleccionar ‘mirada en blanco y negro’ no me hubiera extrañado para nada ver aparecer por

Mercado

cualquier esquina, en cualquier plaza o entre el gentío a una Sofia Loren con cesto de mimbre y medias recosidas de postguerra mientras un Marcello Mastroianni, vestido con la máxima elegancia que permite la pobreza, apoyado contra la pared o contra el quicio de alguna puerta, cigarrillo en mano, la contempla al pasar.

En fin, por si no ha quedado claro a estas alturas, para mi Sicilia ha sido un viaje de película. Y es película tenía mucho que ver con mis recuerdos de niñez, con mi infancia a orillas del Mediterráneo.

Los mejores viajes son los que no solo te permiten viajar en el espacio, sino también en el tiempo y en los recuerdos, en las memorias perdidas en el cajón de lo ‘no urgente’, por tanto ‘no importante’.

Sicilia tuvo la gran virtud de abrir el mio de par en par.

MALTA

Nuevo salto de continente, de realidad, de paisajes. De Centroamerica al Mediterraneo, vuelo con algunas escalas: Malta, Sicilia. Destino final: Barcelona, hogar dulce hogar.

Mi Mediterráneo lindo

Después de cruzar el azulísimo Mar Mediterráneo, una jornada de azulísimo y despejadísimo cielo primaveral, comienzan las maniobras de descenso del avión. El capitán anuncia los 20 minutos que nos separan de la toma de contacto en tierra maltesa y a través del ojo de buey que sirve como ventanilla no se divisa más que el mismo mar y el mismo cielo, siempre azulísimos. Ninguna señal al alcance de la vista hace intuir tierra firme. Cuando ya empiezas a dudar de la existencia de la isla y a sospechar que las maniobras se tratan de un amerizaje encubierto aparece el perfil de algo parecido a una isla. Mejor dicho, tres islas. La primera en aparecer en el campo visual es Gozo, redondita y coqueta. A pocos metros de distancia encontramos a Comino, la pequeña, poco más que un peñasco. Y finalmente, atravesando un pequeño estrecho aparece la mayor, la alargada y estrecha Malta. Están las tres muy pegaditas, juntitas, tanto que en la distancia parece que estén unidas. El momento del aterrizaje es inminente y sorprende que todavía se pueda contemplar el entorno completo de la isla. De hecho la pista de aterrizaje donde estamos a punto de tomar tierra ocupa al menos un tercio de la longitud total de la isla.

Resumiendo. Malta es pequeña. Y concentrada.

Sinceramente lo que hay que ver y disfrutar en las islas no de más que para una semana y eso tomándose la visita con mucha calma. Pero como decimos en catalán ‘al pot petit hi ha la bona confitura’, que en castellano sería algo así como ‘en el recipiente pequeño está la buena confitura’. Y es que por muy limitada que sea su dimensión física no deja de sorprender su dimensión cultural. Aunque, a primera vista pueda parecer mentira, en Malta se encuentran los restos arqueológicos más antiguos encontrados en nuestro Mundo, anteriores incluso a las pirámides egipcias. Para hacer honor a la realidad

Ruinas de Hgar Quim

no tienen nada que ver con la espectacularidad con la que se homenajeó Keops, pero según los estudios los templos de Hgar Quim se pueden considerar los primeros construidos por la humanidad. Y están en la minúscula isla de Malta ¡ Estamos hablando del 3.600 antes de Cristo, cuando la primera pirámide egipcia data del 2.600 a.C. Desde entonces antiguas civilizaciones como los fenicios, griegos, romanos, han ido pasando por el peñasco, aunque parece ser que sin mucho ánimo de quedarse. De hecho Malta no deja de ser un diminuto archipiélago en el centro de un mar, con el aislamiento que implica respecto al continente y la dificultades para la autosuficiencia. La mayor parte de los productos que puedes comprar en Malta provienen de Italia, incluso una parte del agua de boca la tienen que traer del país vecino para no pasar sed. Los suministros básicos son especialmente caros y se consumen lo más racionalmente posible, sobretodo si se quiere evitar el facturón a final de mes. Con estas condiciones de escasez y aislamiento respecto al continente no es de extrañar que antiguas civilizaciones no vieran en estas islas un lugar agradable donde acampar.

Hasta que llegaron los Caballeros de San Juan, más conocidos por la institución a la que representaban, la Orden de los Caballeros Hospitalarios de Malta.

Esta orden religiosa es el auténtico símbolo identitario de las Islas. Cuenta la historia que estos caballeros, señores ricos que decidían hacer voto de pobreza, cedían dos tercios de sus riquezas a la orden y se apuntaban a la cristiana cruzada contra el musulmán. Empezaron en lo que hoy conocemos como tierras ocupadas de Palestina por los israelís, aunque por lo visto Cristo iba perdiendo el pulso con Mahoma, así que estos caballeros tuvieron que retirarse a la isla de Chipre donde fundaron hospitales en los que atendían a los heridos (por supuesto, cristianos) provenientes del continente. De ahí el apelativo de hospitalarios. Y parece ser que la cosa fue a peor, a Cristo le entró la pájara, el acero de la cimitarra se acercó demasiado y la Orden al completo dio otro pasito en retirada hasta llegar a Malta, donde finalmente se establecieron por unos cuantos siglos, hasta la aparición del ateillo Napoleón, que llego para enviarlos a sus respectivos países. Historia aparte, la cuestión es

Iglesia recargadita

que durante su estancia en la isla los Caballeros de la Orden de Malta se pusieron a construir catedrales y albergues donde vivir y orar. La Orden estaba compuesta por diferentes nacionalidades europeas (Castilla, Corona de Catalunya y Aragón, Provenza, etc.) y cada una de estas construyó su propia parte de la catedral y su albergue, que dicho de paso, feos no eran. Es más, parece ser que había pique entre estas nacionalidades y se montaron en un caballo de competencia desbocado que les llevó a la eterna lucha del hombre, la batalla de ‘a ver quien la tiene más grande’, así que construyeron edificios monumentales y extremadamente lujosos, con lo que se acabaron de pasar el voto de pobreza por el forro. Excesivo el ambiente recargado de testosterona y poder para mi gusto, aunque no voy a negar que sea bonito, especialmente la Co-Catedral de San Juan de La Valleta. A destacar sobre todo el conjunto un cuadro de Caravaggio, la decapitación de San Juan Bautista, que, a pesar de mi infraeducada capacidad para apreciar el arte, me tubo embobado durante un buen rato. Eso no era un cuadro, eso era magia hecha con pinceles y colores.

En fin, los Caballeros de la Orden de Malta contemplaron el crepúsculo de sus días de

La Valleta

gloria, no debido a la cimitarra musulmana como anteriormente había sucedido, sino a la espada envainada y la mano cruzada en la solapa del pecho de una ateo francés como la copa de un pino llamado Napoleón. A partir de ese momento Malta se convirtió en un enclave estratégico durante las Guerras Mundiales. Almacén de víveres y municiones, puesto de partida y llegada de tropas desde/hasta los frentes de batalla y socorrido hospital de guerra fueron las funciones que cumplió la isla hasta la llegada de la paz duradera al viejo continente, momento en el que Malta inició una larga andadura hasta conseguir la independencia del Reino Unido, potencia de la que había dependido en las últimas décadas. Hoy Malta forma parte de la UE, hace poco adoptó el Euro como moneda de libre circulación y afronta su encaje en la pretendida Unión Europea manteniendo el equilibrio entre su amplísimo legado árabe, la bella influencia siciliana y su flema británica.

Postal maltesa

Quien venga a estas islas perdidas en medio del mediterráneo arenosas playas donde tumbarse al sol, a buen seguro se llevará una gran desilusión, prácticamente toda la costa es agreste y cortada a base de profundos acantilados. Quien venga buscando reminiscencias de arte a la italiana verá sus expectativas frustradas. Pero para quien tenga unos pocos días y quiera conocer la historia de una isla en medio del Mediterráneo, seguro que saldrá satisfecho/a.

Malta es pequeña, pero atesora el perfume mediterráneo.

Detalle de los barquitos típicos malteses (Luzzus)

VIAJANDO EN TREN (O LOS ENCUENTROS EFIMEROS)

Una de las custıones que mas preocupa a la hora de hacer un vıaje es la soledad,  cuando se plantea la pregunda, pero lo vas a hacer solo?.

Solo partır de la estacıon de trenes de Sarajevo, entre en uno de los vıejos compartımentos de los ancıanos trenes que cırculan todavıa por Europa del Este. Como companyero de vıaje tenıa a un chıco joven con el que a los pocos mınutos nos pusımos a hablar. Entre mı precarıo bosnıo y el ıngles que podıamos destılar entre los dos charlamos unos tres horas sobre la vıda en Bosnıa, sobre su novıa, el dolor de cabeza que da el turbo folk y lo que le gustarıa hacer en el futuro. Acabamos llegando a Zenıca, su cıudad, y antes de bajar del tren me ınvıto a quedarme en su casa y a conocer lo que para el es la mejor cıudad de Bosnıa. Despues de agradecerle el ofrecımıento y decırle que contınuarıa mı camıno, bajo del tren a la vez que un matrımonıo se ınstalaba en el compartımento. Fue cuestıon de mınutos que nos pusıeramos a hablar de cualquıer cosa, en este caso tuve que retorcer mı bosnıo hasta la ultıma gota para poder tener un conversacıon mınımante fluıda con ellos, ya que no tenıan nı papa de ıngles, en el cole a su edad les ensenyaban ruso. Pero les debı caer en gracıa, o sımplemente fue la sımpatıa bosnıa, ası que me adoptaron como companyero de vıaje y me dıeron de comer y de beber. Yo lo compense no quejandome de la cachımba que estaban montando, fumando como carreteros con la puerta y la ventana cerrada (un poco mas y muero asfıxıado y atufado). Tuvımos que cambıar de tren a medıo camıno de Belgrado, y una vez ınstalados en nuestro nueva habıtacıon ımprovısada la mujer me hızo un cojın y me dıjo dobro espavate, sıne moje (duerme bıen, hıjo mıo). Cuando me desperte estabamos llegando a Belgrado, recogı mıs cosas y me despedı de mı famılıa adoptıva del tren.

Decıdı que no ıba a quedarme en Belgrado, ıba a echar el resto y coger un tren que salıa en dos horas con destıno Estambul. Esta vez opte por la opcıon coche cama, y antes de partır ya estaba perfectamente ınstalado en mı palacıo con ruedas. Recupere las horas de suenyo perdıdas, leı un buen rato y cuando tuve necesıdad de estırar las pıernas salı al corredor a moverme un poquıto. Allı habıa un chıco mas o menos de mı edad, y despues del tıpıco Do you speak englısh, nos pusımos a charlar. Se llamaba Jon, era de Texas y estaba dando la vuelta al mundo. Como podreıs suponer dos vıajeros se encuentran y no paran de hablar de vıajes, ası que, despues de hablar de camınos recorrıdos y los que quedan por recorrer, yo le dıbuje la ruta ıdeal para dısfrutar de la penınsula ıberıca y el lo mısmo con su paıs, EEUU. Cuando llegamos a Sofıa nos despedımos con un good luck de rıgor hasta que lo vı desparecer por la puerta de una de las estacıones mas sovıetas que he vısto en mı vıda. Estuve un ratıto ıntentado hablar con el encargado del vagon, turco el, pero a parte de entender que esa mısma noche jugaba Turquıa contra Croacıa y que manyana lo hace Espanya, poco mas pudımos compartır (por cıerto, cuando estuve en Zagreb habıa ganado Croacıa, llego a Turquıa y me encuentro la fıesta turca, a ver sı va a ganar la Eurocopa Indıa). Eso sı, despues de volver a entrar en mı mınıhabıtacıon, pıco a la puerta y me dıo una bandeja de cerezas bıen sabrosas.  Llego la noche y, despues de leer un rato, me puse a dormır. A las 2 de la manyana nos despertaron con los tıpıcos amables punyetazos en la puerta para el control de pasaportes. Nos hıcıron bajar al anden para comprar una vısa, para entrar a Turquıa necesıtas una. Hacıendo cola en el kıosco, con las leganyas hacıendo puentıng, oı hablar en espanyol a la pareja que tenıa delante. Por supuesto les dıje hola, o todo lo parecıdo que pudo ser dado mı estado de profundo suenyo, y me explıcaron que eran de Mexıco pero que vıvıan hace anyos en Suecıa y estaban vıajando por Europa del Este. Con nuestra vısa pegada en el pasaporte y el sellıto de entrada puesto, volvımos a nuestros respectıvos aposentos y nos deseamos buenas noches.

Hoy me he despertado cuando ya estabamos entrando en Estambul, he recogıdo mı ımprovısado compamento y he salıdo al pasıllo. Allı estaban Peter y Danıela esperando llegar a la estacıon. Charlando hemos descubıerto que nos alojabamos en el mısmo hostal, ası que hemos desenfundado los mapas y al salır de la estacıon nos hemos ıntentado orıentar, con exıto, ya que no hemos tardado nı 10 mınutos en llegar a nuestro destıno. Una vez he llegado a mı habıtacıon compartıda con 5 personas mas, me he puesto hablar con uno de mıs companyeros de habıtacıon, un aleman de unos 55-60 anyos que vıaja recorrıendo Europa. Me ha explıcado todo lo que hay que ver en Istambul y hasta me ha regalado un mapa mas precıso. He bajado a la entrada y allı estaban la pareja de hıspano-suecos esperandome para ırnos a desayunar. Dos horas hemos estado hablando de Espanya, Mexıco, Uruguay y Suecıa. Una pareja encantadora, el composıtor de musıca clasıca y ella baılarına de danza clasıca. Cuando hemos acabado de dar buena cuenta de un plato turco buenısımo, hemos ıntercambıado los movıles y hemos quedado para salır por la cıudad a conocer la noche turca.

Quıen tenga mıedo vıajar solo/a por lo que supone la soledad no le quepa la menor duda que estara tan solo como desee, pero en nıngun ınstante le faltaran momentos de buena e ınteresante companyıa.

ESPERANDO EL TREN

Algo definitorio del viaje es la espera. Esperas al tren, a que abran la estacion, a que dejen libre la habitacion, a que pasen las horas muertas, en definitiva, a ejercitar la paciencia. No es algo dificil de hacer si tienes presente que visitas lugares que se rigen por nuestro ritmo de quiero esto y lo quiero ya. La prisa mata universal, en tierras balkanicas polako, polako (tranquilo), es el adaggio que te acompanya muchos momentos durante el recorrido.

Y en uno de esos momentos me encuentro, esperando el tren nocturno a Belgrado. Asi que he decidido gastar este tiempo de espera en escribir algo mas. Y tengo ganas de escribir sobre la primera penita del viaje, y es que me voy de Bosnia. No es que me falten las ganas de visitar lugares desconocidos, todo lo contrario, pero no puedo evitar sentir un poquito de tristeza al dejar un lugar del que guardo tanto recuerdos.

Pero el destino a veces es generoso y hoy me ha regalado una despedida especial. Casi nadie conocera a Dino Merlin, os lo presentare. Puede ser el cantante mas famoso de Bosnia, una autentica estrella del pais, y aunque no es santo de mi devocion si que tiene un disco que he escuchado mucho, sobretodo desde que regrese de Bosnia. Corria el rumor de que se le podia ver paseando tranquilamente por el barrio antiguo de Sarajevo, pero yo nunca lo habia tenido la oportunidad. Pues hoy, en uno de mis ultimos paseos por Vascarcjia (asi se llama el centro de la ciudad), levanto la mirada y lo veo sentado en uno de los cafes tipicos. Simplemente me lo he quedado mirando y he pensado que el destino me lo habia puesto alli para ofrecerme una despedida especial.

Os pongo un video con una de sus canciones mas conocidas.

Y con esta cancion me despido por hoy hasta la proxima estacion.

Dovidgenia, prijadno (hasta la vista)

DOBRODOSLI U BOSNA / BIENVENIDOS A BOSNIA

Hola  a todas y todos,

gracias a los/as que habeis dejado algun comentario en el blog, me alegra saber que hay alguien al otro lado.

Pues aqui estoy, en Sarajevo, intentando acertar con las teclas, que me las han cambiado . Aqui tienen mas letras y el teclado es un poco caotico, y los acentos ni los encuentro, perdi la destreza que gane cuando vivia por aqui, asi que disculpad la ortografia.

Tengo problemas con la descarga de las fotos, asi que estas primeras lineas iran sin imagenes. Espero que no resulte demasiado aburrido. Prometo solucionar el tema tan pronto como pueda.

Sintonizando con las primeras vibraciones del viaje y disfrutando de un camino conocido.

Mi primera parada fue Venecia, y aunque no era la primera vez que pasaba alli algunas horas de espera entre avion de llegada y tren de salida a Zagreb, de nuevo pude pasear por las calles de esa isla que algo tiene de magico. No es que me guste especialmente la ciudad y esta tan llena de turistas que parece mas un parque tematico. Pero no deja de tener un encanto especial, sobretodo si ya te sabes perder bien orientado como yo despues de nosecuantas visitas de pocas horas.

 A las 4 de la manyana (he salido fuera del radio de accion enye, asi que la sustituyo por la universal mas universal combinacion ny) llegue a Zagreb, donde esperaba pasar unas tediosas y frias horas esperando el autobus de las 8 a.m. que me llevara a Bosnia. Pero cual fue mi gran sorpresa cuando salgo de la estacion y me encuentro a cantidad de gente gritando como locos y agitando banderas croatas. Enseguida entendi que tenia que ver algo con el futbol, o sea que Croacia habia pasado a cuartos de final de la eurocopa. Aprobechando el jolgorio me decidi por seguir a la penya, aunque sin bandera, para pasar el rato y la verdad es que flipe, porque aun sabiendo como le pone a la penya el futbol por estos lares, un lunes a las 4 de la manyana habia mas gente que en la hora punta de las fiestas de la Merce. Asi que participando desapasionadamente del festival pase las horas hasta que salio el autobus para Bosnia. Solo poner el culoen el asiento me quede dormido profundamente.

En el tren de Venecia a Zagreb encontre un grupo de jovencillos y jovencillas yankis que entendian que viajar por Europa era mas autentico si bebian sin parar vino peleon, y nos dieron la noche. Estos guiris que viajan por postales baratas que les han vendido en vete tu a saber donde, no solo despiertan caras de repulsa en Barcelona, puedo confirmar que es algo universal. No nos dejaron dormir en toda la noche, primero por la fiesta y despues por la vomitera de rigor. Lo unico positivo de todo esto es que, como yo estaba en la otra punta del tren, recibi un importante alubion de immigrantes de la zona conflictiva , asi que hice un hueco en mi tan maravilloso como efimero palacio de cuatro asientos a las recien llegadas que empezaron una agradable conversacion. Descubri que, aunque todas hablaban en italiano, una era croata, otra eslovena y la otra serbia. Solo me faltaban estos ingredientes para desvelarme y ponerme ya en situacion del conocidido rompecabezas al que llegaba. En principio todo eran buenas palabras y reconocimiento de las respectivas identidades culturales, pero en cuanto la eslovena se bajo en Ljubljana, las otras dos le asestaron sendas punyaladas traperas.

Dobrodosli u Balkanu, Bienvenidos a los Balcanes.

Pues en el autobus iba yo sonyando profundamente cuando una voz me despierta pidiendome el pasaporte. Estabamos en la frontera con Bosnia. Habia dormido profundamente desde Zagreb y me despertaba justo en el momento de volver a pisar mi segunda casa, porque es asi como me siento cada vez que me dejo caer en este pais tan contradictorio como maravilloso. Y es que solo cruzar la frontera sientes como el hombre y la mujer viven en perfecta armonia con el increible entorno natural. Esta integracion total entre personas y naturaleza no la he visto en ningun lugar, al menos en Europa. Creo que este pais pasara de ser un pais de refugiados a un pais de refugio en un futuro no muy lejano, solo hace falta que la gente pierda el miedo y se deje caer por aqui para descubrir una autentica maravilla de la naturaleza y de la vida armoniosa (salvando los habituales momentos de conflicto, no podia ser perfecto). Eso si, quien se acerque por aqui esperando encontrar gran arquitectura o un gran despliegue cultural seguro que quedara defraudado, lo sublime en este pais esta esparcido por todo el territorio que abarca, en cada uno de los pueblecitos que lo conforman. Es el modo de vida Bosnio y aunque no lo siento como propio, si que me gusta y me equilibra.

Tengo intencion de abrir un hilo con una breve guia sobre Bosnia. En las librerias no se encuentra todavia guia alguna sobre estas tierras, hecho que indica las incomodidades de viajar por este pais que se compensan sobradamente al encontrar un lugar genuino. Creo que es un buen lugar para ser viajado por aquellos/as que no tengan miedo a moverse sin una Lonely Planet. A ver si encuentro el tiempo y me pongo a ello, esta noche sera una buena oportunidad para hacerlo, mas de 30 horas de tren me esperan.  

Kljuc

Por fin, depues de 24 de salir de Barcelona, llegue a Kljuc, el pueblo donde vivi practicamente dos anyos. En la estacion de autobuses me estaban esperando Samina y Ajla, madre e hija, a las que hacia mas de un anyo que no veia. Despues de los abrazos nos fuimos a un bar a tomar un cafe turco y un Cevapi, uno de los platos tipicos bosnios. Lo disfrute a cada bocado, y si bien no es uno de mis platos preferidos, si que es un sabor inconfundible y genuino de estas tierras.

Poco a poco se fue apuntando la gente conocida, y fuimos de cafe en cafe y de cerveza en cerveza charlando de la vida en Bosnia. Sigue siendo dura, sin duda. Poco trabajo y pocos planes de futuro que no sean emigrar a algun pais economicamente europeo. La vida se sigue sustentando en la tierra y sus frutos, algun animal y unos pocos puestos de trabajo en alguna de las pequenyas empresas que intentan abrirse camino antes de que lleguen las grandes inversiones europeas, algo que por ahora esta lejos de ocurrir. Los hospitales, la asistencia medica y el acceso a medicamente sigue siendo mejorable y las infraestructuras bastante deficientes.

A pesar de estas condiciones, Bosnia ofrece a sus habitantes un vergel incomparable donde tiras cuatro semillas a boleo y en poco tiempo (salvo en el frio invierno) crece una tomatera que da un gustito que no veas.  Y Los animales se ponen ciegos a base de hierba en inmensos pastos. No es el peor sitio para no ser economicamente desaforturnado. 

Pues entre charla y charla pase mi primer dia, hasta que al caer la noche me invitaron a un bar a ver la Eurocopa. Tranquilo estaba yo viendo el partido con Mirsad cuando este le dice al resto de companyeros de cervezas que mi apellido es Torres. Creo que si en ese momento llega a haber una camara grabando sacan directamente un anuncio para la tele. Todos se giraron hacia mi flipando en colores porque me apellidaba como Fernando Torres. Creo que les proporcione un orgasmo futbolero que tardaran tiempo  en olvidar, y aunque me empenye en explicarles que no tenia nada que ver con el menda todos me invitaron a cervezas como si fuera mi primo. Cosas del futbol y lugares economicamente deprimidos, la gran religion de masas contemporanea.  

Sarajevo

Al dia siguiente desayune en companyia de Samina y Ajla, y en poco tiempo me despedi de Kljuc. Mientras miraba por la ventanilla del bus camino a Sarajevo, me di cuenta de cuantas veces habia pasado por ese mismo camino, y es que a veces se me olvida que pase aqui una parte de mi vida. Es imposible para mi descubrir algo nuevo, todo lo he visto decenas de veces y casi nada me sorprende. Solo llegar a Sarajevo experiemente la sensacion de ser uno mas en la ciudad, aunque camuflado con una mochila a la espalda. Hasta me atrevi a indicar a unos japos que me preguntaron donde estaba el centro. Pero Sarajevo ya no es Mi Sarajevo, aunque me sepa mover por la ciudad y sus rincones como pez en el agua y me guste hacerlo, siento que mucho de lo que hice mio aqui se desvanece con el tiempo y muchos son los momentos que han pasado a formar parte del museo de los recuerdos. Me ha faltado gente conocidas que ya no esta aqui, no solo en Sarajevo, sino en Kljuc y en cada uno de los rincones que he recorrido. El campo de refugiados donde trabaje y vivi parte del tiempo que pase en Bosnia no ha sido desmantelado todavia, sigue estando en pie, pero en su interior no queda nadie. Todas las personas con las que convivi largo tiempo han sido deseminadas en otros campos de refugiados a los cuales el acceso es dificil sin acreditacion. Los menos han tenido la suerte de ser incluidos en programas de terceros paises de la ONU y ahora viven en paises economicamente favorecidos, como Ferdi, un joven refugiado que nos escribio desde Vancuver (Canada) para contarnos que estaba trabajando con ninyos alli, tarea que aprendio en el campo de refugiados con nosotros. Y es que estos son los momentos que hacen grandes los proyectos de cooperacion y desarrollo, aunque sean muchas las personas que quedan aun fuera de su radio de accion.

 

Supongo que la mayoria de vosotros/as habreis visto el documental que hice el anyo pasado sobre refugiados kosovares en Bosnia, pero por si acaso alguien no lo tiene aqui lo cuelgo,

Istambul

Esta noche salgo direccion a Belgrado, estacion intermedia antes de llegar a mi primer destino desconocido, Estambul. No se si parare en la capital de Serbia un dia o hare el trayecto completo hasta Turquia. Seria la tercera vez que pongo mis pies en la capital serbia, asi que poco sera lo nuevo que me quede por ver, y para que os voy a enganyar, me apetece conocer lugares nuevos.

Asi que no se desde donde os escribire la proxima vez.

Mientras tanto cuidaros mucho,

Abrazos.